El periodista e intelectual Hernán Invernizzi repasa sus días como preso político en tiempos de la dictadura y analiza el presente, en perspectiva: ¿Cómo construir marcos de acuerdos sobre derechos humanos en tiempos negacionistas?
Hernan Invernizzi, periodista, intelectual e investigador argentino, recuerda cómo fue el día que se le puso fin a su condena. “Apelé al Poder Judicial y por razones de jurisdicción me tocaba la misma cámara de apelaciones que el juicio a las juntas. Mi fiscal era (Julio César) Strassera. Me llevan en un camión, un celular, esposado, con los señores de gris. Estaban las Madres, las Abuelas, familiares, amigos, compañeros que habían estado presos y que fueron a esa audiencia, todo un un lío. Mucha gente”. Finalmente, luego de transcurrir la mayoría de su juventud en la cárcel de la dictadura- recuperó su libertad durante el gobierno de Raúl Alfonsín.
El 6 de septiembre de 1973 se llevó a cabo el asalto al Comando de Sanidad del Ejército, ejecutado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), con el objetivo de conseguir armamento. El asalto devino en un enfrentamiento armado en el que murió el coronel Raúl Juan Duarte Ardoy. En ese entonces, Invernizzi era un militante y estudiante de 21 años. Por participar de este hecho, fue detenido y juzgado por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, ya que al momento de su detención se encontraba haciendo el Servicio Militar Obligatorio. Doce años después, el 9 de mayo de 1986, fue uno de los últimos presos políticos liberados por el primer presidente de la incipiente democracia, Raúl Alfonsín.
“Hacía 12 años, 7 meses y 10 días que no estaba en la calle. El país que encontré había sufrido cambios brutales”, dice. La dictadura había conseguido muchos de sus objetivos. “El país de los años sesenta y setenta tenía pleno empleo, con sindicatos muy poderosos, con una CGT arrolladora, con una cultura política extraordinaria, realmente activa, diversa, intensa, apasionante. Salí y me encontré con un país empobrecido, sindicatos debilitados, la política debilitada, menos diversidad, menos voces y un aparato productivo devastado, señala”.
El modelo económico llevado a cabo por el ministro de Economía de la dictadura José Alfredo Martínez de Hoz había dejado secuelas y marcó un precedente para futuros planes de ajuste que no podrían ser posibles sin el antecedente que cambió completamente la estructura económica, política y social de nuestro país.“La que produce el gran cambio en el modo de producción de nuestro país es la dictadura. Las cosas que vinieron después son ajustes a lo que la dictadura no había terminado”, sostuvo Invernizzi.
“La lucha armada no le gustaba a nadie”
“La convicción era que no había otro camino, no que era un camino viable sino que no quedaba más remedio. Porque si no puede parecer que la lucha armada es algo que ‘gustaba’. No. La lucha armada no le gustaba a nadie”, reconoció el exmilitante del ERP al hablar de cómo algunos movimientos políticos peronistas y de izquierda decidieron tomar las armas durante los años 70.
Destacó el contexto en el que eso sucedió: “Hubo también varias generaciones de políticos, de intelectuales, de gente de la cultura, de las Fuerzas Armadas, que se hacen los distraídos y miran para otro lado, como si ellos no hubieran hecho nada entre 1955 y 1976. Como si de golpe hubiesen florecido personas que dijeron ‘no nos queda más remedio que agarrar las armas. No dominábamos la escena. No nos engañemos. Fuimos una de las respuestas al contexto que se vivía en esos años”, reflexionó Invernizzi.
“Para 1978 las organizaciones políticas armadas estaban totalmente devastadas, descalabradas, descabezadas, destruidas. Los que no estaban muertos, desaparecidos o presos, estaban en el exilio y eran poquitos”, destacó y puso de ejemplo a su propia organización: “El PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores) se fundó en 1970 y dejó de existir operativamente en 1977. Los dos primeros años fueron de autoorganización, casi no hicieron acciones. Duró operativamente cinco años. Se pierden las proporciones de lo que significa esto en el conjunto y la historia de la sociedad. Lo digo hasta con un poco de pesar, porque yo era parte de esa organización”, sostuvo. “Una cosa es la tragedia de quienes tuvieron que sufrir muertos o heridos. Ese dolor hay que respetarlo. Y otra cosa es la importancia política. Hoy no queda nada. Pero no es que en 2026 no quede nada. No, ya cuando salí en libertad, los sobrevivientes mirábamos a nuestro alrededor, nos veíamos entre nosotros, nos abrazábamos y decíamos ‘¿Y ahora qué hacemos?’ Porque las ‘orgas’ como tales no existían más”.
En papelitos de armar cigarrillos ya habíamos hecho nuestras propia bibliotecas, con una letra tan chiquita que había que leer sacando pedacitos de vidrio de por ahí, para que se ampliara, como si fuera una lupa. Copiamos libros enteros y los escondimos hasta en nuestros cuerpos. Porque resistir (en la cárcel) también era eso.
La variadas formas de la resistencia
Durante sus años detenido pasó por tres cárceles: Magdalena, Caseros y Rawson. “La consigna en las cárceles de la represión era: ‘Ustedes de acá van a salir locos, putos o quebrados’”, recuerda Invernizzi. Mantener los valores era una parte fundamental de la resistencia: “Defendernos ideológicamente fue uno de los ejes de la supervivencia, porque el objetivo era destruirnos. Muchos compañeros se suicidaron. A otros los mataban directamente dentro de las cárceles. Otros siguieron con tratamiento psiquiátrico durante veinte o treinta años. Otros terminaron internados. Lo que nunca nos pasó fue abandonarnos ni soltarnos”, dice sobre el lazo que formaron los presos políticos dentro de las cárceles. Pensar colectivamente, dice, los llevó a resistir las políticas represivas que sufrieron.
