Valentino Solda entró al mundo del juego online a los 16 años pensando en que era un atractivo más para ver partidos con su familia y amigos. Sin embargo, a partir de entonces inició un camino que lo llevó a quedar atrapado en una telaraña de deudas, mentiras y mucho sufrimiento. Hoy, a los 21, cuenta su historia y comparte su mensaje de superación.
Valentino Solda tiene apenas 21 años y toda una vida por delante. Sin embargo, a tan temprana edad ya tiene una historia para contar. Una historia que habla de la lucha que encara cada persona en su vida cotidiana, de los cantos de sirena que tientan a los más jóvenes, de la importancia de la salud mental, de estar bien rodeado y, fundamentalmente de la resiliencia. Él, como tantos otros chicos y chicas de la Argentina y el mundo, quedó enredado en la telaraña del juego online y las apuestas deportivas. Un mundo que de entrada puede parecer divertido, pero que sin los controles necesarios esconde todos los problemas que representan cualquier adicción.
A 500 días de la última vez que hizo una apuesta, este joven oriundo de la zona norte de la provincia de Buenos Aires y que actualmente está radicado en San Juan sigue en su largo proceso de recuperación. Sin embargo, ante tantos casos de jóvenes que caen en las redes del juego, decidió dar un paso adelante y contar lo que le pasó.
“Mi primer acercamiento a las apuestas fue en 2020, en la pandemia. Yo tenía 16 años y estaba pasando el rato y viendo un partido de básquet con mi primo más grande. En vez de verlo así porque sí, armamos un plan: juntarnos a comer, ver el partido y apostar. Fue una mala idea”, reflexiona Solda, en diálogo con ANCCOM.
“Lo que me atrajo fue la idea de poder ganar plata. En ese momento, siendo más chico, lo veía como un medio más rápido que el resto de las cosas. Era una mezcla entre lo que me generaba estar ahí jugando y el fin de ganar”, detalla.
Las apuestas deportivas online aterrizaron en Argentina entre finales de 2020 y principios de 2021. En ese momento, el país salía de a poco de la larga cuarentena por la pandemia de coronavirus y el fútbol volvía a las canchas. El gobernador bonaerense Axel Kicillof, entonces, retomó una licitación que había impulsado su antecesora, la macrista María Eugenia Vidal, y le adjudicó el negocio a siete licenciatarios antes de que terminara el año en que el aislamiento preventivo fue moneda corriente. Por su parte, el entonces jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, hizo lo propio casi al unísono. De esta forma, siguieron los pasos de otras provincias como Chaco, Corrientes, Entre Ríos, La Pampa, Mendoza, Misiones, Neuquén, Río Negro, Santa Cruz, Santa Fe, San Luis y Tucumán, que ya habían habilitado este negocio.
A partir de entonces, las publicidades de casas de apuesta proliferaron de manera paulatina hasta llegar al estado actual en el que coparon el ambiente: desde anuncios en colectivos y subtes hasta carteles en los estadios, comerciales en la televisión, el naming del propio torneo de primera división e, incluso, ocupar un lugar en la camiseta de cuatro de los cinco clubes más grandes del país.
“Esto es la adicción del siglo XXI”
Si bien su llegada a las apuestas deportivas no estuvo relacionada al bombardeo publicitario actual, Solda reconoce que a partir de la aprobación del juego online por parte de las autoridades la cuestión se volvió mucho más masiva. “Esto es, como se dice, ‘la adicción del siglo XXI’. Es algo muy nuevo y no hay tanta experiencia para tratarlo”, reconoce el joven.
“El juego empezó a hacerse muy conocido en 2021, pero en 2022 explotó. Todos los adolescentes lo usaban como una forma de diversión, pero en realidad no tiene nada de divertido. Y después, entre 2022 y 2024 empezó a bajar mucho la edad de inicio: se empezó a jugar cada vez más joven. Hoy hay chicos de 13 o 14 años con el celular apostando. Es una locura.”, asegura.
Ese período coincidió con la coronación de la Selección Argentina en el Mundial de Qatar, un hecho que no solo le puso fin a una sequía de 36 años sin levantar la Copa del Mundo, sino que también significó una explosión de alegría para un país acostumbrado a las malas noticias. No obstante, para Solda aquellas jornadas fueron la profundización de una adicción silenciosa.
“Con el diario del lunes, hoy me doy cuenta que en 2022 yo estaba todo el día apostando, en todos los partidos del Mundial”, reconoce.
