El pensador francés Eric Sadin analiza la omnipresencia de los algoritmos en la vida cotidiana. ¿Qué es la siliconización del mundo? Y cómo hay que dar, a su juicio, el debate por la verdad.
Sadin mirando de frente a cámara
Eric Sadin, escritor y filósofo francés, estudia las relaciones entre sociedad y tecnología

“Tengo una preocupación por la precisión, la claridad y la elegancia de la lengua que se opone a la retórica vulgar difundida por el mundo industrial-digital.” Así finaliza la introducción de La siliconización del mundo, el nuevo libro de Eric Sadin, escritor y filósofo francés que estudia las relaciones entre sociedad y tecnología y que ya había publicado La humanidad aumentada, ambos editados por Caja Negra. En su nueva obra, traducida por Margarita Martínez, Sadin realiza un diagnóstico crítico de la vida social contemporánea basándose en los últimos desarrollos en el campo de las tecnologías de la información y la comunicación,  iniciados e impulsado por las principales empresas de Silicon Valley.

¿A qué se refiere con el término “siliconización del mundo”?

A mediados de los años noventa, se desarrolló un modelo económico llevado adelante por California, Estados Unidos. Originalmente buscaba explotar las posibilidades de Internet, pero no le fue muy bien, porque colapsó rápidamente en el año dos mil. Fue un momento de entusiasmo frenético que terminó muy mal porque el modelo no era claro. Luego de la caída, se afirmó un modelo más preciso basado no tanto en la publicidad sino en lo que se llama la economía de los datos y las plataformas: es la recolección cada vez más precisa de datos sobre el comportamiento de las personas en Internet, y Google fue el primero en desarrollarlo hasta que se extendió a todo Silicon Valley. Ya a comienzos del 2010 estaban consolidados los grandes grupos de la industria digital, los llamados GAFA (Google, Amazone, Facebook y Apple)  y otros, e impresionaron al mundo entero. Frente a los problemas que enfrenta la democracia a nivel global, se impuso una evidencia: que había que retomar este modelo y copiarlo casi idénticamente, porque se erigía como la nueva regla industrial-económica que había que instituir, gracias al aporte generoso de fondos públicos y a fondos privados.

¿Cuáles son las principales características de la civilización basada en la robotización integral?

Este modelo es una economía del dato, se asienta en la inteligencia artificial, que vuelve posible el conocimiento pero también la interpretación del conocimiento y ofrece la capacidad de retroalimentarse con esa información, lo que le permite enunciar. Esto significa que los sistemas inteligentes pueden brindar sugerencias de productos y servicios, que se supone están ajustados a cada instante de lo cotidiano y dirigidos a cada individuo a escala planetaria. Esto significa la mercantilización integral de la vida que busca sacar provecho del comportamiento. Acá estamos hablando de individuos. Esto no es solo una cuestión de mercantilización sino de organización automatizada de la existencia, del trabajo de sectores colectivos.

¿Cuáles son las consecuencias sobre la vida cotidiana de las personas?

Esta arquitectura es indisociable de la extensión de sensores en todas las superficies de lo real: mientras caminamos, en la cama, en una balanza o en un baño. Esto genera un conocimiento que va más allá de la navegación en Internet, y que es conocimiento de la vida. Es un estado del liberalismo llamado tecnoliberalismo, que interviene y monetiza todos los ámbitos de la vida cotidiana para su provecho. A mí eso no me agrada para nada: que nuestra vida esté pegada a un acompañamiento y orientación de las decisiones, que proveen asistentes virtuales. En el ámbito laboral, gran parte de los procesos productivos están regulados por un sistema inteligente. Si uno está en desacuerdo, ¿a quién puede oponerse ahora? Antes había un maestro mayor de obra. Ahora las máquinas se reactualizan continuamente para responder mejor a las instancias de conflicto. Las dos consecuencias son la mercantilización de la vida y la organización algorítmica sobre nuestro cotidiano colectivo en busca de responder a intereses privados y de tener una sociedad cada vez más optimizada sin errores y de instalar una forma de racionalismo extremo.

Sadin apoyando mano derecha sobre su pecho. Mientras mira de costado.
“Nuestro uso de la tecnología redefinió algunas dimensiones de lo que llamamos vida privada”.

Recientemente, con la venta de datos de Facebook a Cambridge Analítica, el tema de la protección de datos personales resurgió y ganó amplio consenso. Sin embargo, argumenta que la preocupación por esto es una “vulgata de nuestra época”. ¿Por qué sostiene esa idea?

Es verdad que nuestro uso de la tecnología redefinió algunas dimensiones de lo que llamamos vida privada. Con el caso Snowden todo el mundo se despertó. El problema que aparece es la supuesta violación de la vida privada  y esto se complica dentro del marco jurídico de las democracias, porque las compañías privadas puedan acceder a nuestra vida privada y las agencias estatales también van a buscar esa información. No digo que no sea importante, pero creo que todavía ocupa el lugar principal y se ignora una cuestión mayor del problema digital: se saca la bandera de la ética, ¿pero de qué ética? Aunque hay muchas, siempre hay un tipo de ética que se convoca y que está basada en el concepto de libertad negativa, que desconfía del poder político y del gobierno y que afirma la defensa de la libertad individual. Hoy en día es lo que más se defiende, sin captar que el problema es el de la enunciación de la verdad. Construimos sistemas que formulan la verdad en varios niveles: a nivel incitativo (“hacé esto en vez de esto”), a nivel de la orden (“contraten a tal persona y no a tal otra”), a nivel prescriptivo, en la medicina y que responden a intereses privados y que nunca son temas de debate. La consecuencia es un retroceder de la autonomía de juicio y la facultad de determinarnos libremente. Quedan afuera las contradicciones de juicios y la posibilidad de armado de una sociedad, que es lo que funda nuestra civilización. Los sistemas tienen la capacidad de dar órdenes y erradican las bases jurídicas filosóficas que nos fundan y pienso que esto es mucho más importante que la defensa del espíritu pequeño burgués basado en la libertad individual. Como decía Hanna Arendt: “La facultad de juicio es la facultad política por excelencia.

Se considera un pensador y escritor “orwelliano” y defiende un método que asocie sentido común y creatividad para poder no solo criticar sino proponer una alternativa al modelo de la siliconización. ¿A qué se refiere con ese modelo?

La creatividad es la facultad de jugar y de establecer con lo real una relación diferente. El sentido común es la inteligencia compartida, valores fundamentales que todos tenemos, por ejemplo, no lastimar a los demás, la integridad y la dignidad. Podemos decir que el sentido común está siendo cuestionado, porque los sistemas informáticos son una forma de negar la espontaneidad y creatividad humana. Es hora de distinguir innovación y creatividad. La creatividad no está en la facultad de crear empresas Start up ni en una innovación que, de facto, persigue intereses que suponen una dimensión utilitarista. La creatividad no tiene necesariamente una dimensión utilitaria. En el caso de la innovación se habla exclusivamente de técnica. La creatividad es mantener una distancia con los fenómenos, es no adoptar el lenguaje cotidiano, de cuestionar las fórmulas que todo el mundo repite: la innovación, el bienestar, la transición digital. Eso es ser “orwelliano”. Creatividad es despertar la conciencia: que apenas nuestros valores fundamentales se ven atacados, hacemos una obra política, decimos eso no lo quiero, es una potencia de rechazo. Y es mejor cuanto más colectivo es. Pero la creatividad también es una potencia de afirmación, lo que significa incentivar la expresión de nuestras facultades. Se trata de celebrar la singularidad y la pluralidad humana.

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