Por otro lado, se ocupaban de mantener su mente activa, que era lo que se buscaba quebrar: “Antes del golpe, en la mayoría de las cárceles nos permitían tener libros. Aprovechamos ese período. Cuando llegó el golpe, se acabaron los libros, las revistas, los diarios y las cartas de los familiares. Pero para entonces, en papelitos de armar cigarrillos ya habíamos hecho nuestra propias bibliotecas, con una letra tan chiquita que había que leer sacando pedacitos de vidrio de por ahí, para que se ampliara, como si fuera una lupa. Copiamos libros enteros y los escondimos hasta en nuestros cuerpos. Porque resistir también era eso”, cuenta.
Esa “batalla por los cerebros” que se daba dentro de la cárcel era parte de una mucho más amplia que se extendía a toda la Argentina. Para el intelectual “la dictadura militar siempre intentó mantener oculta y clandestina su política represiva y el terrorismo de Estado. Negó los campos de concentración, los desaparecidos, los presos políticos, que éramos 10.000 y decían que no había ninguno. Pero nunca negó la batalla en la educación, la batalla en la cultura. Se cansaron de decirlo públicamente. ‘La batalla cultural’, decían ellos.”
Hablar de batalla cultural nos remite al presente inmediato. Es un concepto que plasma una realidad que no es nueva: “Y seguimos sin darnos cuenta. Venimos asistiendo a esta batalla cultural desde hace décadas. Simplemente lo que cambió ahora es que se hizo público y los muchos sectores militantes por izquierda y por derecha en el marco del contexto democrático actual han dicho ‘ah, era esto’. Por eso siempre lo más importante fue el cerebro, la mente del otro”, dice Invernizzi.
Por esa razón, vuelve a enfatizar que “el valor que me parece que había que conservar era si ibas a estar del lado de los sectores populares o te ibas a poner de otro lado. Yo no conozco un solo caso, ni un compañero que se haya salido del lado de los sectores populares. Después, fuimos eligiendo caminos distintos. Ninguno fue un camino armado. Fueron opciones políticas diferentes. También van cambiando los objetivos porque el mundo también cambia. Hay que escuchar, aprender y caminar al lado de la gente”.
Dictadura y democracia
Al analizar la democracia hoy, Invernizzi considera que “uno puede encontrarle este o aquel defecto a la democracia liberal. Pero el derecho a la vida en ese contexto está fuera de discusión. Y no es poco para una generación que vivió lo que vivió la mía”. Y agrega: “Puedo entender que haya muchos cuestionamientos a la democracia. Y está bueno eso. Pero hay principios que me parecen que tenemos que cuidar mucho. Murió mucha gente, sufrió mucha gente, hubo grandes tragedias y no solamente en los 70. La historia política argentina está atravesada por la violencia política. Los periodos donde bajó su nivel son muy poquitos y en realidad son los últimos. El periodo histórico argentino con el menor índice de ella es de diciembre de 1983 al día de hoy. Podemos discutir estos años, pero hay cosas que no pasaron. Y yo creo que es bueno que no hayan pasado ciertas cosas, como por ejemplo, estar matándonos entre compatriotas”, agrega.
Sostiene que los espacios desde los que se puede seguir construyendo memoria y reclamando por verdad y justicia son “todos, todos sin excepción”. Y asegura que “las Madres de Plaza de Mayo salvaron a la sociedad argentina de un colapso moral, del que no nos íbamos a levantar nunca”.
En relación a los discursos acerca de la dictadura que circulan actualmente, dice que “siempre creí que esa parte de la sociedad a la que no escuchamos estuvo tapada por ciertas euforias. Pero cuando las coyunturas se modifican, esos silenciosos aparecen”. Considera que los funcionarios del Gobierno actual que sostienen una postura negacionista o en contra de los organismos de derechos humanos “no son todos, parecen muchos, pero no son tantos. Tampoco son nuevos: siempre estuvieron. Lo que sí tienen ahora es prensa, tienen vidriera. Y por supuesto que es preocupante que tengan vidriera y que tengan medios. No porque exista el riesgo de otro voto, sino porque contribuyen al deterioro de la cultura política en nuestro país. Ese es el gran problema”.
Sin embargo, propone “no meter a todos en la misma bolsa. Estoy completamente seguro de que la abrumadora mayoría de la sociedad argentina no está de acuerdo con la dictadura, la cuestiona y no quiere otra. Pero también estoy seguro de que muchos de ellos no están necesariamente de acuerdo con todo el actuar de los organismos de derechos humanos” -dice Invernizzi y agrega-: “Obviamente no estoy de acuerdo con esas posiciones. Pero nos hablamos entre nosotros cuando, en realidad, tendríamos que dedicar la mayor parte del tiempo a hablar con los que piensan distinto”.
Para Invernizzi, “lo que estamos diciendo cuando hablamos de memoria, de verdad y de justicia es que hay que luchar por el sentido de un marco común. Es el marco de respeto a los derechos humanos. Si estamos de acuerdo en eso, después en lo demás ya vamos a ver. Tendremos que bancar las diferencias. Pero si no nos ponemos de acuerdo en ese marco avanzar en el debate democrático va a ser muy difícil”.