Este martes se cumplen 40 años desde que Adolfo Pérez Esquivel recibió el Premio Nobel de la Paz por su activismo contra la última dictadura militar que lo había secuestrado e intentado asesinar. Ignorado el galardón por los medios de la época, llevó por el mundo la denuncia de las violaciones a los derechos humanos en toda América Latina. Hoy sigue militando por un mundo mejor.

 

Adolfo Pérez Esquivel nació en San Telmo y dedicó casi toda su vida a la defensa de los derechos humanos en toda América Latina. Luego de ser detenido por la última dictadura cívico-militar durante 14 meses, el 13 de octubre de 1980 recibió el Premio Nobel de la Paz en reconocimiento de su lucha por la no violencia, la denuncia de la violación a los derechos humanos producidas tras el golpe de Estado de 1976  y su rol en el Servicio Paz y Justicia. Hoy rememora su activismo y afirma que “el trabajo continúa”.

Usted fue detenido por la dictadura, ¿cómo fue su rol antes y durante el golpe de Estado en nuestro país?

El trabajo del Servicio Paz y Justicia es a nivel continental, no es solo en Argentina. Veníamos denunciando las violaciones de los derechos humanos, porque prácticamente, en la década del ‘70, todo el continente estaba bajo dictaduras militares, a través de la Doctrina de Seguridad Nacional impuesta por los Estados Unidos. Me detuvieron en Brasil y en Ecuador, junto a obispos latinoamericanos. Después fui expulsado de Chile, de Paraguay, de Uruguay. Entonces, me detienen cuando regreso (a la Argentina), después de un encuentro en Ecuador, donde fuimos detenidos con 17 obispos latinoamericanos y 4 norteamericanos. Primero estoy en la Superintendencia de Seguridad Federal; ahí tengo el 5 de mayo del año ‘77 el vuelo de la muerte. No me tiraron por las fuertes protestas internacionales. Y después, la prisión aquí en Argentina, las torturas en la Unidad 9, en La Plata. Dos días antes de la final del fútbol, me dan libertad vigilada. Cuando yo estaba preso, dos mujeres me propusieron como candidato al Premio Nobel. Ellas eran dos mujeres Premio Nobel de la Paz de Irlanda del Norte: Mairead Corrigan-Maguire y Betty Williams. Y en el año 80 me anunciaron que me habían otorgado el premio.

¿Cómo fue el camino a la vuelta de la democracia?

Y nosotros seguimos haciendo el mismo trabajo, con Premio Nobel o sin Premio Nobel, pero esto nos abrió las puertas a lugares que antes no teníamos. Pero a los dos días, el 15 de octubre, intentan asesinarme. Grupos armados, cuando llegamos a la sede del SERPAJ, avanzan con las armas, y por suerte se cruza un taxi atrás y entonces no pueden disparar. Pero sino, estábamos destinados a que nos maten. Iba manejando mi hijo, Leonardo. Y seguimos trabajando. Ahí se dio a conocer a nivel mundial lo que pasaba en Argentina. Fue un detonante: la dictadura tardó 36 horas en reaccionar, a pesar de que intentaron asesinarme, no pudieron. Y bueno, seguimos trabajando hasta el día de hoy, 40 años después. Se cumplen 40 años y junto con el SERPAJ hemos entregado a la Universidad de Buenos Aires nuestra antigua sede de la calle México y Bolívar, donde ahí ya está la obra hecha, pero hay que equiparla. Va a estar destinada a ser la casa de los premios Nobel latinoamericanos. Ahí va a ir el premio Nobel, todas las cosas, las condecoraciones. Porque si vos lees mi discurso, cuando asumo el Premio Nobel, lo primero que digo es que lo asumía en nombre de los pueblos de América Latina.

«Los poderes se están volviendo a imponer en el continente: el golpe de Estado en Honduras, en Paraguay, en Brasil, en Bolivia», advierte Pérez Esquivel.

Usted habló mucho de los pueblos latinoamericanos en su discurso de aceptación. ¿Qué ha cambiado desde los años ochenta hasta nuestros días? ¿Cómo ve la situación latinoamericana hoy?

