Fabián Martínez Siccardi y J. M. Coetzee presentan en la Feria del Libro «Un mal salvaje», la obra que aborda los exterminios de Australia, Sudáfrica, Namibia y Argentina. El progreso, planteado como excusa de la crueldad.
“Trabajar con Coetzee te obliga a ser tu versión más inteligente. No hay forma. Tenés que levantarte a la mañana y decir: vamos a ver, pongamos todas las neuronas en funcionamiento”. Así describió Fabián Martínez Siccardi, en diálogo con ANCCOM, el proceso de escritura junto al Premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee: el resultado de ese trabajo es Un mal salvaje, el primer libro que ambos autores firman en coautoría y que se presentará el miércoles 6 de mayo a las 19 en la Sala Victoria Ocampo de la Feria del Libro de Buenos Aires. El acto estará a cargo de la poeta mapuche Liliana Ancalao —una de las voces más reconocidas a nivel internacional de ese pueblo— e incluirá lectura de fragmentos en español e inglés, traducción simultánea y proyección de textos.
El libro propone una lectura comparada de las violencias coloniales y estatales que atravesaron distintos territorios del hemisferio sur. A través de relatos autobiográficos, un diálogo entre los autores y una serie de reconstrucciones históricas, conecta las experiencias de Argentina, Sudáfrica, Namibia y Australia. La estructura avanza de este a oeste: comienza en África, pasa por el Cono Sur y culmina en Oceanía. Mientras Coetzee aborda los procesos en África austral y Australia, Martínez Siccardi se enfoca en la región de Pampa y Patagonia. “Sus campañas de apropiación de tierras, acompañadas por el desplazamiento, la reducción a la servidumbre y en ocasiones la erradicación de poblaciones indígenas enteras, son el tema de este libro”, sostienen los autores.
Martínez Siccardi llegó relativamente tarde a la escritura. Empezó a los 40 años, después de una trayectoria como ingeniero agrónomo y traductor técnico. Define su recorrido como “meteórico”: su primer relato, Memoria fotográfica, obtuvo un premio en un concurso financiado por una caja de ahorros en España, y más tarde ganó el Premio Clarín en 2013. Con el tiempo, su obra fue desplazándose hacia lo que define como su “territorio germinal”: la meseta de Santa Cruz, donde pasó la infancia.
Ese regreso también implicó una revisión. La estancia de sus abuelos, en el medio de la meseta patagónica, estaba habitada por peones solteros que vivían y trabajaban allí todo el año. “Me di cuenta de grande que esos hombres eran indígenas, que nunca se habían identificado como tales, porque nadie se quería identificar así –señala Siccardi–. Empecé a pensar que esas personas, que habían estado tan cerca de mí desde chico y han sido importantes en mi vida, eran descendientes, venían de un genocidio, eran las víctimas de un avance estatal muy fuerte contra la Patagonia”.
De esa toma de conciencia surgieron novelas como Los hombres más altos —centrada en el pueblo tehuelche— y Margot en el lago Cardiel —sobre los peones indígenas en la meseta—. El vínculo con Coetzee apareció tiempo después, a partir de los seminarios “Literaturas del Sur” que el escritor sudafricano dictó en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) entre 2014 y 2019. Allí, Martínez Siccardi encontró una clave de lectura: la posibilidad de pensar conexiones históricas y geográficas entre países del sur global atravesados por procesos coloniales similares.
El proyecto inicial no era escribir en conjunto. Martínez Siccardi intentó primero armar un libro con autores de Australia y Sudáfrica, pero la idea no prosperó por el lado de ellos. Años más tarde, tras una invitación a Australia y un conversatorio que ambos compartieron sobre Originarios, Pueblos, muerte y resurrección —el podcast que conduce Martínez Siccardi desde 2023—, surgió la propuesta de extender la conversación a un libro. Así nació: Un mal salvaje.
La coautoría, contó el autor, fue sorprendentemente fluida. “Fue muy fácil ponernos de acuerdo”, afirmó. La única parte escrita verdaderamente a cuatro manos es el epílogo; el resto se organizó como un intercambio epistolar y un reparto de territorios: cada autor tomó los países sobre los que podía escribir con autoridad. Pero la cercanía con Coetzee no estuvo exenta de vértigo: “Cuando me llegó el primer texto de él, me hiperventilé durante cuatro horas. Yo había sido el promotor de la idea, pero cuando me llegó ese primer texto pensé: ‘¿Quién me mandó a ponerme a narrar al lado de uno de los mejores narradores del planeta en estos momentos?’. Tuve que hacer mi propio viajecito interior para decir: ponete a trabajar. El que piensa pierde”.
“El pasado claramente no está muerto: aunque la marea haya empezado a cambiar en la forma en que vemos esa historia cruel e inhumana, los mismos prejuicios raciales que motivaron el genocidio no han desaparecido de nuestras sociedades”, dice Martínez Siccardi
Hubo, además, una decisión política sobre la edición. Coetzee insistió en dos puntos: que el libro saliera primero en la Argentina y en español —no desde España ni desde el norte— y que la traducción fuera rioplatense. “Estamos hablando de historias del sur, se van a narrar historias del sur y de la manera que hablamos en el sur”, explicó Martínez Siccardi, que tradujo al propio Coetzee al castellano del Río de la Plata.
