Por Camila Dahuach y Tomás Beltrame
Fotografía: ARCHIVO TELAM

Por lo menos 218 conscriptos desaparecieron mientras realizaban el servicio milita obligatorio durante la última dictadura. El hecho de haber estado dentro de los cuarteles, les quitó la visibilidad necesaria. Hoy empiezan a declarar aquellos comlibas que fueron testigos de los hechos.

Durante décadas, los conscriptos desaparecidos, secuestrados y torturados en la dictadura quedaron fuera del relato oficial: ni héroes ni víctimas. Un puñado de ex colimbas, familiares, abogados y periodistas empuja una reconstrucción tardía, apoyada en testimonios que todavía cargan con miedo, culpa y silencio.

La voz de quienes nunca tuvieron voz

Para el abogado especialista en derechos humanos, Pablo Llonto, la historia de los colimbas desaparecidos es, justamente, la de quienes nunca tuvieron voz. Los primeros relatos llegaron de manera fragmentaria a través de las familias, que se animaban a denunciar que su hijo había desaparecido mientras estaba bajo bandera, aun cuando los partes militares hablaban de “deserción”. Durante años no hubo un espacio específico para estos casos dentro de los organismos ni en los medios; las familias quedaron solas frente a la versión oficial y a la sospecha social. Recién con la reapertura de los juicios de lesa humanidad y la aparición de medios comunitarios y espacios impulsados por exconscriptos (entre ellos el programa radial La Voz de los colimbas, definido por Llonto como “la voz de los sin voz”), esos jóvenes comenzaron a ser nombrados en público como lo que eran: víctimas del terrorismo de Estado.

Una lista de 218

La historia de los colimbas desaparecidos empezó a reconstruirse mucho antes de que los medios masivos la miraran. Ricardo Righi, quien es un exconscripto que conduce el programa de radio La Voz de los colimbas, recuerda que el punto de partida fue la investigación de un capitán del Ejército, José Luis D´Andrea Mohr, quien rastreó 129 conscriptos secuestrados y desaparecidos y los reunió en el libro El escuadrón perdido. “El libro prácticamente no trascendió, al gran público no llegó”, subraya el ex colimba.

Años después, ese primer trabajo fue retomado por exconscriptos como Righi, que empezaron a organizarse para revisar legajos, recopilar datos aportados por las familias y cruzar esa información con expedientes judiciales y archivos de organismos de derechos humanos. De ese trabajo colectivo surgió una lista de 218 conscriptos secuestrados o desaparecidos mientras cumplían el servicio militar, elaborada “en forma artesanal”, sin acceso directo a los archivos militares. Muchos de esos nombres se conocieron por primera vez en tribunales, en charlas públicas y en programas de radio conducidos por excolimbas, y a partir de allí comenzaron a ser incorporados a las causas y a los registros oficiales como víctimas del terrorismo de Estado. “Seguramente los casos son muchos más que 218, porque nosotros no tenemos los archivos de las Fuerzas Armadas”, advirtió Righi.

Del cuartel a la palabra

Righi remarca que hasta la suspensión de la conscripción en 1994 murieron alrededor de 2.000 jóvenes dentro de los cuarteles, en tiempos de dictadura y de democracia, “por accidentes, negligencias, abusos”, además de quienes quedaron con secuelas físicas y psicológicas. Sin embargo, durante décadas la sociedad idealizó la colimba como escuela de disciplina: “Acá haría falta la colimba, porque los pibes ahí van a aprender respeto”, repite como frase que todavía escucha.

Para él, incluso quienes “sólo vieron” escenas de la represión dictatorial sin ser torturados “también son víctimas”, porque cargan toda la vida con esas imágenes. Una de las historias que lo marcaron es la de Horacio Verstraeten, excolimba que vio secuestros y durante años no se animó a contarlo ni siquiera en su casa. Antes de ir al programa La Voz de los colimbas, le avisó a su familia: “Pongan la radio hoy… van a escuchar cosas que yo nunca les dije”.