“Eso te genera una especie de separación de los sentimientos, el disfrute empieza a tener otro olor. Lo que para el resto es disfrute, para vos se deforma un poco. Es como si se te distorsionara la realidad en la que estás viviendo”, agrega.
“A mí me tuvieron que ayudar”
Solda es un joven que desde temprana edad estuvo ligado al deporte. Además de jugar al rugby en Olivos Rugby Club, se define a sí mismo como alguien “muy fanático” del deporte y, fundamentalmente, de Boca Juniors, club al que -según sus palabras- lleva con orgullo.
“Eso también me afectó, porque me gusta mucho el deporte. Entonces era muy difícil salir de ese ambiente”, asegura.
En tu caso particular, ¿cuándo te diste cuenta de que ya no lo podías controlar, de que se te estaba yendo de las manos? ¿Hubo un clic?
A mí me tuvieron que ayudar. Siempre lo digo cuando hablo con chicos que me escriben: es muy difícil que uno reconozca solo que está metido hasta el cuello en esto. Es difícil medir hasta dónde llegaste. En mi caso tuvieron que ser otros. El primer llamado de atención fue en 2023, cuando mis viejos me dijeron que yo había sacado plata de mi mamá y yo me negaba a aceptarlo. Ese fue un golpe fuerte. Pero ya para fines de 2022, en el Mundial, yo estaba muy complicado, solo que no era consciente.
¿Hay alguna escena que se te haya quedado grabada? Un partido, una mentira para zafar, algo que te haya marcado.
La verdad es que era un problema diario. Por ejemplo, en la previa de salir con mis amigos, capaz me encerraba para ver un partido. Decía que iba al baño y me quedaba cinco minutos mirando el celular. O en el club de rugby: yo agarraba el celular del bolso en medio del entrenamiento para ver cómo iban las apuestas. Las mentiras eran constantes. No es que hubo una sola gran mentira, sino muchas pequeñas, todo el tiempo.
¿Cómo impactó esta situación en otros ámbitos de tu vida, como el estudio o el trabajo?
En 2021 yo arranqué la facultad y todavía no apostaba cotidianamente. Ese año aprobé ocho materias, que era un buen número. En cambio, entre 2022 y mediados de 2025, cuando dejé la carrera, aprobé cinco o seis materias en total. En dos años y medio hice menos que en un año. En el trabajo también me complicó. Tuve la oportunidad de hacer una pasantía en Toyota, una empresa gigante acá en el país. Los resultados personales fueron buenos, pero el esfuerzo mental que tenía que poner para aprender convivía con la presión de las deudas, las mentiras, el estrés. Era muy desgastante en la vida cotidiana.
Desde tu experiencia, ¿qué tan importante es pedir ayuda y hablar con los seres queridos?
Para mí es lo más importante. Fue el diferencial en la última caída, lo que hizo que no volviera a apostar. Hay que hacerle saber a todos la realidad de lo que te está pasando para que estén al tanto. Eso, inconscientemente, te genera cierta voluntad extra, te empuja a seguir. Lo más feo es hacerse daño a uno mismo, pero cuando pensás también en el resto, cambia. Si yo digo “bueno, total me mando una cagada más, vuelvo a robar plata”, no solo me daño a mí: estoy defraudando a mi familia, a mis amigos, a todos los que creen que estoy bien. Una vez hablé con un chico que me contó lo que le pasaba. Había hablado conmigo, pero todavía no se lo había dicho a los padres. Me decía: “No puedo contarlo en mi familia, me da vergüenza quedar al desnudo”. Eso es lo que tenemos que cambiar como sociedad. No tiene que dar vergüenza mostrarse tal cual uno es, con sus aspectos buenos y sus debilidades. La pregunta es: ¿qué estamos haciendo mal como sociedad para que un chico no pueda reconocer sus debilidades sin sentirse menos? Reconocer que perdiste una batalla es muy difícil, porque todo el sistema —el marketing, los mensajes— te baja línea de que tenés que poder con todo. Pero si con 18 años no podés manejar una adicción, no es que sos débil o tenés pocas capacidades: simplemente tenés un problema que podés resolver si buscás ayuda.
¿Qué recordás del “día 1” y de esas primeras semanas después de dejar?
