Por Julieta Valle
Fotografía: ARVHIVO Noelia Guevara y Daniela Moran

La baja tasa de vacunación en todas las edades, el desfinanciamiento a la salud pública y los discursos anticiencia avalados desde el poder impulsan la reaparición de enfermedades que estaban controladas. Los sectores vulnerados son los que están en mayores problemas.

“En cinco años de residencia vi dos o tres casos de tos convulsa, este año ya atendimos diez”, afirma la médica pediatra Paula Abeledo, residente de Infectología en el Hospital General de Niños Pedro de Elizalde de la Ciudad de Buenos Aires. En los hospitales pediátricos argentinos empieza a repetirse una escena que parecía parte del pasado: niños internados por sarampión o tos convulsa, enfermedades que habían sido controladas gracias a la vacunación.

El testimonio de Abeledo resume la situación de la baja vacunación y expone el lado más crudo de un fenómeno que también observa la especialista en clínica médica y en enfermedades infecciosas de la Universidad de Buenos Aires y expresidenta de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología (SAVE), Florencia Cahn.

La advertencia se sostiene en un principio clave de la salud pública: si bajan las coberturas de vacunación, aumenta el riesgo colectivo. “Patologías que ya estaban controladas, porque se veían muy poco, comienzan a volver. Porque vos tenés una población que está menos inmunizada y menos protegida, entonces es más susceptible a tener este tipo de enfermedades. Con lo cual, el panorama es preocupante”, sostiene Cahn en diálogo con ANCCOM

El problema atraviesa todas las edades, aunque sus efectos son más severos en los grupos vulnerables: “Hay una cobertura de vacunación baja en todas las etapas de la vida. Pero los niños o las personas inmunosuprimidas, es decir, que tienen las defensas bajas por algún motivo, son más susceptibles a tener la enfermedad de una forma más grave”, explica la especialista. 

Por su parte, Abeledo relata que los niños que llegan con sarampión al Elizalde rondan el año y “no lo hacen en buen estado, llegan con lesiones en la mucosa oral, deshidratados, con tanta lesión que no pueden ingerir líquido. Y por ese motivo se terminan internando, para manejar el dolor de las lesiones que tienen”. La pediatra se sorprende por esta situación porque quienes le enseñaron en la facultad y en los hospitales “siempre hablaban de los casos de sarampión de cuando ellos eran jóvenes, ya no había casos, ahora resurgieron”.

Respecto al alcance de la enfermedad viral, Cahn comenta que “recientemente se notificaron cuatro casos de sarampión en una familia que viajaba desde Bolivia hacia Uruguay, y en ese transcurso pasaron por un montón de ciudades de Argentina; incluso se movieron en transporte público. Son cuatro casos de personas que no estaban vacunadas”. 

La situación se vuelve más crítica en el caso de la tos convulsa. Abeledo cuenta que los bebés que atienden “tienen entre uno y dos meses de vida y se internan para aporte de oxígeno”, un cuadro que se repite con una creciente frecuencia.

Cahn, en tanto, aporta un dato contundente: “Tenemos siete muertes por tos convulsa en bebés chiquitos de madres no vacunadas durante el embarazo. La vacuna contra la tos convulsa se le da a las embarazadas después de la semana 20, y a las embarazadas les genera la respuesta inmune y les pasan los anticuerpos a su bebé. A través de eso, los bebés recién nacidos están protegidos”.

Sobre el rastreo de sus causas, Cahn sostiene que “este tipo de fenómenos nunca se explican de una sola manera”. Abeledo coincide y ambas identifican una serie de factores que no surgieron de un día para el otro, sino que son procesos que se vienen profundizando desde hace años, y cuyos efectos recién hoy se hacen visibles.

Por un lado, existen barreras concretas en el acceso a la vacunación para los sectores socioeconómicos más vulnerados. Según Cahn, “hay centros de salud y vacunatorios que funcionan solo de mañana y que no funcionan los fines de semana. Si uno tiene que elegir entre el presentismo y la vacunación de sus hijos, muchas veces la prioridad va a ser el presentismo, a pesar de que en la ley de vacunas estas cosas están contempladas”.

Abeledo agrega una descripción de los pacientes que llegan con estas enfermedades al Hospital Elizalde, en el barrio de Barracas: “La mayoría, alrededor del 80 por ciento, vienen de la provincia, sin obra social, viven en paradores o en casillas”.

Por otro lado, el fenómeno también se debe a la baja percepción del riesgo que hace que enfermedades antes temidas parezcan, erróneamente, pertenecientes al pasado. “Las vacunas son víctimas de su propio éxito, porque como gracias a las vacunas hay enfermedades que casi no se ven, disminuye la percepción del riesgo en la población. Y entonces, ‘¿para qué me voy a vacunar contra el sarampión si casi no hay casos de sarampión?’”, ejemplifica Cahn.

A esto se suma la validación de discursos anticiencia y la circulación de información confusa o falsa amplificada por las redes y por la falta de campañas oficiales sostenidas, una situación que preocupa a ambas profesionales. Frente a este escenario, Cahn advierte que “cuando esos discursos anticiencia vienen de lugares de mucho poder o de gente que tiene mucha llegada, invalidan la evidencia científica y otorgan libertad y empoderamiento para desinformar o diseminar noticias falsas hacia personas que no saben que se tienen que vacunar, o que incluso no reciben la recomendación por parte del profesional de la salud”.

“Las opiniones antivacunas en los medios tradicionales no ayudan -opina Abeledo-, cuando en realidad lo que se debería mostrar es cómo la vacunación previene este tipo de enfermedades”.

