Con el argumento de proteger al medioambiente, nació Cheaf, una aplicación para que empresarios y comerciantes de alimentos vendan a menor precio la mercadería que está a punto de vencer o con fallas en el packaging. Esos productos antes se regalaban a los comedores populares.
Hace ya casi un año empezó a funcionar en el país la aplicación Cheaf, una start up de origen mexicano que le permite a los comercios vender productos próximos a vencer o con imperfecciones estéticas a través de paquetes sorpresa. Los consumidores pueden elegir el comercio y la categoría de comestibles, lo pagan por la aplicación y lo retiran en el local.
Desde Cheaf, se adjudican la misión de disminuir las consecuencias negativas en el medio ambiente generadas a partir del desperdicio de alimentos. Su página web reproduce la cantidad de toneladas de alimentos “salvados” a partir de su utilización, y el impacto de ese número en las toneladas de “gases de efecto invernadero evitados”; mientras que en su app refuerza este mensaje con estadísticas de comida descartada por día.
La empresa vende el rescate de alimentos como una práctica de cuidado medioambiental donde todas las partes involucradas ganan: los usuarios pueden acceder a descuentos de entre el 50% y 60% respecto el valor original del producto, y los comercios pueden monetizar productos que, sin la intermediación de la app, no representarían ganancia alguna.
Cheaf trabaja mayoritariamente con panaderías, cafeterías y con algunas sucursales de supermercados de la cadenas de Cencosud, como Jumbo, Disco y Vea. En menor medida, participan dietéticas y excepcionalmente algún local gastronómico. Los supermercados son los que más variedad de categorías presentan, ya que permiten elegir entre lácteos, productos naturales y vegetales, panificados y pastas.
Hausbrot fue la primera empresa que se sumó Cheaf luego de la cadena Cencosud. Isabel de Elizalde, representante de la marca, explica: “Nosotros donamos a hogares y distintos centros, también los empleados se llevan un montón de mercadería y reciclamos algunas cosas, por ejemplo, haciendo pan rallado y croutones. Sin embargo, con la situación del país se hizo complicado sostener tanta cantidad de donaciones y cuando leímos sobre Cheaf nos pusimos en contacto con ellos”. Actualmente, cuentan con 31 franquicias y, por el tipo de productos que comercializan, la aplicación les resulta de mucha utilidad. “Como es todo fresco, lo que hoy no vendemos, para mañana no se puede utilizar. Los productos que tienen un poco más de vida útil los incorporamos únicamente cuando están cerca del vencimiento”, afirma De Elizalde. El excedente no es un problema nuevo, pero la aplicación habilitó una nueva forma de gestionarlo.
Desde 2015 existe en Argentina el Programa Nacional de Reducción de Pérdidas y Desperdicios de Alimentos (PNRPDA). En 2018 se constituyó como plan nacional a través de la Ley 27.454 y hoy depende de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca, dentro del Ministerio de Economía. Se creó con el objetivo de concientizar y aportar soluciones a la problemática mundial de pérdida y desperdicio de alimentos, por ejemplo, a partir del fomento de convenios. Así, trabajan en conjunto con gobiernos locales, universidades, empresas, organizaciones sociales, ya sean públicas o privadas, nacionales o internacionales. “Nosotros como política pública acompañamos, pero también producimos informes y tenemos metas orientadas a que se comparta información sobre el tema”, explican desde el equipo del PNRPDA.
Según los datos compartidos por trabajadores del PNRPDA, un 12% de los alimentos que se producen en Argentina no se terminan utilizando. Sin embargo, hay una distinción entre la pérdida y el desperdicio. La primera refiere a los alimentos que se descartan al inicio de la fase de la cadena, e involucran la producción primaria, la cosecha, el almacenamiento, la industrialización, la distribución y el comercio mayorista; el segundo es el que resulta del comercio minorista, como supermercados, las verdulerías, o panaderías, además del que se origina en los hogares.
Cheaf es uno de los más de cien miembros de la Red Nacional. Desde el PNRPDA comentan que la aplicación “ingresó como una tecnología para la reducción del desperdicio. Es un espacio más para que la gente se involucre con el tema. De alguna manera se integra el interés por ahorrar con el conocimiento de que si ese alimento termina en la basura se terminan perdiendo un montón de recursos personales, económicos y ambientales”. Sin embargo, destacan: “Lo más importante es que estas aplicaciones aportan soluciones a un grupo de empresas que están comprometidas y que quieren trabajar en disminuir el desperdicio en su sector”.
Marino Steiner, dueño del almacén natural Oliva Don Mateo, forma parte de esta dinámica. El comerciante comenta: “Los que vendemos productos alimenticios permanentemente, por más control de stock que hagamos, siempre tenemos productos que se nos caen del mapa. A veces porque los pronósticos de ventas no se cumplen, otras porque cambian las preferencias de los consumidores, o también porque el mínimo de compra de los proveedores es muy elevados”, algo que complica sobre todo a los pequeños comerciantes. Sea como sea, “usar esta aplicación por lo menos permite recuperar algo de lo invertido”, resume.
