Un nuevo espacio cultural abrió sus puertas en el antiguo Teatro Cabildo, un proyecto que nace de la autogestión para convertirse en una trinchera de resistencia frente al desfinanciamiento del cine nacional.
El barrio Saavedra recuperó un espacio de encuentro y un trozo de su historia cultural con la inauguración el jueves 12 de marzo de Sala Lúcida, ubicada en Cabildo 4740. El espacio, que funcionó durante décadas como el Teatro Cabildo, renace bajo la gestión de las productoras Pulpofilms y Seirenfilms como un lugar de encuentro destinado no solo a la exhibición de cine independiente, sino también a las artes escénicas, la música y la exploración con tecnologías inmersivas.
La génesis de este proyecto se remonta a 2004, cuando las cineastas Ana Fraile y María Laura Ruggiero se conocieron en el programa Jóvenes Talentos organizado por el Festival de Berlín. Sin embargo, la chispa definitiva surgió años más tarde a través de la Red de Mujeres Audiovisuales. Tras años de trabajar juntas en proyectos que cruzan arte, ciencia y tecnología, la decisión de abrir una sala propia fue una respuesta directa a la crisis del sector: “La necesidad de seguir produciendo y la dificultad de poder mostrar, empujó a tomar la decisión en agosto del año pasado y decir, ‘Bueno, encontremos un lugar y arrancamos’”, dijo Ana Fraile en diálogo con ANCCOM.
La proyección elegida para la apertura es el reestreno de Un fueguito, la historia de César Milstein, documental de Ana Fraile sobre su tío abuelo, el científico argentino ganador del premio Nobel de Medicina. La selección de esta pieza es una declaración de principios sobre las redes de apoyo, la curiosidad y la persistencia. “La decisión fue comenzar con esa película que fue fundante para la productora, porque si no la hubiese hecho, si no me hubiese permitido el apoyo de mi tío para hacer una primera película aunque no supiera hacer películas, de repente no estaría haciendo cine ahora”, comentó la directora del documental en referencia a que su primer apoyo económico para comenzar a rodar fue de parte del mismo César Milstein, solventando el primer trayecto de su recorrido profesional.
Nada se pierde, todo se transforma
La selección del edificio no fue algo planificado, sino más bien una linda coincidencia. El antiguo teatro estaba en manos de Martín Vives, un director de teatro de 95 años que compró el edificio a los 65 para convertirlo en sala.
Ana Fraile cuenta que fue su hermana Laura quien encontró el lugar por redes sociales y comenzaron a visitarlo durante meses en los que conversaron con Vives hasta alquilar el teatro: “Martín y su familia nos brindaron la posibilidad de usar la asociación civil, además de un montón de regalos edilicios, pero sobre todo la inspiración de una persona que a sus 95 años sigue produciendo teatro, que es tan apasionado de las tablas como nosotras del cine”.
La puesta en valor de la sala fue una tarea manual y colectiva. Ante un presupuesto acotado, el equipo optó por el reciclaje y la autogestión: “No hubo una inversión ni dijimos: ‘Vamos a contratar un arquitecto’. Para nada, los cables los pelamos nosotros, las lámparas las hicimos nosotros… somos cineastas y sabemos de un montón de cosas”, contó Ruggiero.
Un engranaje colectivo
El nacimiento de Sala Lúcida no responde a una lógica empresarial tradicional, sino a una trama de afectos y militancia cultural. El proyecto es impulsado por un núcleo de cuatro mujeres: Ana y Laura Fraile, María Laura Ruggiero y Silvina Hermosa, que han logrado movilizar una red de amigos, conocidos y familiares para poner el espacio de pie.
Ana Fraile destaca que el equipo está formado por amistades de más de 20 años y que la dinámica de trabajo es profundamente cercana: “Mis hermanos o mi mamá también están involucrados. Todo terminaba siendo muy familiar y contenedor”.
Sala Lúcida se sostiene bajo una premisa de cuidado y sostenibilidad: “No es un proyecto pensado desde un plan de negocios”, afirma Fraile sin dejar de lado que “tiene que ser autosustentable, rentable y tiene que tener ciertas condiciones de cuidado del ambiente”. Bajo la premisa de promover la conversación y la comunidad, la invitación a dialogar luego de la función –como ocurrió en la proyección inaugural- es una forma que las directoras del espacio se proponen instalar, porque desde la reflexión colectiva a partir de un hecho artístico se recupera una dimensión profundamente humana y social. Como el modo de hacer ciencia de Milstein.
Una programación con compromiso social
La cartelera de Sala Lúcida no es neutral. En marzo, los ciclos “Elipsis Infinita” y “Raymundo Gleyzer”, cineasta desaparecido en dictadura, abordarán los 50 años del golpe militar con películas y debates. Esta curaduría dialoga con la investigación doctoral de Ana Fraile sobre las reparaciones simbólicas a través del cine: “Es importante el ejercicio de ver películas sobre graves violaciones de derechos humanos, qué pasa con eso, si hay alguna suerte de sanación”, propone.
A futuro, el espacio se expandirá hacia la experimentación con realidad virtual que incluya a las infancias, laboratorios de formación y música en vivo. Con una ubicación estratégica en la «frontera» entre CABA y provincia, Sala Lúcida se planta como un desafío al mainstream y una apuesta por la soberanía cultural. Sus impulsoras vinculan su proyecto con la esencia de lo que recupera Un fueguito: “Una apuesta por poner sobre la mesa el narrar historias que tengan que ver con la ciencia, con valorar a nuestros propios científicos y destacar que la universidad pública hizo este hallazgo y ahora los de la universidad pública seguimos haciendo cine sobre eso”, dijo Hermosa.
Resistir al desmantelamiento
Frente al despido masivo del plantel docente de la Universidad Nacional Scalabrini Ortiz en donde trabajaban Ana Fraile y Lucas Scavino (socio de Pulpofilms), desde Sala Lúcida se proponen también ser un espacio de contención para los “500 estudiantes de cine que no tienen profesores ahora mismo”, sostuvo Fraile.
Este desmantelamiento, producto de la “violencia del Estado” en palabras de Fraile, llevó a que los alumnos sean alojados por este nuevo proyecto en el que les propusieron hacer un ciclo de cortometrajes. El objetivo es que la sala funcione como un “dique de contención” donde los jóvenes puedan reunirse, debatir y mantener vivo su vínculo con la producción audiovisual.
La propuesta busca, además, que los trabajos académicos trasciendan las aulas y lleguen a la pantalla grande para fomentar la “experiencia comunitaria de que otros lo vean más allá de tus compañeros de clase”. Fraile subrayó que “hay que dar estas batallas porque cuando avanzan proyectos tan fascistas, casi de adoctrinamiento y de censura, lo que hay que hacer es arremeter, plantarse y, en nuestro caso, abrir una pantalla”. Y como César Milstein dejó como aprendizaje, la pasión por hacer, descubrir, inventar y compartir es el motor para que, aún en los tiempos más difíciles, no sea opción bajar los brazos.