A 10 años del primer Ni Una Menos, pasaron de ser doce a tan solo cinco, siguiendo el clima de época. ¿Cuánto tiene que ver el cierre de Télam con la merma en la cifra de femicidios?
Las estadísticas oficiales detectan que hay menos femicidios, pero lo que hay es menos cobertura periodística sobre los femicidios, según La Casa del Encuentro. Foto: Asamblea preparatoria del 8M de 2024.
Era habitual en la prensa gráfica del siglo pasado que los asesinos acabaran siendo excusados mediante el lenguaje que se utilizaba, absolviéndolos de culpa por estar bajo la influencia de alguna emoción incontrolable. En 1955, por ejemplo, Clarín tituló “El homicida es un pasional” para dar a conocer la noticia de la identificación del cuerpo de Alcira Metyher. Alcira había sido asesinada dos semanas antes por Eduardo Jorge Burgos, su jefe, quien estaba “enamorado” de ella. El “arrebato de pasión por un amor no correspondido” lo llevó a nada más ni nada menos que a asesinarla, cortar su cuerpo y esparcir sus restos a lo largo del sur de la capital para evitar ser descubierto, bautizándose así como “el descuartizador de Barracas”.
Invocar en la cobertura de un crimen tan atroz, la pasión, el amor o la rabia, deja entrever cierta lógica tendenciosa y siniestra detrás, que pinta al femicida como una víctima de las emociones producto de su turbulenta relación con la mujer asesinada.
El culebrón y la tragedia
En 1988, Alicia Muñiz fue asesinada de un golpe de puño en el cráneo, para luego ser arrojada por el balcón de su cuarto de hotel por su pareja, el boxeador Carlos Monzón. Algunos de los titulares libres de culpables que Clarín le dedicó a la historia fueron: “Tras una riña con Monzón, murió su mujer” y “La mujer de Monzón habría caído desde el balcón ya inconsciente”.
En la cobertura que hicieron los diarios, hay numerosos elementos que aparecen para explicar la tendencia violenta de Monzón en un tono justificatorio, como una estrategia para ablandar el juicio moral del lector. Sin embargo, el enfoque de Página/12, que dio lugar a menos grises, se destacó por levantar la declaración más cruda de Monzón como titular: “Les pegué a todas y nunca pasó nada”.
Desde Clarín y Crónica, por otro lado, se compartieron entrevistas a sus amigos íntimos que recalcaron su dura historia de vida, hasta testimonios irrelevantes pero que reconstruyeron un “lado humano” del femicida; como el de un taxista que llevó a Alicia y a Monzón al hotel donde ocurrió el hecho, que contó que la pareja se veía muy enamorada (respaldando la visión del asesinato como una explosión violenta repentina) y que el boxeador le pagó 25 pesos en vez de 23 por el viaje; o el de un niño vecino que le contó a Crónica que Monzón solía jugar al fútbol con él, y que de hecho era muy bueno.
Algo similar ocurrió con el relato de la masacre llevada a cabo por Ricardo Barreda, en 1992. Un hombre supuestamente sometido por sus dos hijas, su mujer y su suegra, a las que asesinó. “La historia de un dentista retraído que se convirtió en Terminator” fue uno de los titulares en las páginas de Clarín. Crónica, por su parte, lo describió como la víctima de un “matrimonio que hacía mucho tiempo estaba deshecho”. A su vez, destacó que “las hijas y la abuela estaban alineadas junto a la esposa y madre”, por lo que el odontólogo era entonces “un hombre vencido por ese infierno”. Crónica incluso le cedió el espacio al “Club de amigos para salvar a Barreda”, un grupo que reunía a “todos los que lo querían”.
Marcha en Plaza Flores por el triple femicidio de Lorena, Brenda y Lara en septiembre de 2025.
Cambio de época
Laura Loncopán Berti, periodista y editora de género desde 2019 del Diario Río Negro, sostiene, en relación a que la mayoría de los femicidios se ubicaban en la sección de policiales, que “el tratamiento era el de los periodistas varones, quienes se encargaban de escribir y de narrar en términos audiovisuales los crímenes, las lesiones y cómo se había perpetrado el ataque, entonces eran ellos los que después traducían los asesinatos de las mujeres como crímenes pasionales”.
“Lo que vienen a plantear los feminismos, sobre todo las periodistas feministas, es que los femicidios no pueden seguir siendo contados de esta manera porque es un fenómeno mucho más complejo, que expone la subordinación que tienen las mujeres respecto de los varones y cómo ellos ejercen ese control sobre sus cuerpos y sus vidas. En todo caso, el ataque es la forma más extrema de cómo se ejerce esa violencia”, concluye.
