Por Sofía Spinelli
Fotografía: Azul Andrade

Eudeba reedita «Un golpe a los libros», la investigación de Judith Gociol y Hernán Invernizzi sobre la censura y la persecusión a la cultura durante la última dictadura, realizada en base a documentación oficial. «Había un paralelismo entre la desaparición de los cuerpos y la de los pensamientos», dice la autora.

A medio siglo del golpe cívico militar de 1976, la memoria argentina vuelve a ser terreno de disputa. En ese contexto, la reedición de Un golpe a los libros: represión a la cultura durante la última dictadura militar, de Judith Gociol y Hernán Invernizzi, recupera una dimensión muchas veces relegada del terrorismo de Estado: la represión sistemática sobre la cultura. Puede que uno de los aspectos más ricos del libro sea su diálogo con un presente atravesado por discursos negacionistas y nuevas formas de censura, tema que abordó en profundidad Gociol en comunicación con ANCCOM.

“El libro estaba agotado y creímos que era importante volver a hacerlo circular en un contexto de mucho negacionismo, de replanteo de lo que sucedió, de discusión acerca de números y palabras”, explica Gociol. Publicado originalmente en 2002, el trabajo reconstruye cómo la dictadura no sólo desapareció personas, sino también ideas, textos y formas de pensamiento. “Había un paralelismo entre lo físico, la desaparición de las personas, y lo simbólico, la persecución al pensamiento”.

Un golpe a los libros se basa en una investigación documental minuciosa, apoyada en archivos hallados de manera casi azarosa tras la disolución del Banco Nacional de Desarrollo (BANADE), así como en registros de bibliotecas y organismos oficiales. Por sobre todas las cosas, Gociol insiste en tomar distancia de la idea de una represión improvisada: se trató de un plan sistemático, fríamente premeditado. “Todo estaba respaldado por un plan muy bien pensado, que tenía muy en claro el valor de los libros”, afirma. La censura no respondía a una subestimación de la cultura, sino exactamente a lo contrario: “Sabían que un libro transmite ideologías, ideas, creatividad. Por eso lo atacaban”.

Entre los documentos analizados aparecen órdenes de retiro de libros en bibliotecas públicas, circulares que replicaban listas de prohibiciones en instituciones educativas y registros oficiales publicados en el Boletín Oficial. Esto último pone en tensión otro de los sentidos instalados sobre la época: la idea de que no se sabía nada. “No es verdad. Había documentación, firmas, sellos. Pasaba por toda la burocracia del Estado”, explica la autora, quien incluso asegura el involucramiento de profesionales y universitarios en la elaboración de esos informes, debido al grado de exhaustividad en los análisis y las justificaciones que se empleaban.

Una de las cuestiones que más le impactó durante la investigación fue el modo en que las propias víctimas de esa persecución cultural tendían a interpretar lo vivido como hechos aislados, algo que pudo comprobar en las entrevistas que en conjunto con Invernizzi llevaron adelante para la producción de la obra. “Había una idea muy instalada sobre ´la brutalidad de los militares`, como si no hubiera un plan detrás”, recuerda. En ese sentido, el libro también busca reconstruir esa trama invisible que conectaba prácticas dispersas en una política específica de disciplinamiento social.

“La dictadura pretendía reemplazar una cultura por otra”, sostiene Gociol. Aunque ese proyecto no llegó a consolidarse completamente, en parte por el abrupto final del régimen tras la Guerra de Malvinas, sus efectos perduran. Para Gociol, estos pueden leerse como una continuidad del proyecto cultural que buscaba. “Efectivamente, la dictadura ganó en el terreno cultural. Es mucho lo que logró destruir, particularmente los lazos sociales y el valor del libro. El mercado editorial no es el mismo que en los sesenta, es bastante más parecido a lo que la dictadura pretendía: un mercado transnacionalizado con grandes grupos marcando las reglas”. En ese sentido, advierte que la circulación de ideas también se vio afectada: “Hay una cantidad de ideas que no circulan porque no son las de gran venta, o que circulan en manos de pequeños sellos, que son los que sostienen la diversidad cultural. Algo pasó para que estemos donde estamos… no estaba todo tan recuperado, estaba más frágil de lo que pensábamos. En la posibilidad de que ahora haya lugar para que se nieguen los hechos, está todavía la victoria del régimen”, afirma Gociol cuando piensa en cómo esos efectos operan en el presente.

Frente a ese escenario, la resistencia cultural adoptó múltiples formas. Desde el cine militante hasta talleres literarios clandestinos, pasando por lectores que escondían o enterraban libros para preservarlos, la circulación de ideas encontró caminos alternativos incluso en los contextos más represivos. “Hubo mucha resistencia, incluso en gestos pequeños, como ocultar un libro o mostrarlo en la calle”, señala.

En la actualidad, las formas de censura son más sutiles, pero están. “Hoy pasa más por el mercado, por la imposibilidad de comprar los libros. El precio también es una forma de limitar el acceso a la cultura”, afirma. Así, la pregunta por quién puede leer y qué circula sigue siendo profundamente política.

La autora también advierte sobre la necesidad de complejizar la mirada sobre los responsables. “Se buscó pensar a los militares, a las autoridades, como monstruos, pero en realidad eran personas comunes. Eso incomoda porque obliga a la sociedad a preguntarse “¿Qué hice frente a eso?”, una pregunta que duele, que sigue activando esa herida aún abierta de nuestro país”.

En un contexto donde, como Gociol cuenta a ANCCOM, “los golpes se dan de otras maneras: económicas, ideológicas, desde las corporaciones”, la memoria cultural deja de ser un ejercicio del pasado para convertirse en una herramienta profundamente necesaria para reconstruir el presente. Para la autora, desconocer o relativizar el rol de la censura durante la dictadura implica un gran riesgo: “Es muy difícil que no se repita algo que no se sabe o que se niega”. Así, La reedición de Un golpe a los libros llega para intervenir un momento donde la Argentina lucha por no olvidar.