Fue durísimo. Es un momento en el que tenés que salir a comunicarle a la gente lo que está pasando. En lo personal, hablar con mis viejos, con mis tíos, con mis primos y decirles “estoy en esta situación”. Los primeros tres días fueron muy difíciles, muy angustiantes, pero a la vez son liberadores. Es como una especie de exorcismo: te sacás de adentro algo que te estaba haciendo mucho daño. Eso ayuda.
Después, lo más complicado fue desde las dos semanas hasta los dos meses. Ahí baja un poco la intensidad de las charlas, de contar lo que pasa, y se empieza a transitar el camino concreto que viene: ir a los bancos, unificar deudas, decirle a tu viejo “a vos te debo tanto, a vos tanto”, hacer números. Eso es un estrés enorme, sumado a la facultad, el trabajo, el club. Son muchas cosas a la vez para la cabeza de un chico. Y eso es importante marcarlo: tanto yo como muchos que pasamos por esto éramos, y somos, chicos. No estamos preparados para manejar estas situaciones; nos estamos curtiendo antes de tiempo. Después, cuando agarrás una dinámica, se vuelve un poco más automático, aunque nunca es fácil. En estos días cumplí 500 días sin apostar y es un hito muy lindo. Yo no estoy todos los días pensando “hoy llego a tantos días”, pero cada tanto me llega una notificación y digo “uh, es un buen número”. Al principio sí te fijás todo el tiempo cuántos días llevás, estás ansioso por que pasen. Después te relajás y solo los números muy importantes son los que te impactan.
¿Cómo surgió la idea de salir a hablar públicamente y contar tu caso? No es lo mismo tratar de estar bien uno que exponerse así.
Fue en una sesión con mi psicólogo. Yo iba a un profesional especializado, y siempre recomiendo eso: que, si alguien puede, busque un psicólogo que sepa del tema, porque el trabajo es muy distinto. En una charla le dije que siempre tuve facilidad para expresar lo que siento, para contar lo que me pasa. Él me dijo que daba charlas en colegios y que podía tenerme en cuenta, y yo le dije que sí. A partir de ahí empezó a aparecer la posibilidad de ayudar a otras personas. Yo siempre digo que no lo hago por mí. Obviamente, a mí me impacta de manera positiva ayudar a otros, porque me ordena y me mantiene en camino. Pero lo hago para que los demás puedan sentirse identificados, ver que hay una salida, o incluso para honrar a los que no están, a los que no llegaron. Creo que me animé sobre todo por eso: por la facilidad para expresarme y porque ya no me avergüenza reconocer un error y trabajar sobre él. Eso es lo que me permitió, de a poco, ir compartiendo mi experiencia.
Como hincha de Boca, ¿qué te pasa hoy cuando ves los partidos y el principal sponsor de la camiseta es una casa de apuestas?
Me genera dolor y angustia. Para mí ese es el lugar donde hay que empezar la lucha. El fútbol es un deporte que, nos guste o no, tiene una capacidad enorme de ayudar a la gente. Muchos chicos que no tienen otra forma de salir adelante encuentran en el fútbol un espacio para despejar la cabeza, tener una oportunidad o simplemente disfrutar con amigos. Entonces el mensaje debería ser unificado: los clubes de fútbol, Boca, River, la AFA, todos tienen mucho poder. Y ese poder se puede usar para mandar un mensaje de ayuda. Yo siempre pongo ejemplos concretos para que se entienda la dimensión: imagino una conferencia de prensa de “Chiqui” Tapia, Scaloni, Messi, De Paul y “Dibu” Martínez, todos juntos, dando un mensaje claro en contra de las apuestas. No es que todo se termina de un día para el otro, pero el impacto sería enorme. Esa gente tiene que ver la responsabilidad que tiene. Boca y River son clubes importantes a nivel mundial. Si ya de entrada vos tenés una casa de apuestas en el pecho, yo no entiendo cuál es el mensaje. ¿No hay otras alternativas de financiamiento? Estamos hablando de instituciones gigantes, internacionales. Me parece que ese ámbito, y todos los espacios de mayor impacto, deberían revisarse.
No sé si seguiste el debate, pero una de las voces en contra del proyecto que se discutió en el Senado fue la AFA, que dijo que, si se aprobaba, los clubes iban a quedar en riesgo. ¿Cómo lo ves?
Escuché declaraciones donde decían que es inversión privada y que gran parte de los ingresos del fútbol argentino viene de ahí, pero para mí es todo parte del mismo circo. No creo que no haya otra financiación disponible. El fútbol es un mundo muy lucrativo. No es que tenés solo una opción A; tenés opciones hasta la Z. Yo creo que de a poco se está generando impacto y que esto es un camino largo. Me encantaría que fuera de un día para el otro, pero sé que no: se recorre de a poco y, sobre todo, juntos como sociedad.