Las organizaciones feministas y las periodistas en particular, jugaron un rol determinante en este sentido para producir un cambio de manera progresiva a partir de los años 2000. En ese mismo año “las redes de periodistas en Argentina, como la Red PAR (Periodistas de Argentina en Red por una comunicación no sexista), la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género y otras organizaciones informales, empezaron a activar para que se empiece a hablar de femicidio”, declara Silvina Molina, una de las autoras del Decálogo para el tratamiento periodístico de la violencia contra las mujeres y exeditora de género de la agencia de noticias Télam desde 2013.
El surgimiento de la Asociación Civil La Casa del Encuentro en el año 2003 también fue un punto de inflexión ya que, ante la ausencia de estadísticas oficiales sobre femicidios, produjo en 2008 el primer Informe de Femicidios en Argentina y un año más tarde, con el objetivo de ampliar y profundizar los monitoreos, se conformó el Observatorio de Femicidios en Argentina “Adriana Marisel Zambrano” –que lleva el nombre de una de las víctimas asesinadas durante 2008 en Jujuy– y que continúa relevando estadísticas hasta la actualidad.
Molina recuerda que incluso antes de que comenzara a trabajar en Télam “la sección policiales ya identificaba las noticias con el término ‘femicidio’” y sostiene que parte de ese reconocimiento, fue el que llevó a que en 2012 se sancionara la Ley 26.791 –comúnmente denominada Ley de Femicidio–.
Por su parte Mariana Iglesias, periodista de Clarín desde 1996 y primera editora de género del país, acuerda que a partir del cambio de siglo comenzó un contexto de mayor apertura que impulsó la utilización de este término político para referirse a los crímenes. Sin embargo, “los medios seguían hablando de crimen pasional y celos. El asesinato de Chiara Páez que llamó a la marcha de Ni Una Menos, ese fue realmente el quiebre total. Fue un quiebre por la cantidad de gente que había en esa plaza diciendo ‘basta’”.
El miércoles 3 de junio del 2015 marcó un antes y un después en Argentina. Los gritos que exigían “Paren de matarnos” y “Vivas nos queremos” lograron instalarse con fuerza en la agenda pública, expandiendo el reclamo para frenar la violencia de género a todos los rincones de la sociedad. Aquella primera marcha, convocada por redes sociales bajo la consigna “#NiUnaMenos” e impulsada territorialmente por la militancia feminista, provocó un profundo cambio político y cultural en el país y en el mundo, consolidando el uso social del concepto de “femicidio”.
En relación al oficio del periodismo, Loncopán Berti remarca que a partir de 2015 “la discusión sobre la violencia de género empezó a abrir otras compuertas que habilitaron un montón de debates”, entre ellos la transversalización de la mirada de género a todos los temas de la agenda periodística.
En ese sentido, otra gran herencia del movimiento de mujeres en el que coinciden todas las entrevistadas es en la aparición de la figura de la editora de género en los medios de comunicación. Iglesias recuerda que a fines de 2018 pidió tener el cargo que hasta ese momento en Argentina y en la región no existía, y justamente el 3 de junio de 2019 se lo dieron. Molina también agrega “llegamos a ser 12 a finales de 2021. A partir de eso el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) nos invitó a conformarnos como red de editoras de género, precisamente por la potencia que tenía nuestro reclamo”. Actualmente quedan sólo cinco
La marcha de Ni una menos de 2025 se unificó con otros reclamos sociales urgentes.
¿Cuál es el foco?
En los últimos meses, en vistas del triple femicidio de Morena Verri, Brenda del Castillo y Lara Morena Gutiérrez en Florencio Varela, afloraron en los medios de comunicación y en las redes sociales discusiones sobre el uso del término para referirse a este tipo de delito.
Inicialmente, en los principales canales televisivos de noticias, así como en los diarios del país, se refirieron al triple femicidio –catalogado de esta forma debido a la resolución de la fiscalía de La Matanza– como triple “crimen”. Término que fue discutido en redes sociales por invisibilizar el agravante de género y, contrariamente, militado por aquellos simpatizantes del gobierno.
Todo esto fue acompañado de un tono acusatorio sobre las víctimas, así como de imágenes y comentarios con detalles amarillistas sobre el hecho, con descripciones de cada método de tortura a las que fueron sometidas e indagaciones sobre la vida que llevaban. Datos como que ejercían la prostitución y especulaciones sobre si eran o no “viudas negras”, transformaron a las imágenes de las víctimas, dando lugar a debates que desdibujaron la vara de la inocencia y junto a ella el retrato de tres jóvenes (entre ellas una niña) en situaciones de vulnerabilidad extrema.
Este tipo de descaracterización de las víctimas como tales o de sus entornos, en contextos de narcocriminalidad o vinculados con el crimen organizado, no es nuevo.
En agosto de 2011 Candela Rodríguez de once años, fue secuestrada a pocas cuadras de su casa en Hurlingham, y nueve días después fue encontrada asesinada. El caso ganó altísimos niveles de repercusión en todo el país, generando una ola de empatía y conmoción que alcanzó a la familia durante la desesperada búsqueda, pero se desvaneció rápidamente una vez encontrado el cuerpo.