Luis Ernesto Blacha, sociólogo especializado en alimentos y desigualdad social, cuestiona la construcción del problema que esta app intenta resolver. En primer lugar, porque apunta a la clase media y no incluye a los que se encuentran por debajo de ella, sino que “le hace creer que es parte de la solución a alguien que ya estaba incluido en esa dinámica, y que ahora puede comprar más barato”. Esto se refleja de alguna manera en la distribución de locales disponibles: si bien Cheaf funciona en tres provincias, los negocios se concentran en zonas urbanas y apuntan a segmentos que utilicen con frecuencia aplicaciones, tengan acceso a internet y capacidad de consumo.
En segundo lugar, y en consonancia con los informes del PNRPDA, Blacha remarca que la aplicación se enfoca en reducir el desperdicio en la instancia de consumo cuando en realidad en los países del sur global se pierde mucho más en la cosecha o antes de la cosecha. De alguna manera, parecería importarse un problema que en realidad es más propio de los “países desarrollados”. El sociólogo advierte: “A mí me hace un poco de ruido traer el modelo europeo. Allá funciona, sí, pero tienen otros problemas que no son los nuestros”.
La socióloga María Victoria Sordini, por su parte, también relativiza la “solución” que apps como Cheaf dicen traer. “La pregunta es por qué el que no pierde nunca es el mercado. Porque esos restos son un síntoma de un modelo productivo no sustentable, donde hay más producción que consumo. O sea que el problema está en el modo de producción de la industria alimentaria, pero la solución está puesta en dinamizar y fortalecer el consumo. Y por más que la app sea mediadora no es inocente: está generando una necesidad”, plantea.
Blacha profundiza la reflexión en torno al modelo productivo: “Otra cuestión es producir menos, pero eso no está en el set de respuestas que tendría este tipo de productor. Diversificar el target, producir a demanda, cuando realmente se necesita, también son formas de reducir la pérdida. Ahora hay un nuevo nicho de mercado, donde lo que se iba a tirar se puede vender. Nunca tuviste en la caja de herramientas la posibilidad de vender menos, o vender más barato. Sí, ante la pérdida esto parece lo mejor, pero si construís el problema de otra manera tendrías también una estrategia inclusiva para luchar contra la pérdida y el desperdicio”.
Sordini caracteriza la aplicación como una forma de expresión propia de la “sociedad 4.0” donde la comida “trasciende lo alimentario y genera una concepción de producto comestible”, y desliga al alimento de la nutrición y de la salud, para asociarlo al azar y los productos que ofrece la bolsa sorpresa. “¿Cuál es el cuidado medioambiental y de la salud si estás malnutriendo los cuerpos?”, se pregunta Sordini. En Cheaf no solo los usuarios no saben si les va a gustar y servir lo que “toca” en el paquete, sino que también pueden venir o no, por ejemplo, productos con octógonos de advertencia. Sin embargo, el factor consumo puede más, y se suma a ese “imperativo de época que viene de la mano de la individuación y de aprovechar lo que te toca a vos y no a otro”, como explica la socióloga.
En el discurso de sustentabilidad impulsado por la plataforma, Sordini identifica una lógica individualista, que desplaza la responsabilidad del cuidado ambiental a los consumidores, quienes deben colaborar reclamando esos alimentos que de lo contrario se desperdiciarían. En esa misma línea, Steiner percibe como incentivo, tanto para los comerciantes como para los consumidores, la dimensión económica: “Para nosotros es un perjuicio económico tirar productos, más allá de una cuestión ambiental. Creo que la gente también usa la app más por la cuestión del ahorro. Lo ambiental suena bien y está bueno como conducta de vida, pero a la gente realmente la mueve la plata, no la mueve que se tire una galletita y se desperdicie”.
“Todos estamos de acuerdo con no perder alimentos, pero ahora los comedores populares tienen que competir con esta app… es un poco raro”, objeta Blacha.
En aplicaciones de este tipo, que parecen poner la problemática medioambiental como prioridad, esa preocupación es desplazada en la visión de los clientes por la cuestión del ahorro. Blancha, en esa línea, dice que “quien construye el problema es quien se beneficia de la solución”. Para el sociólogo, ese discurso ambientalista combinado con esta lógica comercial del ahorro, tiene como contracara el hecho de que, en otro momento, sin apps del estilo de Cheaf como opción, el destino de esos alimentos podría haber sido la donación.
Así, Blacha concluye: “Todos estamos de acuerdo con no perder alimentos, pero esa construcción beneficia a unos, es casi indiferente a otros, y a quienes debería beneficiar no figuran en la ecuación. Era mejor cuando no estaba esto y los podían donar, había potenciales chances de que eso llegara a un comedor, ahora ya no. Hacen que los comedores tengan que competir con esta app… es un poco raro”.