Con el crecimiento de las derechas nivel nacional e internacional, la relación de las juventudes con la política volvió a ocupar un lugar central en el debate público. Una investigación del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género y la Universidad de San Martín recupera la experiencia de mujeres jóvenes que siguen militando.
Lejos de los diagnósticos que reducen la relación entre juventudes y política a la apatía o el desinterés, la investigación titulada ”Seguir militando: juventudes, feminismos y política en tiempos adversos”, realizada por el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA) junto al Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismos de la Universidad Nacional de San Martín (LEDA–UNSAM), muestra que la política no desaparece, sino que se transforma. A partir de entrevistas en profundidad a 15 mujeres jóvenes de entre 17 y 27 años, militantes de distintos espacios partidarios, territoriales, sindicales, estudiantiles, culturales y activismos digitales, el estudio indaga cómo se sostiene la participación política en un escenario que se presenta tan adverso, entre la precarización de la vida, la sobreexposición digital, la fragmentación de los espacios colectivos y el desencanto frente a las instituciones democráticas y la representación tradicional.
En diálogo con ANCCOM, Flavia Gemignani, directora de Comunicación de ELA, explica que como organización de la sociedad civil feminista y apartidaria, su objetivo es promover el ejercicio de los derechos de niñas, adolescentes y mujeres en toda su diversidad y la igualdad de género en la región. Para ello, la organización produce evidencia empírica, impulsa reformas normativas y políticas públicas y busca incidir en las decisiones que impactan en la vida cotidiana. En este mismo marco, se inscribe la articulación con LEDA–UNSAM, que surge a partir de intereses compartidos en torno a la democracia, la participación política y los desafíos que estos procesos enfrentan en la actualidad.
“Lo que se buscaba indagar, y que entendíamos que no estaba suficientemente explicado –señala Gemignani–, era cuál es la visión, la experiencia y las prácticas políticas de este grupo específico”. En sus propias palabras, “uno de los hallazgos centrales es que, frente a los diagnósticos extendidos de apatía o desinterés juvenil, la política no desaparece, se reconfigura”. La pandemia del covid-19 aparece en los relatos como un punto de quiebre para las juventudes. Más que un episodio coyuntural, fue una experiencia que interrumpió proyectos, alteró las formas de vincularse y modificó los modos de participación. El aislamiento, la virtualización forzada de la vida cotidiana y la imposibilidad de sostener espacios colectivos presenciales profundizaron malestares que venían de antes. En las entrevistas realizadas por ELA y LEDA–UNSAM, ese período es recordado como un momento que dejó marcas persistentes, tanto en la subjetividad como en las formas de organización política de las jóvenes.
A esto se suma un escenario económico que ocupa un lugar central en las preocupaciones cotidianas. Cuando la urgencia por llegar a fin de mes no deja margen para pensar a largo plazo, se debilitan las expectativas de futuro colectivo y ganan terreno otras promesas. En ese contexto, las redes sociales refuerzan la idea de soluciones rápidas: desde la fantasía de convertirse en influencer, ganar dinero especulando, apostar online o emprender bajo la lógica del “sé tu propio jefe”. Lejos de la ilusión de ampliación de derechos que atravesó a generaciones anteriores, muchas jóvenes describen su presente en términos de ahogo económico.
Las jóvenes refieren una crisis de representación política atravesada por la precarización de la vida cotidiana y por la dificultad de los partidos, gobiernos e instituciones para garantizar derechos básicos y ofrecer horizontes. Emerge una mirada crítica hacia las lógicas tradicionales de la política partidaria, percibidas como estructuras adultocéntricas, poco permeables a las demandas juveniles, con escasa transparencia y desconectadas de las experiencias concretas de quienes intentan involucrarse.
Según Gemignani, la investigación “cobró aún más relevancia en un contexto en el que los feminismos han sido frecuentemente señalados como chivo expiatorio para explicar derrotas políticas, una lectura que no solo es injusta, sino que invisibiliza aportes fundamentales a la democracia y a la participación política”. Considera que “otro hallazgo clave es el rol del feminismo como experiencia formativa y política. No solo como demanda de derechos, sino como escuela de participación, de acción colectiva y de construcción de sentidos en un contexto marcado por discursos de odio y autoritarismo”.
Si bien esta generación se caracteriza por la ansiedad, la aceleración y la dificultad para proyectar a largo plazo, el feminismo se presenta como un espacio capaz de canalizar esos malestares y propone procesos colectivos que, sin prometer soluciones rápidas, ofrece pertenencia, horizonte y aprendizaje político. La militancia, en estos casos, aparece como un cauce posible para ordenar deseos dispersos, dotarlos de dirección y convertir la incertidumbre en motor de cambio.
Para las jóvenes entrevistadas, haber transitado las movilizaciones por la legalización del aborto significó no solo una instancia de participación, sino la vivencia concreta de lo que implica hacer política colectivamente. En los relatos aparece con fuerza la idea de “perder el miedo”, como el resultado de haberse reconocido parte de una comunidad que ocupa el espacio público, se vuelve visible y se sabe acompañada. Estar rodeadas de otras, no temerle a nadie, animarse a hablar y a exigir derechos son marcas de un proceso que deja huellas.
Mientras muchas de las entrevistadas creen haber encontrado en el feminismo un espacio de pertenencia, contención y acción colectiva, perciben que una parte significativa de los varones de su generación quedó al margen de esos procesos. Según sus relatos, ellos no solo no se sintieron interpelados por las demandas feministas, sino que experimentaron una pérdida de privilegios, reconocimiento o lugar simbólico, lo que derivó en enojo, aislamiento y resentimiento.
En este punto, la investigación identifica lo que denomina una “politización asimétrica”: Desde la mirada de las jóvenes entrevistadas, el feminismo “les habló personalmente”. Sin embargo, en contraste, muchos varones aparecen descriptos como sujetos sin un espacio equivalente de elaboración política, más expuestos a la fragmentación y, en algunos casos, disponibles para discursos autoritarios que canalizan el malestar desde la bronca individual.
Mientras las mujeres jóvenes describen trayectorias atravesadas por el aprendizaje colectivo, el cuidado y la organización, los varones aparecen más frecuentemente asociados a recorridos solitarios, atravesados por la sensación de desplazamiento y pérdida. La investigación sugiere que esta asimetría no es un dato menor para comprender el presente político, sino una clave para pensar los modos en que se producen hoy las adhesiones, los rechazos y las disputas en torno a la democracia.
Gemignani destaca que “la investigación habilita una mirada que se aleja tanto del optimismo ingenuo como del pesimismo paralizante. Lo que emerge es una militancia lúcida, crítica y no idealizada, que reconoce los límites del presente, pero no renuncia a la acción colectiva. Esa mirada recupera el valor de lo pequeño, de lo situado y de lo comunitario como formas concretas de resistencia democrática.” Y concluye: “Escuchar las voces de las jóvenes militantes se vuelve también una forma de defender la democracia”, no desde consignas vacías sino desde las prácticas que la mantienen viva. Porque si incluso en el malestar persiste el deseo de construir en común, entonces hay futuro, ya no uno que se promete desde arriba, sino que se teje, con paciencia y convicción, desde abajo.