Ariell Luján describe el largo proceso que la llevó a romper el silencio y denunciar al músico Cristian Aldana, sentenciado finalmente a 22 años de prisión por corrupción de menores. Cómo recibió el fallo y su impacto en la reconstrucción de su vida. Apoyos y obstáculos en la búsqueda de justicia.
«Entre tanta angustia dije: ´Yo no puedo dar el ejemplo del silencio´», subraya Ariell Luján.

El 1 de julio pasado Cristian Aldana, cantante de “El otro yo”, fue sentenciado a 22 años de cárcel por corrupción de menores. El juicio fue un hecho histórico en el país: por primera vez, un músico fue condenado a prisión por denuncias de abuso sexual de parte de sus fans. Para Ariell Carolina Luján, una de las siete presonas que presentaron denuncia, todo esto duró diez años: desde sus primeros acercamientos a la comisaría, hasta la sentencia, incluyendo una contradenuncia que recibió de Diego Boris, socio y amigo de Aldana. “La reparación siempre está en nuestras manos”, sentenció.

Ya pasó un tiempo desde que se sentenció el caso, ¿cómo te encuentra?

 Y… me encuentra… Lo que sucedió fue que ni bien se dictó la sentencia, que para mí fue uno de los tantos grandes momentos de cierre, me sentí super emocionada. Pero yo seguía con las denuncias que me hizo el presidente del INAMU, no podía sentirme del todo feliz, tranquila. Yo lo festejé, pero sentí que tenía que seguir, que no me podía relajar.  

¿Y ahora que Diego Boris retiró las denuncias?

Y… ahí respiré un poco mejor. Ahora sí puedo decir que me siento en un nuevo comienzo. Y estoy en pleno proceso de recordarme todos los días que todo lo que pasó es gracias a mí. 

Veintidós años de sentencia, ¿qué te parece?

Mi festejo no es tanto por los veintidós años, que sí son importantes y generan una jurisprudencia, sino fue también todo lo que llevó. Yo hace diez años que estoy con eso: desde que logré que deje de ir a mi casa y no verlo más, hasta que pude denunciarlo las primeras veces, las pancartas y el juicio… fue mucho tiempo. Lo que yo pude festejar es como yo misme me pude llevar a este lugar de independencia, de agruparme. Siento que hicimos un trabajo muy interesante como grupa de personas que denuncian y escrachan, acompañándonos en los procesos emocionales, dándonos nuestros tiempos, respetándonos los procesos emocionales. 

«Lo que pude festejar con el fallo es como yo misme me pude llevar a este lugar de independencia», dice Luján.

¿Ahora cómo estás?

Ahora estoy en un proceso de agradecerme todo lo que me banqué. Es un camino duro, pero hoy tengo muchas más herramientas para cuestiones como la revictimización. Ya no me me encuentra sin las herramientas discursivas, psicológicas, ahora me puedo defender de otra manera. Siento como un festejo de agradecimiento constante de haberme animado a recuperarme, a recuperar mi territorio, a recuperarme a mí, a encontrarme con mis compañeres tejiendo esto que es la reparación. 

¿Quién te contuvo durante todo este tiempo?

Yo ahora, hace poquito, empecé a ver que la construcción es la movida, no sólo en términos grandes, también en términos individuales: la construcción de la reparación, la construcción de la justicia, de la memoria. Hablamos tanto de deconstrucción, pero después hay que construir de nuevo. Siento que son todas construcciones, y la contención es una construcción clave de eso que es la reparación. A mí no me gusta hablar en términos de sanación porque no estoy enferma, ni ellos están enfermos, todo lo contrario, son muy normales y muy sanos, me gusta hablar de reparación: si hay algo que se rompió cuando sos víctima, hay algo que se construye y se repara cuando dejás de serlo.

¿Sentís que la reparación también está en cómo enfrentamos conflictos como estos?

Sí, claro. Comprender que la reparación está en nuestras manos, la independencia, autonomía, tenemos que sabernos en esa construcción. Yo creo que es una contención colectiva, pero primero es individual. En las crisis podía estar todo el mundo, podes complementar tus procesos con muchísimas herramientas, pero tu primer herramienta sos vos. Salir a la calle es una construcción todos los días. Tenemos que entender que está todo bien si caemos, no hay que idealizar tampoco: los recuerdos son los recuerdos, el cuerpo es el cuerpo, no dejan de existir. Estamos en una cultura de la violación, todo te lo recuerda. 

¿Cómo surgió el #yanonoscallamosmás?

