FATE fue considerada durante décadas una de las mejores fábricas para trabajar. Sus salarios y condiciones de empleo ilusionaban a los vecinos con la posibilidad del ascenso social. Hasta que el reciente cierre les desorganizó la vida. Un festival para apostar por la reapertura de la planta.
En el pasado, para muchos jóvenes de los alrededores de la planta, trabajar en FATE era un sueño, una aspiración que significaba estabilidad y progreso. A lo largo de sus 80 años se convirtió en símbolo de la industria nacional y su cierre no solo afecta a los trabajadores, sino también a toda una comunidad. Su historia es también la de miles de familias que crecieron y se desarrollaron en torno a la fábrica de neumáticos.
“La mayoría tenemos hijos chicos. Yo tengo mi trabajo estable, pero no se puede comparar con el de mi marido en FATE. Hay muchos trabajadores que ya no pueden alquilar y deben regresar a las casas de sus padres, a sus piezas de adolescentes. Otros se habían embarcado en el arreglo de sus casas y todos sus planes de paralizaron. FATE no es solamente, un montón de ruedas, es una familia, nos conocemos todos”, afirma Rosa Medina, esposa de Miguel, despedido tras 18 años de labor en la empresa.
“En estos momentos al Estado no le importa la industria argentina –agrega–. El trabajo dignifica, es nuestra identidad, y nos quieren despojar de lo que realmente nos hace felices. Por suerte, sentimos que no estamos solos, que podemos enfrentar lo que venga. Porque estamos seguros que la fábrica va a abrir y los trabajadores van a volver a tener su fuente laboral. Nosotras, como esposas, madres, hijas de los trabajadores de FATE, seguiremos acompañándolos y no los vamos a dejar solos en esta lucha, ya que es la lucha de todas nuestras familias”.
Rosa, integrante de la Comisión de Mujeres del Sutna.
El pasado viernes 6 de marzo por la tarde noche, la Comisión de Trabajadores de FATE realizó un nuevo evento solidario, en la puerta de la planta, donde participaron grupos musicales, como La Delio Valdez, que se solidarizaron con los despedidos. Baile, familias reunidas, vecinos, todos juntos, conscientes de que no había nada para festejar pero dándose fuerzas para seguir sosteniendo el reclamo de reapertura de la fábrica y el reintegro de todos los trabajadores.
Para muchos, la planta es su segundo hogar, el lugar donde han transcurrido más de la mitad de sus vidas, y en algunos casos el trabajo ha pasado de generación en generación, de padres a hijos. “El cierre de la fábrica es como perder a un miembro de la familia. No es solo un trabajo, es nuestra vida. ¿Qué vamos a hacer ahora que estamos grandes? ¿Cómo vamos a mantener a nuestras familias? ¿Quién nos va a querer contratar?”, se pregunta, entre sollozos y la voz quebrada, Julio Montero, de 52 años, operario talonero con 22 años de antigüedad.
“Estaba de vacaciones, tenía 35 días, cuando me despertaron a las seis de la mañana para decirme que la fábrica había cerrado, que mi trabajo había terminado, se me vino el mundo abajo, no caía del todo –rememora–. Ahora a todos nos está cayendo la ficha de que no tenemos más nuestra principal fuente de ingreso. Para sacar adelante a mi familia muchas veces vivía más aquí que en mi casa, haciendo muchas horas extras, porque la empresa nos pedía, necesitaba sacar más productos al mercado y nosotros cumplíamos, cansados, sin dormir bien, pero lo hacíamos. En la época del covid-19 éramos considerados trabajadores esenciales y ahora somos considerados descartables, ya no servimos más. Además, tengo problemas cardíacos y tendinitis, de tanto desgaste”.
Con tristeza y cansancio, Andrade, de 55 años, armador con 23 años de antigüedad, recuerda cómo llego a la fábrica, siendo muy joven, en respuesta a un llamado de la empresa que estaba incorporando trabajadores. Lo que no sabía era que esta decisión cambiaría su vida para siempre. “A lo largo de años aprendimos mucho, pero sentimos que la empresa no nos valoró, y de un día para el otro todos terminamos en la calle, nos dejaron sin el pan de cada día, dejamos mucho nuestra salud, la mayoría tenemos muchos años en la fábrica, y ya estamos todos rotos con 50, 52 años, con el manguito rotador destruido, con problemas lumbares, hernia de disco, dejamos todo por la empresa y ahora la firma nos arroja a la calle, a la incertidumbre de saber quién nos va a querer contratar, si ya estamos todos lastimados, por tantos años de esfuerzo físico, con desgastes por tareas continuas, pesadas y repetitivas”.
Claudio Mora, de 55 años, ingeniero con 18 años de antigüedad en FATE, comparte su historia, una mezcla de gratitud y desolación. “Llegué a la empresa respondiendo a la convocatoria de nuevos puestos laborales, atraído por la estabilidad y el prestigio que ofrecía la fábrica. Pero lo que encontré fue mucho más que eso: una comunidad, una familia. La solidaridad de la gente, los vecinos, organizaciones sociales, hoy es increíble, aunque del otro lado vivimos una situación desesperante, después de los primeros días de represión de la policía, que nos querían hacer salir de la planta, y que nos reprimieron con balas de goma, logramos desde hace 16 días tomar la torre, donde ahora hacemos guardias de acampe. Todos los compañeros estamos durmiendo en el piso de cemento, dando resistencia, nos sentimos como indigentes, pero es necesario atravesar todas las adversidades, con el único fin de recuperar nuestros puestos de trabajo, a pesar de todo el desgaste físico, emocional, psicológico que estamos padeciendo, todos nosotros junto a nuestras familias, sin saber qué va a pasar con nuestras vidas, y hasta la fecha sin haber podido cobrar el sueldo”.
El cierre de FATE también deja sin sustento a trabajadores de planta tercerizados, al sector de salud, integrado por médicos y enfermeras laborales, personal de maestranza, proveedores de materias primas, todos ellos y sus familias quedan en la incertidumbre. Mientras tanto, el Sindicato Único de Trabajadores del Neumático Argentino (SUTNA) continúa denunciando que la empresa no ha cumplido con la conciliación obligatoria ni con el pago de la última quincena. Además, ha realizado una presentación ante la Secretaría de Trabajo y solicita la intervención del Gobierno nacional para que garantice la continuidad de la producción y la reincorporación de los 920 trabajadores despedidos.