Por Sol Montero
Fotografía: Prensa Feria del Libro

A cincuenta años del último golpe de Estado, la Feria Internacional del Libro incluye la muestra “Censura planificada. Los libros en la mira de a dictadura militar”. ANCCOM la recorre y dialoga con su curadora, Judith Gociol, y con Julia Blanco, quien en un largometraje registró la historia del desentierro de la biblioteca de su padre.

Una pequeña vitrina encierra los fragmentos de lo que algún día fue un libro. Enterrado poco antes del último golpe y recuperado luego de estar 40 años bajo la tierra, integra la biblioteca desenterrada de la familia Blanco. Hoy, ubicado en el centro del Pabellón 8 de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, forma parte de la muestra Censura planificada. Los libros en la mira de la dictadura militar (Argentina 1976-1983), curada por Judith Gociol.

 “Así como hubo un plan sistemático de represión, desaparición de personas y robo de bebés, también hubo un plan sistemático de represión a la cultura y a las diferentes disciplinas”, sostuvo Gociol, que documentó dicha tesis enfocada en el campo literario en Un golpe a los libros, obra que escribió junto a Hernán Invernizzi y que es la base de la muestra.

Antes de ingresar, sobre la lona roja que cubre la estructura de la muestra se leen los títulos de los libros, los nombres de las editoriales y los escritores censurados por la dictadura. Afuera se escuchaban los ruidos típicos de la feria: murmullos, pasos sobre el cemento, risas, aplausos que llegaban desde otros pabellones. Adentro, el silencio solo se rompía con el asombro de quienes le señalaban algo a sus acompañantes.

La muestra encierra una paradoja: hace 50 años, mientras la feria celebraba su segunda edición, muchos escritores nacionales estaban en el exilio, cuando no desaparecidos, y distintas editoriales eran obligadas a prohibir libros de sus catálogos. “Hay muchas situaciones en las que la represión entró al evento. Los militares recorrían los stands señalando qué libros se podían poner y cuáles no, había autocensura y miedo. Además, con el paso de los años se empezó a saber sobre los autores y editores que estaban desaparecidos o exiliados. Con contraseñas, la comunidad literaria se decía lo que pasaba”, contó Gociol.

En una de las esquinas hay una biblioteca de libros prohibidos que incluye textos peronistas, de izquierda, de ficción, de autores internacionales y religiosos. Enviadas a la hoguera o eliminadas de la circulación, esas obras excluidas de los stands de los primeros años de la feria, hoy, en un acto de justicia, aparecen en el corazón del predio.

Como forma de resistencia silenciosa ante el plan sistemático de censura, los lectores enterraban sus libros bajo tierra, los escondían en bauleras y entre falsas paredes. María Julia Blanco, historiadora rosarina, de visita en Buenos Aires para recorrer la muestra, contó en diálogo con ANCCOM que creció sabiendo que existía una biblioteca fantasma en su familia. La colección pertenecía a su padre, Joaquín Blanco, estudiante y militante socialista, cuyas obras fueron escondidas por su abuelo.

“Los libros enterrados se transforman en una especie de texto que se mantiene congelado en el tiempo. Queda en la imaginación que el libro está siempre igual”, expresó Blanco. Al enterarse del caso de la Biblioteca Roja en Córdoba -el hallazgo de dieciséis paquetes de libros que habían sido enterrados por una pareja de militantes antes de partir al exilio- Blanco tuvo el impulso de recuperar la colección de su padre. “Fue una grata sorpresa que haya quedado algún resto”, agregó. Y entonces, como directora, decidió plasmar la experiencia en el largometraje documental Desentierros. Los libros que no heredamos, del que también pueden verse fragmentos en la muestra curada por Gociol.

“¡Impresionante!”, exclama Viviana Britos, una visitante de 73 años, inclinada sobre el segundo libro expuesto de la familia Blanco, en el Pabellón 8 de la Feria del Libro. “Verlo enterrado… Esto es algo que uno hacía por temor, por miedo”, dice con la voz temblorosa. Esa obra, más entera, quedó expuesta sobre la tierra, el lugar que habitó durante décadas. “Por lo menos pudo rescatarlo de alguna manera, muchos otros no pudieron hacerlo. Es el testimonio de una época”, sostiene la mujer antes de seguir el recorrido.

“Genera mucho impacto el hecho de ver el libro, lo que quedó y preguntarse si eso sigue siendo o no un libro, qué valor tiene y de qué está hablando ahora”, reflexionó Gociol. “Los enterraron con la esperanza de sacarlos en tiempos más prósperos y volverlos a leer, pero eso es imposible por cómo fueron encontrados”, agregó la curadora sobre los dos ejemplares que aportó Blanco. 

Con la vuelta a la democracia muchas de las obras prohibidas se volvieron a publicar. Son, de acuerdo a la muestra, “testimonios de memoria y de vuelta a la vida”. Desde Queremos tanto a Glenda, de Julio Cortázar, hasta El beso de la mujer araña de Manuel Puig y Las venas abiertas de América Latina de Galeano, aparecen en la Biblioteca de los Reeditados. Al lado de ella, en la Biblioteca Homenaje, continúan los libros de escritores desaparecidos. 

 

“Pese a la hoguera y a los verdugos, los libros destruidos vuelven a nacer”, se leen en una de las paredes las palabras de Osvaldo Bayer, otro de los tantos escritores censurados.

La muestra, que podrá visitarse hasta el próximo lunes, aporta a la reconstrucción histórica del plan sistemático de exterminio cultural, al mismo tiempo que se consolida como un espacio en construcción permanente, de resistencia literaria ante el horror, que construye memoria en la edición número 50 de la feria y, sobre todo, a medio siglo del golpe.

 

Este viernes, a las 19.30 hs. María Julia Blanco visitará la muestra Censura planificada. Los libros en la mira de la dictadura militar (Argentina 1976-1983), donde se proyectan fragmentos de su película y se exhiben dos ejemplares de los libros de su padre, rescatados 40 años más tarde.