Fue cuando la lupa comenzó a apuntar a la familia, particularmente a Carola Labrador, madre de Candela, quien, sin pruebas hasta el momento, fue acusada por la prensa y la opinión pública de tener conocimiento y hasta de orquestar el femicidio de su hija. Las notas sobre el tema, entonces, comenzaron a virar hacia los supuestos “Vínculos políticos de los Rodríguez-Labrador”, volanta que acompañó la nota escrita en Clarín por Nicolás Wiñazki el 4 de septiembre titulada: “La mamá fue fiscal del PJ opositor y el abuelo fue 12 años concejal”.
Organizaciones sociales como La Casa del Encuentro, han advertido públicamente el daño que causa la ausencia de Télam. «Se detectan menos femicidios, pero eso no refleja la realidad. Lo que hay es menos cobertura periodística sobre los femicidios porque la agencia tenía corresponsales en todo el país”, dice Molina.
Los discursos oficiales
En enero de este año, en el Foro de Davos, el presidente Javier Milei declaró: “Si uno mata a la mujer se llama femicidio, y eso conlleva una pena más grave que si uno mata a un hombre solo por el sexo de la víctima. Legalizando, de hecho, que la vida de una mujer vale más que la de un hombre”. Esto dio lugar a que el ministro de Justicia de la Nación, Mariano Cúneo Libarona, afirmara en su cuenta de Twitter que está en los planes de su administración eliminar la figura del femicidio del Código Penal.
Según distintas fuentes, entre las que se encuentran el Observatorio Ahora Que Sí Nos Ven, entre enero y octubre de 2025 se registraron 200 femicidios, uno cada 36 horas. En octubre, Patricia Bullrich, Ministra de Seguridad de la Nación, aseguró en una entrevista que las cifras de femicidios bajaron durante la gestión de Javier Milei, al mismo tiempo que responsabilizó a las feministas por el incremento de los mismos delitos. La funcionaria dijo: “Si lo que vos hacés es generar una idea de que estás empoderada y sos capaz de pisotear a cualquiera, sea hombre, tu padre o tu madre; si a alguien lo pisoteás, finalmente lo que termina pasando es que te viene en contra”.
La mención de una baja en la cantidad de femicidios en 2024 –que fue de 295 contra 322 durante el primer año de gobierno de Milei–, es atribuido por Molina, en parte, al cierre de Télam. “Como había un consenso de que estábamos siendo observados por los observatorios de femicidios de las distintas ONGs, se cubrían absolutamente todos los femicidios de todo el país. Como la agencia de noticias tenía corresponsales en todas las provincias argentinas, se sabía que un femicidio era noticia”. Recientemente organizaciones sociales como La Casa del Encuentro, han advertido públicamente el daño que causa la ausencia de este medio, “porque detectan que hay menos femicidios, pero eso no es la realidad. Lo que hay es menos cobertura periodística sobre los femicidios”.
En este contexto social y político, la periodista Marina Abiuso afirma que las audiencias “ya no tienen tanto interés” y que los diarios hacen lo posible para “agradar a la coyuntura y al gobierno en algunos casos”, por lo que el registro y cobertura de femicidios ha bajado significativamente. “Son la norma los casos de violencia de género, entonces el caso tiene que tener una característica particular para destacar, para ser noticia. Y las características particulares son de la lógica del mercado de los medios, no de la lógica de la información”.
Igualmente, no duda en afirmar que no se puede volver al punto anterior, no hay un retroceso que vuelva a los discursos sobre “los celos o el crimen pasional”. “Hay como un sedimento que está quedando, que permanece. El otro día se lo leía a Tamara Tenenbaum, dice que si la ola feminista es una ola, cuando la marea se retira algo queda”.
Al movimiento feminista, que logró perdurar con visibilidad en las calles y en agenda luego del primer Ni Una Menos y las movilizaciones en torno a la sanción del Aborto Legal, Seguro y Gratuito, se le pueden atribuir otras conquistas que marcan algo de este rastro, tales como la creación del Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina (RNFJA) en 2015 o la sanción de la Ley Micaela (N° 27.499) en 2018, que establece la capacitación obligatoria en género y violencia de género para todos los funcionarios públicos.
Si bien el gobierno actual niega la desigualdad y avala la creciente hostilidad, es innegable que, como sostienen Molina y Loncopán Berti, la existencia de la violencia de género y los femicidios cuentan con un fuerte consenso social y legitimidades mucho más amplias que la de los activismos, que no van a permitir que los intentos de derogación se concreten. Incluso la mayor parte de la comunidad jurídica, arriesga Loncopán Berti, está completamente de acuerdo con los términos, “algunos más, otros menos pero la perspectiva de género sigue siendo un estándar de derechos humanos”.