Un mal salvaje se abre con dos relatos autobiográficos —uno por cada autor— y continúa con un diálogo que enmarca el resto de la obra desde una perspectiva ética e histórica. Luego aparecen las reconstrucciones: episodios de violencia estatal y colonial en distintos territorios que, puestos en relación, revelan similitudes estructurales.
En el caso argentino, el foco está puesto en lo ocurrido en Pampa y Patagonia entre 1875 y 1885. Más allá de las masacres, Martínez Siccardi describió un sistema organizado de apropiación de personas: circuitos de traslado, campos de concentración y redistribución forzada que se extendían desde Chubut hasta Misiones, pasando por Mendoza, Buenos Aires, Tigre, Retiro y la isla Martín García. Hombres enviados a los ingenios del norte, mujeres destinadas al trabajo doméstico y niños apropiados por familias mediante mecanismos legales.
Antes de la creación del Registro Civil, explicó, las actas de bautismo clasificaban a los chicos según categorías jurídicas: legítimos, naturales, expósitos. A los niños indígenas se los registraba como una excepción, lo que habilitaba su apropiación por parte de familias criollas. Los diarios de la época incluso publicaban pedidos específicos de chicos de entre seis y doce años. Según el autor, más del 80 por ciento de las personas desplazadas en ese período atravesó ese sistema.
El libro también recupera el lenguaje de la época. Nicolás Avellaneda hablaba de razas que debían ser “devoradas” por las superiores, mientras que ciertas interpretaciones de las teorías evolucionistas funcionaron como justificación para la eliminación o absorción de poblaciones consideradas inferiores. Sostienen los autores: “’Progreso’, un concepto vagamente definido y, en última instancia, metafísico, que proporcionaba una justificación para una empresa cuya crueldad e inmisericordia eran desde el comienzo demasiado evidentes”.
¿Por qué estos procesos no forman parte del relato escolar? Martínez Siccardi ensayó una respuesta en varios niveles. Por un lado, señaló una desigualdad en la capacidad de narrar: quienes construyeron la historia oficial tenían acceso a la escritura, la imprenta y al Estado, mientras que las comunidades indígenas, con tradiciones mayormente orales, quedaron fuera de esos circuitos de legitimación. Por otro lado, advirtió que la identidad nacional se edificó sobre una idea de país blanco y europeo que excluyó deliberadamente a los pueblos originarios y a la población afrodescendiente, pese a que los estudios genéticos muestran un alto porcentaje de ascendencia amerindia y africana. “La épica del crisol de razas dejó afuera justamente a las razas que decía fundir”, sostuvo.
El propio libro vuelve sobre esa continuidad entre el pasado colonial y el presente: “El pasado claramente no está muerto: aunque la marea haya empezado a cambiar en la forma en que vemos esa historia cruel e inhumana, los mismos prejuicios raciales que motivaron el genocidio no han desaparecido de nuestras sociedades”.
Martínez Siccardi planteó que se trata de una historia incómoda: revisarla implica cuestionar los mitos fundacionales del país y la forma en que se construyó la nación. “Cualquier nación tiene que tener una conciencia real de cómo está constituida, cómo fue su conformación –aseveró–. No sólo para encontrar culpables e inocentes, y para honrar a los muertos y a las víctimas, sino también para saber quiénes somos realmente. No quienes nos hicieron la ficción que nos dijeron que éramos”.
El libro busca acercar al público un conjunto de investigaciones históricas que, aunque existen, no siempre circulan fuera del ámbito académico. “Nosotros no somos historiadores”, aclaró el autor. “Trabajamos con material producido por historiadores impresionantes. Son como pequeños héroes para mí, esos héroes silenciosos que se han metido en archivos polvorientos”. Con una prosa accesible, la obra intenta llenar ese vacío y poner en diálogo episodios que rara vez se leen en conjunto.
Las últimas páginas de Un mal salvaje, firmadas por ambos autores, devuelven la pregunta hacia el lector occidental: “¿Quiénes se creen ustedes para arrogarse la autoridad de resolver cómo debe pagarse su deuda? ¿No corresponde acaso a los sobrevivientes de sus genocidios prescribir la reparación?”
Esa contrapregunta condensa el espíritu del trabajo: una invitación a revisar una parte del pasado que aún permanece fuera del relato dominante.
¿Quién e J. M. Coetzee?
Nacido en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) en 1940, J. M. Coetzee ganó el Premio Nobel de Literatura en 2003, recibió en dos ocasiones el Booker Prize por Vida y época de Michael K y por Desgracia. Entre sus obras de ficción se encuentran Infancia, Juventud, Elizabeth Costello, Hombre lento, Diario de un mal año, La infancia de Jesús, Los días de Jesús en la escuela y Siete cuentos morales. Es autor, además, de ensayos como Contra la censura, Costas extrañas, Mecanismos internos y Las manos de los maestros, así como de Aquí y ahora, su correspondencia con Paul Auster, y El buen relato, en diálogo con la terapeuta Arabella Kurtz. En España fue distinguido con los premios Llibreter y Reino de Redonda.
Su vínculo con la Argentina se afianzó entre 2014 y 2019, cuando ocupó la cátedra “Literaturas del Sur” en la UNSAM. Esa iniciativa buscó tender puentes entre las literaturas del hemisferio sur y fue, según Martínez Siccardi, el espacio donde se gestó la idea de Un mal salvaje.