Por Karina Baldonado
Fotografía: Vanina Alarcón / Archivo ANCCOM, y Captura de pantalla La Retaguardia

Dos exmiembros del Servicio Penitenciario Federal recibieron penas de 25 años de prisión por la Masacre del Pabellón Séptimo, ocurrida en la cárcel de Devoto en plena dictadura. La palabra de los sobrevivientes y de la abogada querellante.

Familiares y sobrevivientes en la primera audiencia del Juicio en octubre de 2024. 

El exdirector del penal de Devoto Juan Carlos Ruiz y el exjefe de la División Seguridad Interna del penal, Horacio Martín Galíndez, fueron condenados a 25 años de prisión por las torturas seguidas de muerte de 65 detenidos y los tormentos a 88 sobrevivientes. El tercer imputado, el celador Gregorio Zerda, fue absuelto.

Después de décadas de impunidad, el juicio oral y público por la Masacre del Pabellón Séptimo llegó a su fin en los tribunales de Comodoro Py, tras más de un año de audiencias y tras haber sido archivada la causa en distintos momentos, porque se intentó ocultar la matanza bajo la figura de un “motín”, encabezado por presos peligrosos.

La masacre ocurrió entre el 13 y el 14 de marzo de 1978. Además de los 65 asesinados, otros 88 detenidos sufrieron heridas de gravedad, quemaduras e inhalación de monóxido de carbono, en uno de los episodios más sangrientos de la última dictadura.

“Queremos hacer justicia por esas víctimas que murieron en silencio, sin poder defenderse, producto de las represalias violentas y salvajes ejercidas por las autoridades del Servicio Penitenciario de Devoto, en la que tanto la crueldad  como los asesinatos y desapariciones de personas estaban a la orden del día, como en toda la Argentina en esa época nefasta”, expresó la abogada querellante Claudia Cesaroni, en diálogo con ANCCOM, quien subrayó que se trató se llevar un poco de paz a sus familiares.

La noche previa a la masacre, un celador ordenó apagar el televisor en el Pabellón Séptimo, lo que generó una discusión con los internos. En la madrugada del día siguiente, una requisa violenta de los penitenciarios terminó en un incendio y una represión brutal. Los presos intentaron defenderse con barricadas de colchones y camas, para que los guardias no pudieran entrar al pabellón, pero éstos respondieron con gases lacrimógenos y disparos, que fueron los que iniciaron el fuego, sumado a que cerraron las puertas para que nadie pudiera salir.

“Gritos, corridas y compañeros prendidos fuego era lo que mis ojos veían –recordó Juan Olivero, sobreviviente de la masacre–. No se podía respirar, corríamos por todos lados, yo me caí, me pisaron, y como pude escapé, gracias a que el fuego aflojó, derritió las rejas, y llegué hasta otro piso, donde los guardias nos esperaban para molernos a palos, sin importarles que estábamos lastimados y llenos de ampollas. Si no fuera porque ‘los de blanco’, los médicos, nos socorrieron, nos hubiéramos muerto todos, por el humo tóxico que habíamos aspirado. Los guardias no permitieron el ingreso a los bomberos. Todo era un caos, descontrol y violencia desenfrenada de los guardiacárceles. Hasta hoy duele esta herida, que no solo está en mi mente, sino en mi interior, y que vivirá en mí hasta el día que me muera”.

En su veredicto, el Tribunal Oral Federal 5 de la ciudad de Buenos Aires, integrado por los jueces Nicolás Toselli, Adriana Palliotti y Daniel Obligado, consideró a los hechos como graves violaciones a los derechos humanos y condenó a dos exoficiales del Servicio Penitenciario Federal. Las penas otorgadas a Ruiz y Galíndez se ajustaron a las que había solicitado la querella, mientras que la absolución de Zerda, previsible por su menor rango, será apelada.

El silenciamiento de la masacre durante años, su minimización, le daba a la causa un valor especial. Según Cesaroni, el objetivo era que “el juicio tenga un valor simbólico, por la memoria y contra el olvido, y que se convirtiera en una causa de lesa humanidad”. En 2013, la justicia ordenó su reapertura y al año siguiente la Cámara Federal determinó que los hechos configuraban delitos de lesa humanidad, y así se reinició la investigación del caso y los sobrevivientes, que hasta entonces no habían sido escuchados, pudieron dar sus testimonios.

“Cuando miraba las rejas solo veía las botas de colores de los vigilantes que venían a torturarnos y pegarnos todo el tiempo, recibíamos muchas palizas, golpes, torturas, inclusive luego de la masacre seguimos siendo torturados”, rememoró Hugo Cardozo, otro de los sobrevivientes que prestó testimonio y que reclamaba justicia por él y por sus compañeros. La cárcel de Devoto alojaba, en aquel momento, a unos 161 internos, estaba superpoblada, allí también había presos políticos, en un espacio que disponía de 70 piezas. “Todos vivíamos bajo un clima de violencia extrema, desde que nos levantábamos hasta que nos íbamos a dormir”, agregó Cardozo, reviviendo la angustia que vivió.

Sobre la masacre se han publicado, al menos, tres libros: Crónica de muertes silenciadas (1988), del criminólogo Elías Neuman; Los derechos humanos en el “otro país” (1987), compilado por Daniel Barberis, y Masacre en el Pabellón Séptimo (2013), de la propia Claudia Cesaroni. Asimismo, el Indio Solari escribió dos canciones sobre la masacre, una, “Toxi-Taxi” (1991), en memoria de un amigo muerto, Luis María Canosa, cantante de la banda musical Dulcemembriyo, y otra, “Pabellón Séptimo” (2001), en honor a la memoria de todas las víctimas.

“Mientras no haya justicia, el fuego seguirá quemando”, afirmó Cesaroni. Los expenitenciarios siguieron la lectura del fallo vía zoom, Zerda festejó su absolución con una sonrisa, lo que provocó el abucheo de los familiares y sobrevivientes presentes en la sala. Hugo Cardozo, tras el veredicto, dijo con la voz quebrada: “Ahora mis compañeros pueden descansar en paz. Justicia y no olvido por todos ellos”. Cesaroni añadió: “Estamos contentos todo el equipo que llevó la causa, que estuvo archivada muchísimos años. Seguiremos trabajando para que sea reconocida como un delito de lesa humanidad y poder llevar a juicio a más culpables de la masacre”.