 Las sociedades no son estáticas. Toda sociedad tiene una dinámica de transformación. Hoy no tenemos dictaduras militares, pero sí los poderes se están volviendo a imponer en el continente. Fijate el golpe de Estado en Honduras contra Manuel Zelaya, en Paraguay contra Fernando Lugo, en Brasil contra Dilma Rousseff para sacar del medio a Lula, en Bolivia contra Evo Morales. Entonces son dictaduras, algunas militares, y otras aplican el lawfare, la guerra judicial. Aquí quisieron aplicarle eso a Cristina Kirchner. Actualmente veo que los pueblos están un poco más preparados. De ahí que surgieron muchos movimientos de derechos humanos. No solo aquellos con los que comenzamos cuando todavía no había nada. En América Latina hay muchas organizaciones, pero también hay una derecha, la política neoliberal. Estados Unidos no quiere perder la hegemonía continental, cuando está perdiendo la hegemonía mundial frente a los avances de China, Rusia, de Europa. Entonces quiere mantener cerrado, como con las agresiones a Venezuela, el bloqueo a Cuba por más de 50 años. Tenemos democracias débiles, pero la democracia no se regala, hay que construirla. Esto es lo importante. Creo que hoy tenemos más experiencia en el trabajo y hemos extendido redes a nivel internacional de organizaciones de apoyo, de solidaridad, y se ha generado mucha más conciencia de la política de derechos humanos. Sin embargo hay muchas amenazas a las democracias en América Latina. Hay emergentes importantes en este momento: los pueblos originarios, que están recuperando su identidad, sus territorios. Esto es gracias a Evo Morales. Por él, Bolivia es un país plurinacional, cultural, lingüístico. La diversidad en la unidad. Sin embargo, la presión de EEUU —y Evo lo marca— logró su derrocamiento. El otro son los movimientos sociales, sindicatos, organizaciones, movimientos de derechos humanos, que también cumplen un rol social importante. Y el otro que es fundamental es el movimiento de mujeres. Todas las conquistas que tuvieron y tienen las mujeres son luchas de resistencia social, de pensamiento, de filosofía, del rol que las mujeres tienen en la sociedad. Son como los ríos subterráneos que en un momento salen a la superficie y después se van decantando en aquellas cosas que son importantes. Entonces, no hay que desesperar. Hay que encontrar nuevos caminos de convivencia para la humanidad. Hay que despertar la resistencia y la rebelión de los pueblos, la conciencia crítica. La dominación continúa y tenemos que enfrentarla de alguna forma. Y creo que la resistencia cultural es fundamental en esto.

 Hace unas semanas hubo una grave protesta policial en Argentina.  ¿Cuál es su visión  sobre ese conflicto?

 Yo no le llamo protesta, la llamo rebelión. Es una rebelión policial. Tiene antecedentes en el continente. Es un calco al intento de golpe de Estado con el pretexto de que querían mejores salarios en Ecuador, cuando la policía se levantó contra Rafael Correa. Eso no es un reclamo salarial, eso fue un intento de condicionamiento, una posible desestabilización institucional. Es muy grave. Hay que tener mucho cuidado con esto. Y a todo eso se suman las declaraciones de (el ex presidente Eduardo) Duhalde. Gente con experiencia política no puede actuar de esa forma.

¿Cómo ve la situación del país durante la pandemia?

Hay situaciones difíciles en el país, pero esta pandemia afecta a todo el mundo. Aquí  tomaron medidas de prevención sanitaria, y más o menos han logrado reducir muchísimo los efectos del coronavirus. Estados Unidos tiene 200 mil muertos y 40 millones de desocupados. Europa está en una situación sumamente grave con los muertos. Y son países que tienen otras condiciones económicas. Aquí tenemos que enfrentar algo heredado de Macri, la deuda externa que deja condicionado al país por cien años. Entonces, estos son los mecanismos. Se destruyeron muchísimo las conquistas que se habían logrado en el continente como la Unasur, la CELAC, el MERCOSUR. Todo esto Macri lo derribó. Esto tiene que ver con la política de Estados Unidos que no permite ningún tipo de organización regional. No estamos en el mejor momento, pero tenemos que trabajar para cambiar esto, por eso se necesita la resistencia cultural.

«Ni Alfonsín, ni Menem, ni Macri me recibieron. Alberto Fernández, sí lo hizo», dice Pérez Esquivel.

 Volviendo a ese momento, hace cuarenta años, cuando recibió el Premio Nobel de la Paz. ¿Cómo tomó la prensa que usted haya recibido este reconocimiento? ¿Recuerda alguna crítica?

Sí. Primero los medios decían que yo era paraguayo. Otros, que era brasilero. Pero ninguno decía que era argentino. El primero que lo dijo fue un periodista uruguayo. El maltrato de los medios de comunicación fue tremendo. No hubo un acompañamiento, al contrario. Estábamos bajo dictadura militar, había mucha censura, muchos periodistas desaparecidos. Fue un detonante muy fuerte donde se ponía en evidencia a escala mundial lo que estaba pasando en Argentina. Y eso ayudó también al fortalecimiento de los organismos de  derechos humanos. En uno de los primeros viajes que hice estaba Chicha Mariani —la fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo—, quién me dio un dossier que yo le entregué al Papa Juan Pablo II en el Vaticano, explicándole la grave situación de secuestro y desaparición de niños en Argentina. Nosotros seguimos trabajando en todo momento y tratando de apoyar hasta la vuelta de la democracia, pero después cuando llegó la democracia tampoco me recibían. Ni Alfonsín, ni Menem, ni Macri. Así que todavía soy un marginal en mi país. En otros países puedo ver a los gobernantes, a los dirigentes políticos. Con Alberto Fernández me he encontrado y estamos apoyando la cuestión de la producción de alimentos, la soberanía alimentaria, la reforestación de los bosques nativos. En fin, seguimos trabajando y yo sigo en la Facultad de Ciencias Sociales, enseñando. La educación es importante. Para mi es importante generar conciencia crítica. Yo soy docente desde hace más de cincuenta años. El trabajo continúa y tratamos de que las nuevas generaciones tomen la posta, que son los que van a tener que seguir, porque la política de derechos humanos  desde su integridad va a continuar.