Cuando las redes sociales se convierten en el ecosistema perfecto para que la desinformación se multiplique es porque entra en juego el sesgo de confirmación. Es decir, los algoritmos priorizan aquello con lo que el usuario ya está de acuerdo y cualquier duda se convierte en certeza reforzada. En este caso, si una persona llega con temores o preconceptos sobre las vacunas, difícilmente encuentre información que los contradiga. 

Cahn ilustra el caso de esta manera: “Si tu médico, la persona en la que vos confiás, no te recomienda la vacunación o vos preguntás si te tenés que vacunar y te ponen una cierta cara de duda, no vas a estar convencido de vacunarte. Entonces, estas personas van a necesitar una escucha empática y una comunicación más dirigida y, en este sentido, los antivacunas por ahí no son tantos, pero sí son muy ruidosos. Si una persona ya previamente piensa algo en contra de las vacunas van a tender a encontrar estos discursos en las redes”.

Esta dinámica también potencia prácticas riesgosas como la automedicación. Abeledo observa ese impacto de primera mano. Señala que hoy se registra “mucha resistencia a los antibióticos”, y que parte de ese problema se origina en el uso indiscriminado que hacen las personas guiadas por recomendaciones que circulan en redes, sumado al mal uso dentro del sistema de salud. “Después esos antibióticos no los podés usar porque la bacteria ya no responde, y cada vez es peor. De hecho, hoy hay más tasa de resistencia a la azitromicina, que es una de las medicaciones que se da para la tos convulsa”, puntualiza.

La falta de regulación empeora todo el panorama. A Cahn le preocupa que “cualquiera puede decir lo que quiera y no hay una regulación. Si yo hablo en un programa de radio, en un programa de televisión, a mí me piden mi número de matrícula y todos pueden ver en los registros del Colegio de Médicos que yo tengo matrícula nacional, que soy médica y que estoy hablando desde ese lugar”.

La desinformación también se apoya en mitos que circulan hace años y que, en contextos de validación de estos discursos, vuelven a ganar fuerza. El más habitual es el temor a los componentes de las vacunas. Cahn lo desmiente porque el mercurio presente en algunas formulaciones “tiene una vida media más corta, no se acumula y no produce daño neuronal”, a diferencia del mercurio presente en amalgamas dentales o en pescados como el atún. Y destaca que el desarrollo de cualquier vacuna atraviesa controles extremadamente estrictos, “si una vacuna muestra una eficacia alta, pero no puede demostrar que es segura, no sigue con el curso de la investigación y ninguna autoridad regulatoria la aprueba”.

También persiste la idea de que es “mejor” la inmunidad natural. La especialista lo derriba con claridad: “para obtener esa inmunidad hay que cursar la enfermedad, con todos los riesgos que eso implica. Las vacunas, en cambio, emulan ese proceso de manera segura y sin exponer al organismo a complicaciones potencialmente graves”. Cahn relativiza otro mito, el de que “las farmacéuticas se benefician” para invalidar la eficacia de las vacunas. “Las vacunas no se fabrican solas”, dice, del mismo modo que tampoco el ibuprofeno “crece en campos de ibuprofeno”. La recomendación de vacunarse no responde a un laboratorio específico, sino a una estrategia sanitaria que, enfatiza, es “la que más vidas salvó en la historia de la humanidad después del agua potable”.

Para Cahn, el desfinanciamiento de la ciencia y la salud pública es un problema que ya muestra consecuencias visibles. “Apostar a la ciencia es lo más inteligente que puede hacer cualquier gobierno”, afirma. Argentina tiene una impronta histórica en investigación, pero hoy esa estructura está debilitada y empieza a expulsar investigadores. La falta de recursos también repercute en la formación de especialistas. “Hay áreas como pediatría o algunas especialidades clínicas donde cada vez hay menos residentes, porque los sueldos son muy bajos”, en referencia a la crisis que atraviesa el Hospital Garrahan. 

Abeledo observa los efectos de ese deterioro en el día a día. “A veces no hay ciertas vacunas en los distintos vacunatorios” y explica que, cuando el personal indica al paciente que vuelva la semana siguiente, “se pierde una oportunidad, porque el paciente fue a la consulta y no recibió la vacuna”. Además, señala que los faltantes no se limitan a las vacunas, sino que atraviesan el funcionamiento cotidiano de los hospitales. “Hay faltantes de insumos. A veces no hay PPD (Prueba de Derivado Proteico Purificado), para ver si se estuvo en contacto con la tuberculosis. A veces hay faltantes de medicación, de antibióticos”.

Cuando proliferan los mitos y la desinformación, entender cómo funcionan las vacunas no es solo un asunto técnico, sino social. “La inmunidad de rebaño es la protección indirecta que les brindan las personas vacunadas a aquellas que no pueden vacunarse porque no tienen edad todavía o porque tienen alguna contraindicación para la vacuna”, explica Cahn e insiste en que las vacunas también “tienen un aspecto solidario, porque protegen no solo a quien las recibe, sino también a quienes lo rodean”.

La decisión de vacunarse o no, o de no vacunar a los hijos, nunca debería ser puramente individual. Es una responsabilidad individual en favor de una solidaridad colectiva. Cahn lo grafica con un ejemplo simple: “Si hay algún chico que es inmunosuprimido y no se puede dar la vacuna porque la tiene contraindicada, pero en su salita del jardín todos los otros chicos están vacunados, sus maestros están vacunados, su familia está vacunada, todos sus vínculos están vacunados… indirectamente protegen a ese niño que no puede vacunarse. Si en el mismo ejemplo, uno es inmunosuprimido y en el aula hay 10 vacunados y 10 no vacunados, si ese chico se agarra sarampión o cualquier otra enfermedad, lo puede matar”.