Por Maitena Hoppe
Fotografía: Guadalupe Presa Falcón

Los especialistas coinciden en que la crisis económica, la omnipresencia de las pantallas y el temor al fracaso en una sociedad cruel están cambiando los hábitos sexoafectivos de los jóvenes.

No es que no haya deseo. O no es eso solamente. Lo que aparece es el cansancio: de la jornada laboral extendida, de la incertidumbre económica, de las pantallas que nunca se apagan, de la ansiedad que se acumula en el cuerpo. Cansancio de buscar y no encontrar ese “match perfecto”, de deslizar perfiles infinitos, de hablar durante semanas sin, casi nunca, concretar el encuentro.

Crisis económicas, políticas, sociales, institucionales, ambientales, pandemias nos han atravesado como país a lo largo de todos estos años. Y las hemos podido capear (o en eso estamos). Hoy, cuando no se habla de lo que cuesta vivir en este momento aparece una nueva crisis: la de la sexualidad.

En los últimos años, la idea de una “recesión sexual” empezó a circular con fuerza en el vocabulario colectivo. Si bien en Argentina no existen estudios estadísticos de largo plazo que permitan medir con precisión una baja sostenida en la frecuencia sexual, lo que sí existe es una acumulación de relatos, experiencias clínicas, investigaciones cualitativas y testimonios que apuntan a una transformación profunda de la vida sexoafectiva, especialmente entre los jóvenes.

La Argentina, con sus matices, no es la excepción sino más bien la regla de un fenómeno que parece extenderse. Según datos de la encuesta realizada por el Instituto de Estudios Familiares de Estados Unidos, el 24% de los adultos entre 18 y 29 años no tuvieron relaciones sexuales en el último año. De la misma manera, en poco más de tres décadas, la actividad sexual semanal pasó de ser una práctica mayoritaria a volverse cada vez más excepcional: del 55% en 1990 al 37% en 2024. Estudios de otros países indican resultados similares. En particular parecen los varones jóvenes los que más han bajado en la cantidad de encuentros sexuales.

En Argentina hay menos estudios y no todos permiten apreciar tendencias, uno de los que está disponible es Los jóvenes se alejan del desenfreno”, del Centro de Investigaciones Sociales de UADE, en donde se evidencia que la sexualidad de los jóvenes ha experimentado cambios notables en los últimos años, influida tanto por factores sociales como tecnológicos. El uso de internet y las redes sociales ocupan un lugar central: las plataformas de citas en línea y aplicaciones se consolidaron como vía frecuente de interacción sexoafectiva. Al mismo tiempo, aparece una creciente preferencia por experiencias de «sexualidad digital» (chats, sexting, etc.), priorizando lo virtual por sobre el encuentro cara a cara. O cuerpo a cuerpo.

Menos sábanas, más scroll

“La primera aclaración necesaria es que no tenemos datos duros locales para hablar de una baja cuantificable del deseo o de la frecuencia sexual”, explica la periodista e investigadora María Florencia Alcaraz. A diferencia de otros países donde existen relevamientos sostenidos en el tiempo, en Argentina el diagnóstico se construye a partir de aproximaciones parciales. Aún así, señala que en su trabajo de investigación -basado en entrevistas a mujeres y hombres, en su mayoría heterosexuales, profesionales de la salud mental e investigadores- aparecen patrones claves: un corrimiento del deseo hacia territorios digitales y una reconfiguración de los vínculos atravesada por la hiperconectividad y la multiplicidad de pantallas.

Las plataformas aumentan las promesas, la economía real impide las condiciones para vincularse -porque no hay tiempo, no hay plata, no hay energía disponible que nos quede después de una jornada laboral de 8 horas, (o, parece, próximamente 12.)- y juntas producen una intimidad que está mucho más disponible en las pantallas que en la vida material.

El deseo, en este sentido, no se habría apagado, sino desplazado. Con la oferta sexual en el bolsillo y al alcance de nuestras manos, nuestra forma de vincularnos se modifica. Las aplicaciones de citas, las redes sociales y el consumo digital generan una dinámica en donde el contacto existe pero muchas veces el encuentro no se concreta. “Hay una crisis del match: las personas pasan mucho tiempo en el celular y quienes buscan pareja, un encuentro sexual o un vínculo romántico, quizás hacen match pero después el encuentro no sucede y la charla queda ahí. No se concreta más allá del celular, más allá de la pantalla”, sostiene Alcaraz.