La frase la pensé en la desesperación: yo estaba viviendo en San Martín de los Andes y Cristian llegó a la feria para cantar. Yo estaba con dos personas que también habían sufrido sus abusos y cuando me enteré me exasperé: había llegado a mi lugar de pertenencia. Durante todos esos años, desde que lo denuncié y le mandé el mensaje, diciéndole ´te voy a denunciar y me van a creer a mí´, estuve todo este tiempo pensando dónde me lo iba a cruzar y qué hacía si lo veía. Y, de repente, me lo encontré ahí. Y entre tanta angustia dije: ´Yo no puedo dar el ejemplo del silencio´. Entonces hice una pancarta y se la dicté a mi amiga, porque yo no podía ni escribir del miedo. Yo temblando, llorando, estaba harta del silencio. Fue el nivel de hartazgo máximo. La frase viene del mismo barro, como la flor del loto: no es un basta pasivo, todo lo contrario: es un ya no nos callamos más y ahora cagaron. 

«Estoy en un proceso de agradecerme todo lo que me banqué», dice Luján.

¿Habías pensado en el costo que iba a tener denunciar?

Yo el costo que pensé era el que iba a quedar como la loca resentida para siempre. Jamás pensé que iba tener una relevancia social como la que tuvo. Yo con esto empecé en un contexto donde este feminismo no existía. Vos llegabas a la Comisaría de la Mujer -que son de los lugares más violentos que hay-, y te atendían con el arma ahí, en traje de policía. Nunca pensé que iba a tener una repercusión más que las violencias que ya existían: ´Sos una mentirosa´, ´nadie te va a escuchar´. Lo único que sentía era resentimiento, sed de venganza, un odio demasiado amplio, pero yo sé que si no hubiese sido resentida no hubiese podido con todo este proceso. Hay que dejar de sentir el odio contra nosotres mismes y empezarlo a sentir contra los machos. Hay que cambiar de bando el odio. Hay que dejar de pensar en ´sos el cuerpo abusado, no servís para nada, sos un tacho de basura y te merecés eso para toda la vida´. Ese es el loop que queda, nosotres tenemos que salir de ese laberinto. Sentir mucha bronca es una gran puerta hacia una autonomía muy poderosa, un gran motor para generar justicia colectiva. 

Y con la contradenuncia de Boris, ¿pensás que lo hizo para callarte de nuevo?

Siento que siempre que abrimos la boca va a haber un precio que pagar porque vivimos en la cultura del silencio también. Pero siento que el activismo vale la alegría y no la pena. 

¿Sos consciente que estás siendo parte de un proceso muy concreto?

Apenas estoy cayendo, estoy ubicándome, cómo repercute eso. A veces sí, a veces no. A veces siento que estamos destruyendo las idolatrías, estamos repensando adónde poner este pedestal, a quién admirás.

Son los paradigmas que se están rompiendo… 

Sí. Se está fisurando eso, la cultura de la violación, la cultura toda… porque se está fisurando la moral cristiana, lo del bien y el mal, víctima, victimario, la heterosexualidad. Vivimos en constantes relaciones de poder, que recién ahora estamos poniendo en jaque. 

¿Cómo pensas que el periodismo retrata casos como el tuyo?

Durante mucho tiempo lo hicieron todo como no quería. Agradezco haber tenido la lucidez de seguir mis intuiciones, y antes de empezar el juicio me junté con Laura Salomé y Lucía Cholokian, porque me quemaba la cabeza pensar que una vez más me iban a editar como me estaban editando. Y ahí pasó que en esas notas ellas escribían ´macho´ y todo lo que yo pensaba del sistema judicial, me sentí colaborando… porque al fin y al cabo yo era una de las protagonistas. Hicimos un trabajo interesante juntes. 

¿Cómo te llevas con quien no te cree?

Antes era terrible, cuando era chica me hacía sentir muy mal. Hubo amistades que perdí, gente con la que me dejé de hablar. Pero en todos estos años comprendí esto de las construcciones y empecé a abortar todo lo que tenía que ver con abusos, porque la reparación también tiene que ir rompiendo el abuso de todas las prácticas cotidianas. Y yo mucho no creo en el ´yo te creo hermana´, no es que yo le creo a alguien porque soy buena y tengo buena conciencia y le voy a creer. Capaz que la piba está mintiendo, yo qué sé, cada quien sabe lo que dice y lo que no. Lo que yo pienso es que tenemos que entender que estamos en una cultura violatoria… ¡cómo no va a suceder! Es comprensión, es coherencia, no es ´te creo no te creo´. Me parece grave, no que no me creas, sino que no entiendas que estamos en una sociedad patriarcal y misógina. Para mí es entender dónde estamos, en qué país, en qué lugar del mundo, en qué año, en qué contexto.

Vas a editar un libro dentro de poco.

Sí, estoy escribiendo hace un año. Con el blog de wordpress de #yanonoscallamosmás hice dos fanzines y me dieron ganas de hacer un librito. Hablo del proceso del juicio, de la autodefensa, de la reparación, de que el abuso no es un destino, como dice une amigue. Se llama Nuestra venganza es nuestra autonomía, porque pensándolo, la palabra venganza me encanta, me empodera. Y creo que fue la que hizo posible todo esto. 

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