Algo similar ocurrió con Aníbal Gómez, otro conscripto que vio gente secuestrada en Formosa y recién muchos años después se decidió a testimoniar. “Han sido contados con los dedos de una sola mano los casos en los cuales aquel que vio cosas… se las haya contado a su familia”, subraya Righi. Esa mochila de décadas sin hablar es parte de la violencia.

¿Parte del “aparato”?

La invisibilización tuvo también un sesgo político: durante años, buena parte del movimiento de derechos humanos vio a los conscriptos como una pieza más del aparato militar. Righi recuerda que, antes de tener el programa, se acercó a pedir apoyo a un símbolo de la lucha, Hebe de Bonafini. “¿Colimbas? No, no, no, yo no tengo nada que ver con eso, conmigo no cuentes”, le respondió sin dejarlo explicar. Esa desconfianza fue generalizada: “A los colimbas de la época de la dictadura se los tomaba como parte del aparato represor”, resume.

Con el tiempo, y a partir de juicios, escraches y trabajos de medios comunitarios como La Retaguardia, esa mirada empezó a cambiar. Hoy muchos exconscriptos se nombran a sí mismos como colimbas y no como soldados.

Malvinas

El presidente del CECIM de La Plata, Hugo Robert, vincula esa invisibilidad con lo que pasó en Malvinas. De la clase 62 (los conscriptos enviados a la guerra) no hubo desapariciones forzadas, pero sí torturas sistemáticas. “Nosotros lo hablamos casi al regreso de la guerra, nunca lo ocultamos”, afirma. La forma de tormento más recurrente fue el estaqueo, “como la crucifixión en el piso”, además de lo que los mandos llamaban “calabozos de campaña” y que Robert define sin rodeos: “Tortura, lisa y llanamente tortura”.

Los excombatientes del CECIM se reconocieron desde el inicio como una organización de derechos humanos, aun cuando otros organismos los miraban “con extrañeza y algo como de rechazo”. Robert subraya que las torturas de Malvinas constituyen un caso casi único de soldados torturados por sus propios oficiales, y no por un enemigo extranjero. Esa paradoja se relaciona con el lugar incómodo que ocupan los colimbas en el imaginario social: fueron a la vez parte de una maquinaria y blanco de sus abusos.

Secuestrados, torturados, sobrevivientes

Jorge Felguer hizo la colimba en 1976, fue secuestrado y torturado, y sobrevivió. Cuenta que, a las dos de la mañana de un día de septiembre lo sacaron de la cuadra, lo esposaron y lo metieron primero en un calabozo y luego en una ambulancia de manera clandestina. Ya de noche, al cruzarse con un patrullero, lo bajaron, lo vendaron “con cintas de tela adhesiva” y lo ataron “como una especie de matambre” antes de tirarlo al baúl de un Falcon rumbo a Concepción del Uruguay, donde lo sometieron a distintas clases de torturas durante días. Mientras lo mantenían oculto dentro del propio regimiento, su familia golpeaba puertas. Un cuñado “exteniente” logró que donde lo tenían secuestrado admitieran: “Sí, lo tenemos nosotros acá, pero no lo van a poder ver”, lo que forzó a “blanquear” su cautiverio sin permitir visitas. Recién entonces lo afeitaron, lo mostraron “a la luz del día” y lo trasladaron a Concordia.

Tardó décadas en poder nombrar lo que le pasó. Durante años, incluso en terapia, el tema aparecía apenas mencionado y enseguida derivaba hacia otro lado. Décadas después, al volver a Gualeguaychú luego de vivir en Buenos Aires, Felguer describe el costo íntimo de aquella oscuridad: sintió “un shock cultural tremendo” y la dificultad de reunirse con su propia identidad. En el pueblo ya no existía el apodo con el que lo habían conocido antes del secuestro (Yoyo, “El Ruso”). Desde su dolor y su bronca sostiene que “la basura más grande que ha habido en la historia del país son estos tipos”, en referencia a los mandos militares.