Si pudieras hablar con alguno de los ídolos que promocionaron casas de apuestas, ¿qué les dirías desde tu experiencia?
Primero les pediría que entiendan que ellos generan una cantidad inmensa de felicidad, orgullo y admiración. Hay gente que los ve en la calle y se pone a llorar, pibes que quieren ser como ellos. Son ídolos nacionales, no hay que mirar para otro lado. Así como generan todo eso, también tienen que entender que esa idolatría hace que las personas quieran imitar lo que hacen. Si te ven promocionando apuestas, inconscientemente quieren llegar a eso. Entonces, si están en un lugar desde el cual pueden ayudar, ¿por qué usan ese lugar para hacer daño o para empujar algo que ya es una enfermedad? No estamos hablando de algo “tranquilo”: es un problema pesado a nivel mundial. Hay estudios que muestran que una enorme mayoría de adolescentes apostó alguna vez. Yo vi trabajos de una fundación que hablaban de que el 80% de los chicos había apostado. A ellos les diría: ustedes están fomentando esto. Hay que hacerse cargo. Entiendo que les sirve económicamente, que les da un plus enorme, pero no es que lo necesitan para vivir. No andan contando monedas.
“Hace falta una autocrítica muy grande”
Uno de los ejes de la entrevista con Valentino Solda se focaliza en el fallido proyecto de ley para regular las apuestas deportivas. La iniciativa, que obtuvo media sanción en la Cámara de Diputados hace poco más de un año, naufragó en el Senado y nunca fue una prioridad. A tal punto, que perdió estado parlamentario. Es decir, para aprobar algo similar hay que empezar de cero.
“Si soy realista, creo que la política es gran parte del problema. No se hacen cargo como se deberían hacer, muchas veces por conveniencia. A la gran mayoría no le conviene tocar este tema de fondo”, admite el joven.
“Con este contexto, confío más en la responsabilidad ciudadana que en la del Estado, sobre todo en un Estado que se aleja de las personas. Me parece que va a ser difícil. Igual, siempre queda un grado de optimismo: el de luchar para ayudar aunque sea a una persona, a una familia. Desde ahí se empieza”, asegura.
Lo único que mantiene optimista a Solda es que la discusión ya está sobre la mesa y que la sociedad es la que va a empujar los cambios necesarios. “Si mirás tres años para atrás, cambió muchísimo. Y si mirás seis meses para atrás, también. Se va a seguir produciendo un cambio y la gente que tiene poder para hacerlo va a tener que asumir un rol más importante y hacerse cargo”, vaticina.
“Para mí, hoy, las apuestas son el problema. Legales, ilegales, online o no online. El hecho de apostar ya es algo super dañino. No me parece necesario, y es algo que se podría evitar. Las legales y las online también fomentan que los chicos tengan acceso”, remarca.
“Las ilegales yo las veo, por ejemplo, en San Juan: vas a una carrera de caballos y ves a nenes apostando dos mil pesos, que para ellos es todo, o el par de zapatillas. Juegan como si no hubiera mañana. Eso seguramente ni siquiera entra en las estadísticas”, insiste.
“El problema está en la publicidad y en que los menores puedan entrar a las plataformas legales. Hoy los controles los podés evitar con mucha facilidad. Esas son las dos cosas que habría que atacar primero. Después se verá el paso a paso”, sostiene.
“Hace falta una autocrítica muy grande. La gente tiene que empezar a ver de verdad que esto es un problema, no hay que mirar para otro lado. Y cuanto antes, mejor”, cierra.
Si hoy te escribe un chico de 16 años, la edad en la que empezaste vos, y te dice que está metido en este mundo, ¿qué le dirías?
Lo primero que le diría es que hable con sus padres, con sus amigos, con alguien cercano. Que lo comunique de forma urgente para que lo puedan ayudar, porque solo no va a poder. A los 16 años no estás preparado para transitar este mundo solo. Necesitás ayuda, y lo mejor es decirlo.
Lo segundo: que no se sienta el peor del mundo por lo que le pasa. Que tenga mucha fuerza, porque el camino es difícil. Meterse es fácil, salir es difícil. Eso es lo que hay que entender. Y no es algo que vayas a aprender a controlar, es algo que tenés que erradicar de tu vida.