Para los excombatientes de Malvinas, la guerra no terminó con el cese de los enfrentamientos en las islas. Más de cuatro décadas después, hay marcas indelebles que afectan su salud mental y su vida cotidiana. Aquí lo cuentan.
La Guerra de Malvinas, ocurrida en 1982, duró 74 días y dejó 632 héroes que quedaron inmortalizados en las islas. El enfrentamiento marcó profundamente la historia argentina y dejó una huella que va mucho más allá del enfrentamiento bélico. Durante poco más de dos meses, miles de jóvenes soldados fueron enviados a combatir en condiciones extremas, con armas obsoletas, atravesados por el frío, el miedo, la incertidumbre y la violencia propia de la guerra. Sin embargo, el impacto más duradero no siempre fue visible, aún hoy conviven con secuelas postraumáticas crónicas. La falta de abordaje terapéutico dejó otras 350 vidas perdidas a causa de suicidios.
Al regresar al continente, muchos excombatientes se encontraron con una realidad inesperada: el silencio social, la falta de reconocimiento y, en muchos casos, la ausencia de políticas de acompañamiento. Lejos de recibir contención, debieron reinsertarse en la vida cotidiana cargando experiencias difíciles de nombrar y procesar, lo cual fue un camino muy difícil. Las secuelas psicológicas, la ansiedad, la depresión o los recuerdos persistentes del conflicto, comenzaron a formar parte de la vida de muchos de ellos.
La atención psicológica y psiquiátrica durante la posguerra fue mayormente escasa, desarticulada y caracterizada por un profundo ocultamiento inicial, provocando una «deuda social» que derivó en altos índices de estrés postraumático (TEPT) y cientos de autolesiones, muchas de ellas devenidas en suicidio.
Tras el conflicto, los veteranos fueron silenciados y obligados a firmar documentos para no hablar, lo que retrasó o impidió el tratamiento profesional. Estudios indican que, años después, un alto porcentaje de excombatientes nunca recibió atención psiquiátrica o psicológica especializada
La mirada de una especialista en salud mental de los veteranos de guerra como Cecilia Yaccarini (M.N. 68572) permite comprender en profundidad el impacto que dejó el conflicto. “Atravesar una experiencia disruptiva en la vida de una persona puede traer secuelas profundas y duraderas en el tiempo”, explica la psicóloga que trató durante años a excombatientes.
A partir de un estudio realizado con más de 400 veteranos del conflicto del Atlántico Sur, la especialista señala que las consecuencias no desaparecen fácilmente, ya que más de 40 años después de la guerra, muchos de ellos siguen teniendo secuelas y síntomas relacionados al evento bélico, incluso manifestaciones de estrés postraumático.
Además, remarca que el contexto posterior al regreso fue un factor clave en la persistencia de estos padecimientos. “Hubo largos períodos de silencio y falta de reconocimiento social. Esto trajo consecuencias como la estigmatización y dificultades para reinsertarse laboralmente”, afirma.
Otro aspecto central es la edad en la que los soldados fueron enviados a la guerra. La mayoría tenía entre 18 y 23 años, una etapa clave en la construcción de la identidad. “En ese momento, en lugar de consolidar su identidad en contextos habituales, tuvieron que enfrentar una guerra. En nuestro estudio, quienes eran más jóvenes presentan hoy más secuelas”, explica.
Por otro lado, la especialista destaca la importancia del acompañamiento psicológico y del entorno cercano. “Es fundamental que la persona tenga un espacio terapéutico y trabajar con las familias, que son quienes sostienen estas vivencias. No se trata de olvidar lo ocurrido, sino de integrarlo: poder recordarlo sin una angustia desbordante y hacerlo parte de la propia historia”.
Pero más allá del análisis profesional, las voces de los propios protagonistas, quienes vivenciaron esta experiencia tan intensa revelan la dimensión humana de ese proceso. “Uno no se prepara para ir a una guerra. Éramos jóvenes, de 19 o 20 años, y fuimos a cumplir con una obligación. Vivimos 74 días que nos marcaron para siempre”, relata Alfredo Ávalos, uno de los veteranos entrevistados en el Centro de Veteranos de Guerra de Malvinas, inaugurado en 2018 y que se encuentra en 29 de Septiembre y General Ferré, partido de Lanús. El centro registra un padrón aproximado de 225 excombatientes.