Un exconscripto, cuya identidad reservamos, explica la dimensión política de romper el silencio: “Creo que sería importantísimo el testimonio de cientos de miles de excolimbas. Pero debería haber habido una acción mucho más fuerte estatal… una ley, mucha más difusión y tal vez obligatoriedad de testimoniar, así como era obligatoria la conscripción”, plantea. También reclama que se cite a todos los oficiales y suboficiales a declarar, no solo a los conscriptos.

Los que se animan a hablar

Muchos de los conscriptos fueron testigos directos de crímenes. José Luis Aguas, por ejemplo, vio cómo asesinaban a una chica y secuestraban a un chico, dos adolescentes que repartían volantes. Durante años cargó con esa escena en silencio, hasta que se animó a declarar y su testimonio ayudó a reconstruir circuitos represivos y responsabilidades.

En otros casos, el silencio se sostuvo incluso frente a las familias. En uno de los juicios por delitos de lesa humanidad, un excolimba declaró que había visto el secuestro de su compañero dentro de una unidad militar. “En aquel momento, la madre del desaparecido lo fue a buscar al cuartel y le preguntó si sabía algo. Él le mintió y le dijo que no sabía nada. Décadas después, ´obligado´ por la citación judicial, decidió decir la verdad, aportando un dato que la familia recibió cincuenta años más tarde” comenta Fernando Tebele, periodista y uno de los fundadores de La Retaguardia.

Esa distancia entre el hecho y la palabra es parte de lo que está en juego cuando se habla de memoria. No se trata solo de condenar a los genocidas, sino también de aliviar esa culpa arrastrada en silencio por exconscriptos que, siendo casi adolescentes, vieron cómo el Estado desaparecía a sus compañeros.

Una búsqueda que no se enfría

Muchos de los familiares de exconscriptos comenzaron a acercarse a organismos de derechos humanos, a fiscalías federales y a algunos medios en busca de respuestas. En ese recorrido también encontraron espacios impulsados por excolimbas, donde pudieron contar por primera vez que su hijo había sido dado por “desertor” mientras estaba de servicio. Entre esas madres está Marcela Brizuela de Ledo, mamá de Alberto Agapito Ledo, conscripto y estudiante de Historia en la Universidad de Tucumán. Incorporado al Batallón de Ingenieros de Construcción 141 a principios de 1976, fue enviado a Monteros, Tucumán, en el marco del Operativo Independencia.

Durante meses, Ledo escribió cartas a su familia: decía que estaba bien, que se cuidaran, que pronto iba a jurar la bandera. La última noticia llegó poco antes de su cumpleaños. Cuando Marcela viajó a visitarlo, le informaron que una noche el capitán lo había sacado a una supuesta recorrida de rutina y había vuelto solo. Desde entonces empezó una búsqueda que incluyó hábeas corpus rechazados, viajes a Buenos Aires para tocar la puerta de todos los organismos de derechos humanos y, ya en democracia, la creación de una filial de Madres en La Rioja.

Juicios, radio y streaming: el rol de La Retaguardia

El trabajo sobre la memoria de los colimbas no se entiende sin la trama de medios comunitarios que decidieron cubrir los juicios por delitos de lesa humanidad desde abajo. Fernando Tebele recuerda que La Retaguardia nació en 2003, cuando todavía regían las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y no había juicios: “Lo que cubríamos eran los escraches que buscaban avisarles a los vecinos y las vecinas que estaba viviendo un genocida cerca suyo”, cuenta. Con la derogación de esas leyes y la reapertura de causas, La Retaguardia empezó a transmitir audiencias completas, a poner micrófono a sobrevivientes y familiares y a construir archivos sonoros y escritos de los juicios. En esa tarea se fue encontrando con la lista de colimbas desaparecidos que elaboran exconscriptos, con otras iniciativas que le dan voz al tema, con la intervención de abogados como Llonto y con las Madres y familiares que sostienen la búsqueda: una red que, en conjunto, visibiliza a los conscriptos como víctimas y testigos.

