Por Gianfranco Rampinini
Fotografía: Oriana Estrada

Un clásico griego de casi 2500 años y la pampa argentina de la década de 1930, revueltos y batidos en la poesía escénica de Mauricio Kartun, dan como resultado una obra que habla del presente inmediato. Entrevistado por ANCCOM, el dramaturgo y director cuenta cómo surgió “Baco polaco”, “aguanta los trapos de la educación pública” y recuerda “el hachazo” que significó la última dictadura.

“¡Es senda peatonal, la puta que te parió!”, grita un ciclista, a una distancia prudente de su destinatario, mientras se aleja tras esquivar a la muchedumbre que intenta organizarse, frente al Teatro Sarmiento, a la espera de que abran las puertas para ver Baco polaco, la última obra de Mauricio Kartun, que pareciera captar el clima de época: antagonismos sociales, un joven hacendado que no soporta el jolgorio popular de su peonada, y el rencor como tenso hilo conductor.

Baco polaco surgió hace 23 años –cuenta Kartun, desde la intimidad de su hogar–, habíamos terminado de hacer La Madonnita y con el elenco queríamos continuar trabajando. Azarosamente, dimos con la convocatoria de un festival de teatro griego organizado por el Konex, al cual me invitaron a escribir para presentarme, volví y empecé a buscar un libro que me conmueve mucho, El manjar de los dioses, de Jan Kott, gran estudioso del teatro griego. En ese entonces estaba inmerso en la década del 30, producto de La Madonnita, sumado a otros focos de interés, fui juntando elementos, armé un borrador, lo presenté con mucha esperanza, pero no nos dieron bola. Sin embargo, a veces los universos ficcionales perseveran en el imaginario, entonces me senté a escribir la primera versión, sin el entusiasmo del primer momento ni trabajando con el elenco, sólo con el fin de quitarme la obra del imaginario. La terminé y quedó archivada. Pero el año pasado sentí que algo de lo que estaba sucediendo en nuestro presente, en términos éticos, políticos, sociales en el mundo, impactaban con aquellas imágenes. En particular, el lugar del odio manifiesto, y la tematización del abuso femenino. Sentí que la obra había cobrado vigencia, aquella que no había tenido hace 20 años, y decidí revivirla”.

¿El éxito de la obra te tomó por sorpresa?

Convivían en mí la esperanza de que la obra funcione, por el nivel de excelencia en el trabajo del elenco, con el desafío de que los espectadores soporten la densidad narrativa. Tomé algunos recaudos, hice algunos recortes, y señalé un espacio al final para recortar en caso de emergencia después del estreno. Sin embargo, no fue necesario, el público nos acompaña con localidades agotadas e incluso hemos sido invitados a realizar la obra en el Festival de Teatro Independiente de Bogotá y luego viajaremos a Madrid en septiembre.

Destacás la labor del elenco, todos son graduados de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD). ¿Fue una decisión?

Trabajé 25 años en la EMAD, fundé y dirigí la Carrera de Dramaturgia, le tengo un cariño muy grande. Asimismo, en los últimos años he venido aguantando los trapos de la educación pública, en un contexto inquisidor donde se cuestiona su eficacia, se la mira con sospecha. Cuando hubo que armar el elenco, inmediatamente me apareció la idea de hacerlo con un equipo completo, actores, asistentes, escenógrafos, iluminadores, todos egresados de la EMAD. En principio, porque cada momento que pasé allí fue de observar talentos y pensar cuántos de ellos llegan a vivir de esto. Porque a veces los talentos se pierden en la falta de respuesta inmediata, dado que hay que laburar para comer, entonces entran a trabajar para un banco, dejan de ensayar dos veces por semana, pierden en el cuerpo el oficio y ya no puedo aspirar a la profesión. Por otro lado, hay una especie de placer ético que no está asociado al deber o la obligación. Cuando uno es consecuente con sus valores éticos, ante todo hay un beneficio personal.

La obra se exhibe en el Complejo Teatral de Buenos Aires con entradas accesibles y descuentos a estudiantes y jubilados. ¿Qué opinas de estas políticas de Estado para promover el teatro?