Este fenómeno no puede leerse de manera aislada. Alcaraz lo inscribe dentro de un contexto mucho más amplio de crisis múltiples: económica, política, ambiental y emocional. “¿Cómo no va a impactar todo eso en la sexualidad y en el deseo?”, se pregunta. “Todo eso hace que esté en crisis también la presencialidad. Sobre todo después de la pandemia se dio una reconfiguración de la presencialidad y una dificultad para el encuentro presencial y físico”.

El crecimiento de formas de intimidad mediadas -desde el consumo de pornografía hasta plataformas como OnlyFans– da cuenta de un modo de vinculación que reduce la incertidumbre que provoca el encuentro con un otro real. Se trata de una sexualidad sin negociación, sin fricción y principalmente sin riesgo, pero también sin reciprocidad.

“La intimidad implica sostener el propio cuerpo frente al cuerpo del otro, sin filtros ni posibilidad de edición”, explica la psicóloga Cintia Soledad González (MP 26085). En una cultura atravesada por la imagen, la comparación constante y la lógica de la exhibición, ese gesto se vuelve fuente de ansiedad: “No se trata tanto del miedo al acto sexual en sí, sino al temor de no estar a la altura de un ideal corporal o performático que circula de manera constante en redes y en la pornografía. La comparación entre los jóvenes es permanente y el encuentro se vive, muchas veces, como una escena donde hay que rendir”, agrega.

La dinámica de las redes sociales, su algoritmo, el sistema de recompensa a través del like y la respuesta inmediata del otro complejizan aún más la cuestión. De nuevo, el deseo está, pero necesitamos satisfacerlo ahora, no días de charla después. “Vivimos en una cultura que entrena para la satisfacción inmediata: estímulo, respuesta, recompensa. El encuentro con un otro real, en cambio, implica espera, negociación, incertidumbre. No ofrece gratificación instantánea”, sostiene González. La sexualidad digital, entonces, aparece no sólo más accesible, sino también mucho menos riesgosa e inmediata. ¿Para qué necesito exponerme a una situación de ansiedad y exposición con el otro si de todas maneras puedo suplir mi deseo ya y no correr ningún tipo de riesgo ni inseguridad? Esa es la pregunta que justifica, en cierta parte, la recesión sexual.

Según el psicoanálisis, el deseo se construye en la falta y en la espera. Cuando la oferta parece infinita, constante y la satisfacción está a un click de distancia, se reduce la tolerancia a la frustración y a la incertidumbre que implica el encuentro con un otro real. En este sentido, la terapeuta sostiene: “No se trata de demonizar la tecnología, sino de advertir que modifica las condiciones simbólicas en las que el deseo se constituye”.

¿Nos pasamos tres pueblos?

Damián, quien prefiere no decir su apellido, tiene 24 años, estudia en la UTN, es heterosexual y desde hace tres años decide voluntariamente no mantener relaciones sexuales. “No solamente es muy caro sino que también te expones demasiado a todas las cosas que puedan salir mal y a que, al día después de la cita, suban un TikTok denigrándote de todas las maneras posibles”, cuenta. Según el Estudio de UADE, el 71% de los varones encuestados considera necesario tener dinero para salir con alguien. Luego agrega: “No fue una decisión al principio completamente consciente, sino que se fue dando con el tiempo. La verdad tampoco es algo que vaya contando a todo el mundo, pero no veo la necesidad de que suceda el encuentro. Solo estoy bien”.

Cuando se comienza a indagar sobre las posibles razones que se encuentran detrás de esta creciente crisis de la sexualidad no sólo se encuentran las plataformas y las redes sociales como uno de los puntapiés principales, sino también el temor de los varones heterosexuales a una ola de feminismo “cada vez más cruel”. Mientras que en las conversaciones de mujeres jóvenes circula la idea de que “la vara está muy baja”, por el contrario, en las charlas entre varones aparece la sensación opuesta: la vara es inalcanzable. No sólo en términos económicos, sino también en relación a expectativas afectivas, corporales, estereotípicas y de desempeño sexual. Según un estudio realizado en Reino Unido, el 48% de los varones encuestados se siente incapaz de cumplir con las expectativas de las mujeres reales. De la misma manera, el 33% de los jóvenes interactuó con una pareja virtual.

