Un grupo de personas se propuso bordar los nombre de los detenidos desaparecidos por la última dictadura cívico militar. Todos los fines de semana, se encuentran en el Museo Etnográfico, donde reciben colaboraciones de todo el país para confeccionar una bandera que acompañará la marcha del 24 de marzo, en el 50 aniversario del golpe. La convocatoria para recibir bordados está abierta hasta el 14 de marzo.
Son las 15 horas de un sábado en pleno centro porteño. La fachada del Museo Etnográfico Juan Bautista Ambrosetti se mantiene estática mientras puertas adentro, en el patio, a fuerza de hilo y aguja, decenas de personas reconstruyen a través de bordados el quiebre de la historia de un país. Una convocatoria en apariencia simple, bordar el nombre de un detenido-desaparecido en una tela blanca, logró que la presencia de más de 5000 desaparecidos se materialice en retazos hechos por familiares, amigos, vecinos y compañeros.
“Durante la pandemia estábamos encerradas y empezamos a bordar esas luchas del pasado. El 2025 ya pensamos esto por los 50 años del golpe y en enero empezamos”, explica Silvana Di Lorenzo, responsable del área de conservación y museografía del Museo Etnográfico Ambrosetti, y participante del colectivo Bordando Luchas. Por semana, la conservadora recibe bordados que realizan personas de todo el país: “De norte a sur, de este a oeste, todas las provincias. Mantenemos un registro de quienes son bordados para no repetir, pero ningún bordado se rechaza, todos se unen”.
El objetivo es reunir la mayor cantidad posible en un rollo, que se va a esparcir a lo largo de toda la movilización el 24 de marzo. “Los nombres de los desaparecidos van a desenrollarse y mezclarse en la calle entre la gente”, explica Di Lorenzo con una sonrisa. “Pensábamos que íbamos a ser 20 personas, nunca nos imaginamos esta convocatoria”.
En el patio el sentimiento de comunidad es pegajoso y se puede tocar. El espacio está habitado casi como un hogar. Los grupos de bordadoras— en su mayoría son mujeres—se configuran a partir de hilos compartidos, mates y conversaciones. En las caras, lejos de verse melancolía, aparece algo distinto, una mezcla de concentración y determinación. “Decido bordar porque me parece maravilloso encontrar una belleza en algo tan crudo, tan doloroso. Es un bálsamo encontrar esta energía puesta en las telas”, comparte María Belén Gómez, quien se enteró del evento a través de una amiga y decidió participar.
Vino acompañada de un amigo, Hugo Iglesias, quien en su mirada no puede ocultar la alegría que le genera todo lo que ve. “Vos mirás a alguien acá y es como si lo conocieras de toda la vida, lo saludas, te saluda, y quizás nunca se vieron. Un clima muy distinto al de, por ejemplo, las primeras marchas donde cada uno estaba en su mundo, con su dolor”. Con esa última oración, el tono de la conversación cambia y el pasado detenido irrumpe como una aguja en el telar.
Más tarde, otras dos mujeres recuerdan todas las movilizaciones a las que fueron y cómo evolucionaron.
—En la del 30 de abril del 77’ yo estudiaba en el profesorado Joaquín V. González, y con mis compañeros queríamos ir. Yo me terminé quedando en un bar con los nombres de todos ellos anotados por si les pasaba algo—dice Alicia García Tuñón.
—Me cuesta acordarme cuál fue la primera—agrega su compañera, Alejandra Cornet. —Me parece que hasta los 30 años era una marcha en la que no había grandes discusiones, había un enemigo claro: los militares. Después comenzó a haber más divisiones—explica García.
—Creo que con estos 50 años nos merecemos una marcha unitaria, una única lucha, un claro enemigo: los militares, el genocidio, y el negacionismo actual.
Esta última es una preocupación recurrente entre todos los asistentes, al que se refieren de distintas formas: “los vientos que corren”; “el contexto”; “el tiempo que nos toca”. Pero estas personas saben cómo resistirlo. Frente a la pregunta de por qué seguir marchando, las respuestas caen en cascada.
Porque sigue presente esa desaparición. No es como una enfermedad de la que te curas y listo—afirma García.
A su lado, otra mujer, Beatriz Luque, cofundadora de Herman@s de Desaparecidos por la Memoria, la Verdad y la Justicia se une y agrega con firmeza:
—Porque son 50 años de desaparición forzada. 50 años en los que no sé nada de mi hermano. Medio siglo sin saber nada. Y eso no es solamente Marcos, sino es el futuro. Porque lastimar a una generación de ese modo, en proyecto, es traicionar el futuro de la patria.
Algunas personas comienzan a acercarse al fondo del patio donde se encuentra el taller en el que se reúnen todos los bordados. Adentro, la fila para dejarlos es una serpiente alrededor de mesas donde hay miles de retazos ya unidos, todos con un diseño único. Uno de ellos lee: “Liberame ya”; el de al lado “Será Justicia”. Di Lorenzo se mueve entre el laberinto de gente, que la detiene para darle bordados o consultarle cosas. Otras trabajadoras del museo registran cada persona que se acerca con su tela para tener registro de los desaparecidos.
Incluso en la espera, surgen conversaciones. Muchas se reconocen de las agrupaciones, como Memoria Palermo.
—Es la tercera vez que vengo, ahora estoy dejando el bordado que hice de mi hermano—dice una mujer.
—Yo vine a dejar los que hicimos de compañeros de mi trabajo—responde otra.
—Mirá la cantidad—señala.
—Voy a sacar una foto para no olvidar esto.
La convocatoria sigue abierta hasta el sábado 14/3, día en el que se pueden dejar los bordados en el museo, ubicado en Moreno 350.