“Es un trabajo inmenso que está llevando años”, admite Tebele cuando habla de la búsqueda de excolimbas que puedan aportar datos en causas como la de la Comisaría 5ª de La Plata, donde declararon colimbas sobrevivientes. Parte de ese trabajo es convencer a quienes creen que lo que vieron “son boludeces” de que su testimonio importa, de que no les trae perjuicios y puede cambiar la historia de una causa.

Los colimbas en la agenda de la memoria

Las banderas que guían la militancia de los excolimbas son memoria, verdad y justicia, buscando difundir qué fue realmente el servicio militar obligatorio, más allá de la nostalgia edulcorada. Hoy se sabe que el camino está lejos de terminar: no hay aún un reconocimiento masivo a los conscriptos desaparecidos, no existió una política estatal contundente para convocar a todos los excolimbas a declarar, y el listado de 218 casos es apenas una base, construida “en forma artesanal”.

Del lado de los excombatientes, Hugo Robert recuerda que durante años las denuncias de torturas en Malvinas circularon en los márgenes, sin que la Justicia, ni gran parte del periodismo, “tomara cartas en el asunto”. Del lado de los sobrevivientes como Felguer, el costo íntimo de hablar se mide en décadas de terapia, retornos difíciles a los pueblos de origen y bronca hacia una institución que convirtió la adolescencia en un campo de experimentación de violencia.

Los relatos de madres como Marcela Brizuela de Ledo, de testigos como José Luis Aguas o el excolimba que se animó a decirle por fin la verdad a la madre de su compañero, muestran que la construcción de memoria sobre los colimbas no puede quedar solo en manos de abogados y periodistas, por más comprometidos que estén. Necesita la voz temblorosa de quienes vieron, la paciencia de las familias, la persistencia de los medios comunitarios. Que hoy hable un excolimba, que una madre vuelva a nombrar a su hijo, que un libro como El escuadrón perdido circule en los juicios, es parte de la misma tarea: hacer que el “Nunca más” alcance también a ellos.

Tal vez por eso resuena con tanta fuerza la frase de Llonto en una charla organizada por La Voz de los colimbas y transmitida por La Retaguardia: “Nuestra última esperanza son los exsoldados. Consigan un colimba para declarar”. Porque en esos testimonios que llegan tarde, que se arrastran desde 1976 hasta hoy, se decide no solo el futuro de las causas judiciales, sino también el modo en que la sociedad argentina va a recordar (o a seguir olvidando) a los colimbas desaparecidos.

Del taller de Puerta 4 a "desertor"

El último rastro de José Manuel Varela aparece cuando sus superiores lo envían a un taller mecánico cerca de la Puerta 4 de Campo de Mayo (RN8). Desde el 21 de julio de 1976 “no estaba” en el cuartel, y poco después quedó declarado “desertor”, con un expediente malicioso que buscaba desalentar la búsqueda. Siguieron hábeas corpus en serie, todos rechazados.

Días más tarde, llegó una llamada anónima: un hombre aseguró haber estado secuestrado con José, dijo vivir en Villa Insuperable y prometió volver a comunicarse; nunca lo hizo. ¿Quién era “Manolo/Chicho”? 1,87 m, ojos castaños, piel mate, delgado, con “muy buen concepto” en la unidad.

Su militancia había empezado en el ENET 28 (Cuba y Blanco Encalada); era pareja de María Inés Monzani, cuya hermana y cuñado (Carlos Andisco) también fueron víctimas, un mapa afectivo que conecta barrios y circuitos represivos. En ese rompecabezas, la familia reconstruyó microindicios (fechas, trayectos, voces sin nombre) contra un sello que aún hoy pelea memoria contra “deserción”.