El consumo de productos importados creció fuerte en 2025, empujado por las compras realizadas en plataformas como Shein, Temu y Ali Express. La tendencia impacta directamente en el mercado interno, particularmente en el rubro textil, donde ya se perdieron 10.000 empleos formales.
Según datos del INDEC, la industria nacional de indumentaria se mantuvo entre las que registraron mayores aumentos de precios recientemente. Al mismo tiempo, informes de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) vienen señalando caídas en las ventas minoristas de ropa y calzado, especialmente en comercios pequeños y medianos.
En este escenario, la plataforma de venta online Shein, de origen chino, una de las principales empresas globales de comercio electrónico de indumentaria, impone su modelo de la producción masiva de ropa de calidad media a precios bajos. A diferencia de las marcas tradicionales, que lanzan colecciones por temporada, Shein incorpora miles de prendas nuevas por día.
El portal de economía y tecnología iProUP señala que el crecimiento y auge de estas plataformas se dio en un contexto de mayor flexibilidad en el acceso al sistema de importaciones. A su vez, datos de la Fundación Pro Tejer revelan que entre enero y mayo de 2025 cerca del 70% de la ropa que se vendió en el país fue importada, mientras cae la industria textil, con menos producción y reducción de personal. Grandes marcas, como Vitamina y Uma, cesaron su actividad, y se estima que se perdieron 10 mil empleos formales en el rubro.
Las redes sociales tienen un rol central en la expansión de este modelo, especialmente en la franja etaria de 15 a 30 años, entre quienes la ropa ya no es solo un producto, también es contenido: los “hauls” (videos en los que usuarios muestran y/o prueban productos, comentan el precio y otros detalles) se volvieron un formato masivo y recurrente en TikTok, Instagram y YouTube. De esta manera, ver a otras personas comprar grandes cantidades de prendas, recibir paquetes internacionales y renovar su ropa constantemente contribuye a naturalizar y aspirar ese hábito de consumo.
“Hoy TikTok está lleno de publicidad y contenido sobre Shein. Cada cinco videos, te aparece una selección de prendas distintas, y si tocás una vez ya te lleva a la aplicación o a la página”, cuenta Kiara Muape, usuaria de la plataforma. “Ya hice más de cinco compras en los últimos meses. Soy consciente de que no está bueno, pero no hay otra: con lo que sale una remera en cualquier local de acá me compro cuatro en Shein”. El factor que hace la diferencia es claro: la comparación de precio entre las prendas que ofrece la plataforma y lo que se puede encontrar en el mercado interno.
Del otro lado del mostrador, Miriam Díaz, dueña de un local de indumentaria juvenil, explica que “es muy complicado competir con esos precios”. Los costos de producción —tela, mano de obra, alquiler de local e impuestos, a lo que se suma la inflación en Argentina— hacen que el precio final sea inevitablemente más alto. “Aunque todavía tenemos clientes fieles que nos compran siempre, mucha gente entra, mira y después compra online”, agrega.
El fenómeno también impacta en emprendedores, que durante la pandemia habían crecido gracias a las redes y la imposibilidad de realizar compras de manera presencial. Yazmín De la Cruz, que tiene una marca independiente, comenta que las ventas bajaron. “No puedo poner los mismos precios que Shein ni manejar el mismo volumen, y cada vez se hace más difícil sostenerlo”, señala en diálogo con ANCCOM.
El debate no se limita solo al ámbito económico. Organizaciones ambientalistas que luchan y concientizan sobre el cuidado del planeta advierten acerca del impacto altamente contaminante de la industria de la moda. Este modelo de fast fashion (y su versión extrema, el ultra fast fashion) se basa en la producción masiva de prendas de bajo costo y corta vida útil, lo que multiplica a gran escala los residuos textiles.
Desde la Cámara de Indumentaria advierten que “la competencia es desigual e insostenible. Además, es ropa descartable, con emisiones masivas de carbono, químicos tóxicos y contaminación de agua”.
En un contexto económico adverso, vestirse a precios bajos se vuelve una necesidad. Pero esa accesibilidad, cada vez más ligada a las plataformas globales, reconfigura el mapa del consumo y tensiona a la industria local, mientras deja interrogantes acerca del costo real —económico, social y ambiental— de la ropa que usamos en nuestro día a día.