En un inicio, la condición para que la obra se materialice era realizarla en un espacio independiente, azarosamente se enteraron del Complejo Teatral, me convocaron para realizarla en el Teatro Sarmiento y allí estaremos hasta mayo, luego nos trasladaremos al Teatro El Plata, en el barrio de Mataderos, también perteneciente al Complejo, y después a Madrid, también por la gestión del Complejo. Hoy que lo público está cuestionado, donde se instaura una idea de batalla cultural que supone la reducción de los presupuestos de cultura, entendiendo que las inversiones deben ser exclusivamente privadas, este fenómeno es ejemplar: la dirección del teatro está trabajando con un presupuesto acotado, pero maximizando los resultados. Cuando un espectáculo extiende su ciclo en otras salas o en festivales, agrandan el espectro de producción y esto es algo positivo, siempre y cuando esta modalidad no reemplace la cantidad de obras producidas.

¿Cómo percibís el presente del oficio?

En una división muy grande, una más “oscura” y otra más “luminosa” el trabajo del actor y actriz en Argentina dependía en términos de profesión de cine, series y producción de obras. En estos momentos, por distintas razones, se ha achicado todo, ha desaparecido la ficción de la TV, la producción se ha encarecido en dólares y este espectro reducido ha generado una crisis muy grande. Hace poco leí un comentario de Carlos Rottemberg que planteaba que hay muchos actores importantes en la calle Corrientes porque se redujo la producción de ficción, y la gente asiste a las obras porque conoce a los actores de la TV. ¿Qué pasará dentro de 10 años si, por la caída de la producción, no aparecen nuevas figuras populares para alimentar al teatro? Esta es la parte oscura. Por otro lado, aparece una actividad teatral intensa, compensatoria, pero que no alcanza, que se ofrece como alternativa. Hoy el teatro es, profesionalmente, una posibilidad buena: este año reestrenamos la séptima temporada de mi obra La vis cómica, siete años compartiendo con todo el equipo y viviendo de ello, constituidos como cooperativa. Entiendo al teatro aún en estos tiempos, como una fuente de trabajo importante, destacando la labor de la Asociación Argentina de Actores y su sistema de cooperativas, que nos permite agruparnos tomando a la asociación como intermediaria, pudiendo así administrarnos y organizarnos.

A cincuenta años del último golpe militar, ¿qué te genera este aniversario?

Cada vez que me preguntan vuelvo a las imágenes de aquel momento: imágenes perturbadoras, representadas en lo que fue, para mí, el hachazo a un ciclo productivo. Nosotros teníamos un grupo en aquel momento con el que hacíamos un espectáculo llamado Civilización o Barbarie. Hacíamos giras, trabajábamos para la Universidad de Buenos Aires, para la Comedia de la Provincia de Buenos Aires. Nos movíamos. El golpe militar significó para nosotros el hachazo, el corte. También se instauró la duda entre quedarnos en una Argentina que se vislumbraba catastrófica, como lo fue, o partir al exilio. Dos personas importantes con las que yo trabajaba, Augusto Boal, que había sido mi maestro, y Pino Solanas, con quien había trabajado en la película Los hijos de fierro, escribiendo letras de murga y algunos diálogos, me ofrecieron trabajo en el exilio. Ambas eran ofertas muy tranquilizadoras, pero, así y todo, con mi compañera decidimos ponerle el cuerpo a esos años, haciendo cosas que no tenían nada que ver con el oficio. Vendí electrodos de soldadura eléctrica en talleres de herrería. Cuando el deseo de escribir se tornó inevitable, me anoté en el taller de dramaturgia de Ricardo Monti, que fue para mí el oasis: volver a rodearme de creatividad, de creadores, hacer amigos y meterme en un tipo de producción de teatro que nunca había practicado. Cada uno de los que nos quedamos aquí sobrevivimos encontrando estos pequeños oasis en los cuales poder encontrar reparo.

“Baco polaco” se exhibe de jueves a domingos a las 20 en el Teatro Sarmiento, Av. Sarmiento 2715 (CABA). Las entradas se pueden adquirir en la web del Complejo Teatral de Buenos Aires.