El regreso, coinciden, fue uno de los momentos más duros. “Nos trajeron a escondidas, con las ventanillas de los micros tapadas. Esperábamos otro recibimiento. No entendíamos lo que nos pasaba ni sabíamos lo que era un psicólogo o un psiquiatra, pero necesitábamos contención”, recuerda otro veterano, que prefiere no identificarse.
La reinserción en la vida civil tampoco fue sencilla. “Queríamos trabajar y hasta decir que veníamos de Malvinas nos jugaba en contra. Nos veían como personas que podían traer problemas. Eso duele mucho”, explica Joaquín Carballo, otro veterano que dio su testimonio. A la falta de acompañamiento institucional se sumaba la incomprensión social y el impacto en los vínculos familiares.
Con el paso del tiempo, muchos comenzaron a encontrar apoyo en sus propios compañeros. “Recién años después empezamos a juntarnos, a hablar entre nosotros, a ver cómo estaba cada uno. No sabíamos cómo empezar a procesar todo eso”, cuentan al unísono.
En relación a los numerosos casos de suicidio entre excombatientes, el testimonio de todos es contundente: “Sí, una contención adecuada podría haber cambiado muchas cosas. La única contención que tuvimos fue la familia, que tampoco sabía cómo tratarnos. No había profesionales preparados para atender a alguien que venía de una guerra”. Y agrega: “Muchos de los que lograron salir adelante fue porque consiguieron trabajo, formaron una familia o tuvieron un sostén. Otros no tuvieron esa oportunidad. Hubo más suicidios después de la guerra que durante la guerra. Eso fue por la falta de presencia del Estado”.
Además, los veteranos remarcan que ese abandono no puede separarse del contexto político de la época. “Estábamos en una dictadura militar y la guerra también fue utilizada como una forma de sostener el poder. Después, cuando volvimos, quisieron imponer el silencio y el olvido de todo lo que había pasado”, explican a coro.
También relatan las consecuencias físicas y emocionales que arrastraron durante años: “Muchos tuvimos problemas de salud como el pie de trinchera o dificultades respiratorias por las condiciones en las que vivimos. Estuvimos internados, pero aun así no hubo un acompañamiento integral para lo que nos pasaba”.
Con el paso del tiempo, sostienen que lograron transformar el dolor en memoria activa: “Hoy trabajamos mucho en lo educativo, en contar lo que fue Malvinas. No para fomentar la guerra, sino todo lo contrario: para que nunca más vuelva a suceder algo así”.
El museo es gestionado por el propio Centro de Veteranos de Guerra de Malvinas de Lanús. Además de la exhibición de objetos recuperados y uniformes, con un fuerte enfoque en la historia local de la guerra, el lugar fomenta charlas y actividades con el grupo «Herederos de la Causa Malvinas».
El mensaje hacia las nuevas generaciones también aparece con fuerza: “Que no se olviden de los que quedaron allá. Nosotros volvimos, pero 632 compañeros no. Querían vivir su vida como cualquiera y no pudieron. Por eso es importante que se conozca la historia y que se defienda la causa, pero siempre por la vía diplomática”.
A pesar de todo, los veteranos destacan un aspecto que permanece intacto: el reconocimiento popular. “El único que nos dio su abrazo, su calor y sus lágrimas fue el pueblo argentino. Eso nunca lo vamos a olvidar”, afirman.
Las fechas de conmemoración, como bien lo dice la palabra, significa traer a la memoria colectiva algo de significativa importancia. Una palabra que proviene del latín y que tiene como componentes a “con”, que alude a global o conjunto; y “memo”, que se refiere a memoria. Es que la memoria, a fin de cuentas, es una de las capacidades cardinales presentes en nuestra condición de seres vivos y, a su vez, es un tema de diferentes aristas. A más de cuatro décadas del conflicto, el reclamo sigue vigente: memoria, reconocimiento y, sobre todo, la necesidad de comprender que las guerras no terminan cuando cesan los combates. Sus consecuencias, muchas veces invisibles, continúan en la vida de quienes las atraviesan.