Un índice de la Universidad de Saint Gallen ubica al país en el puesto 104 sobre 151 economías calificadas según el rol positivo de sus elites y reabre una discusión estructural: ¿existe hoy una burguesía nacional con proyecto de país o predominan estrategias de corto plazo orientadas a capturar rentas dentro de la inestabilidad?
Argentina tiene poder económico y político suficiente para generar desarrollo. El problema, según un índice elaborado por la Universidad de Saint Gallen (Suiza), es para qué se usan sus recursos. Las élites argentinas operarían dentro de un sistema que preserva rentas y desalienta la inversión productiva de largo plazo. La caída del país del puesto 86 al 104 en el ranking global de calidad de élites reabre una discusión vieja pero persistente: ¿existe hoy una burguesía nacional con algún proyecto de país?
Qué mide el índice y por qué importa
El Índice de Calidad de Élites (EQx) es elaborado anualmente por la Universidad de Saint Gallen junto a la St. Gallen Foundation for Value Creation y evalúa 151 economías. A diferencia de rankings que miden el PBI o la competitividad agregada, el EQx se pregunta si las élites políticas y económicas de un país crean valor o lo extraen. La distinción importa porque, según sus autores, para economías de ingresos medios y bajos la calidad de las élites es uno de los mejores predictores del crecimiento económico futuro.
En la edición 2026, Singapur lidera el ranking, seguido por Estados Unidos. Asia emerge como la región dominante: Japón trepó al tercer puesto, China avanzó al undécimo, mientras Europa muestra un deterioro generalizado. Argentina, en el puesto 104, queda en un segmento estructuralmente desfavorable que en tres años recorrió una trayectoria llamativa: del puesto 70 en 2024, al 86 en 2025 y finalmente al 104 en 2026.
La paradoja argentina
En la tesis del informe, Argentina ocupa el puesto 39 en poder político y el 60 en poder económico. Tiene una base histórica de capital humano, recursos naturales, experiencia financiera sofisticada y capacidad estatal para implementar decisiones. Y sin embargo, el valor económico que genera ese poder se ubica en el puesto 128. El valor del capital, en el 142 sobre 151.
«La economía argentina no logra convertir su razonable volumen de poder en valor económico», resume el informe. Las élites económicas extraen más de lo que su volumen de poder parecería permitir, pero lo hacen a un costo alto: los activos, desde acciones hasta tierra, permanecen comparativamente subvaluados. Es una élite que extrae valor de un sistema que simultáneamente destruye el valor de lo que posee.
¿Existe hoy una burguesía nacional?
Pablo San Martín, presidente de SMS Latinoamérica y autor del capítulo argentino del informe, fue consultado por ANCCOM respecto al sentido de hablar hoy de una «burguesía nacional» como actor con proyecto estratégico de largo plazo.
«Tiene sentido como categoría histórica, pero hoy es difícil sostenerla como actor real con un proyecto coherente», respondió. «La ‘burguesía nacional’ suponía empresarios orientados al desarrollo productivo interno y con una visión de país. Hoy eso aparece mucho más diluido. Lo que vemos es una élite económica fragmentada, donde cada sector actúa con su propia lógica más que como parte de un proyecto común. En la práctica, predominan estrategias de negocio, no de desarrollo”.
Pablo San Martín, autor del capítulo argentino del informe.
San Martín ilustra la paradoja con un ejemplo concreto: «Un productor agropecuario argentino, frente a la incertidumbre económica local, decide resguardar sus ahorros en Estados Unidos. Con ese capital, un banco estadounidense le presta a un productor de Idaho para comprar maquinaria nueva y elevar su productividad. El ahorro argentino, en lugar de financiar inversión en el propio país, termina fortaleciendo la competitividad de un productor extranjero que compite directamente con él”.
El informe propone un concepto para explicar por qué este estado de cosas se perpetúa: el estancamiento hegemónico. La idea es que las élites políticas y económicas argentinas no están en el caos sino en un equilibrio tácito. Ningún grupo impone una estrategia de largo plazo, pero todos acuerdan implícitamente en preservar un sistema que carga la tributación sobre el consumo y protege las rentas acumuladas. Ese pacto estabiliza las posiciones de los actores pero destruye valor y profundiza la desigualdad.
«No existe un problema de falta de capital ni de talento empresario», aclara San Martín. «El sistema de incentivos no orienta el capital y el talento hacia la inversión productiva.»
Para el especialista, Argentina tiene tres obstáculos estructurales: una estabilidad macroeconómica débil, baja credibilidad institucional e incentivos distorsionados. “En ese contexto, incluso empresarios racionales tienden a priorizar estrategias extractivas o de corto plazo, en lugar de apuestas productivas sostenidas”, resume.
San Martín ilustra la paradoja con un ejemplo concreto: un productor agropecuario argentino, frente a la incertidumbre económica local, decide resguardar sus ahorros en Estados Unidos. “Con ese capital, un banco estadounidense le presta a un productor de Idaho para comprar maquinaria nueva y elevar su productividad. El ahorro argentino, en lugar de financiar inversión en el propio país, termina fortaleciendo la competitividad de un productor extranjero que compite directamente con él”.
El resultado es un país que invierte significativamente en educación (puesto 22 en gasto educativo público, puesto 8 en relación alumno-docente) pero no logra convertir esa inversión en resultados de calidad: puesto 59 en las pruebas PISA. Que tiene talento pero lo expulsa: Argentina ocupa el puesto 23 mundial en fuga de cerebros.
En el informe vincula ese escenario con los altos niveles de emigración de jóvenes calificados a países con “élites de mejor calidad” y la persistencia del desempleo juvenil, que ubica al país en el puesto 114.
¿El rumbo actual alcanza?
El informe reconoce el fuerte ajuste fiscal implementado por el gobierno de Javier Milei pero advierte sobre una confusión frecuente entre ajuste del gasto e inversión pública. Los números macroeconómicos que el índice recoge siguen siendo críticos: inflación en el puesto 130, deflactor del PBI en el 146, formación bruta de capital en el 126.
«Hoy hay algunas señales en la dirección correcta en términos de estabilización», dice San Martín. «Pero el punto clave sigue siendo la credibilidad en el tiempo y el fortalecimiento institucional: reforma tributaria, inversión en infraestructura, educación.»
Las reformas que propone el informe apuntan a rediseñar los incentivos del sistema: cambios tributarios, mayor competitividad, inversión en infraestructura, mejoras educativas y una mayor integración económica. La lógica que atraviesa el informe es que, mientras la rentabilidad dependa más de la capacidad de capturar ventajas regulatorias o financieras que de innovar, invertir y producir, el estancamiento tenderá a reproducirse.
Detrás de la caída en el ranking reaparece una discusión mucho más vieja: si las élites argentinas todavía pueden imaginar un horizonte de largo plazo en una economía organizada alrededor de la coyuntura. “La cuestión estratégica no se refiere a quién gana en el corto plazo, sino a qué modelo de incentivos hace que el éxito dependa de la creación de valor”, escribe en el informe. “Cuando eso ocurra, las coaliciones de élite dejarán de dedicarse a la búsqueda de rentas y el país dejará de gestionar crisis para comenzar a planificar con serenidad su futuro.”