El refuerzo de estereotipos, la homogeneización de la belleza, las expectativas irreales puestas sobre las personas, los vínculos y la sexualidad no son nuevos, pero se exacerban en este contexto hipermediático. Otro síntoma de época: todo debe ser publicado. Salí a una cita, hago un TikTok. Se expone, se analiza y se viraliza. El encuentro íntimo deja de ser un espacio privado para convertirse en un posible contenido. El miedo no es únicamente al rechazo, sino a la ridiculización y al archivo. Muchas masculinidades jóvenes se repliegan, no necesariamente por rechazo al feminismo, sino por falta de herramientas para habitar un nuevo mapa vincular en donde las reglas cambiaron.

A ese repliegue también se le suma una cuestión estructural: la economía. Para muchas masculinidades, el deseo no se juega sólo en el cuerpo o en el afecto, sino en la posibilidad de “estar a la altura”. El varón proveedor, exitoso, estable, sigue funcionando como un modelo incluso cuando ya no es posible sostenerlo en un contexto de precarización constante. Es un miedo al derrumbe de una identidad que se construyó históricamente sobre la promesa de la seguridad material.

En ese sentido, Lucía Báez Romano, directora de las diplomaturas en Sexología y Terapia Sexual en FMED, recupera desde su experiencia en consultorio los efectos que tuvo la crisis del 2001 sobre las masculinidades, y explica cómo el derrumbe económico impacta directamente en la sexualidad de los varones. “La crisis económica tiene que ver con el estrés. Más que nada el varón, el jefe de familia, el que traía plata a su casa, dejó de hacerlo porque se queda sin trabajo o porque la empresa quiebra. En el Hospital de Clínicas se vio que el varón colapsaba sexualmente al año del corralito y venían a la consulta diciendo que tenían disfunción eréctil. Cuando los interrogaba, resultaba que habían cambiado profundamente su estado económico”.

Pero algo más les está pasando a los varones porque, en este creciente terreno de soledad y vínculos cada vez más frágiles, la polarización también es política. Según el último informe realizado por la Comisión de la OMS sobre Conexión Social, entre 2014 y 2023 una de cada seis personas en el mundo se sintió sola, con tasas especialmente altas en varones jóvenes adultos: el 17,5% de quienes tienen entre 18 y 29 años. La soledad persistente, advierte el informe, no es sólo una experiencia individual que deteriora la salud mental y física, sino que debilita el tejido social y erosiona la confianza colectiva, creando un terreno fértil para discursos que prometen pertenencia y reconocimiento.

Detrás del repliegue sexual se juegan búsquedas distintas, proyectos de vida entre varones y mujeres que ya no dialogan y, en muchos casos, valores que entran en tensión. Las brechas de género que hoy se expresan en el plano electoral funcionan como un indicador de ese desencuentro. Esta crisis no ocurre en el vacío: se da en un contexto de avance de discursos de extrema derecha que interpelan, sobre todo, a esos varones jóvenes, precarizados, aislados y sin horizonte colectivo.

Más que una ausencia de deseo, lo que atraviesa esta época es una transformación profunda de sus condiciones de posibilidad. En una sociedad hipermediatizada, la digitalización de los vínculos desplazó gran parte de la intimidad sexual hacia las pantallas, multiplicando la posibilidad de contacto entre los jóvenes pero debilitando la presencialidad y la materialidad efectiva de esos vínculos. La crisis económica reduce el tiempo y la energía para poder relacionarnos y golpea especialmente a las masculinidades que, hoy más que nunca, se encuentran atravesadas por modelos de éxito y estabilidad difíciles de sostener, en un clima de desencuentro político que también reordena el mapa vincular. El deseo sigue ahí, pero encuentra menos tiempo, más expectativas y menos margen de error.