Cecilia Viñas, la abuela biológica de Javier Penino Viñas, habla de su familia y de la relación con su nieto tras el juicio contra quien lo había apropiado.

Cecilia Fernández de Viñas tiene 91 años. Su hija -también Cecilia- y su yerno, Hugo Penino, fueron secuestrados y desaparecidos durante la última dictadura cívico militar, en 1977. Desde algún rincón del infierno, su hija la llamó y le pidió que buscara a su hijo recién nacido. A partir de entonces, la abuela Cecilia y toda su familia lo hicieron incansablemente, hasta que, finalmente, Javier apareció. Hace 17 años lo encontraron, y aún intentan recuperarlo. La semana pasada finalizó el juicio en el que se condenó a prisión a la apropiadora Ana María Grimaldos, esposa de Jorge Vildoza, quien había estado prófuga todos estos años. Para Cecilia es tranquilizador terminar con esta lucha que le llevó décadas. Frente al dolor y el cansancio, ella se refugió en los buenos recuerdos, no perdió su sonrisa ni su sentido del humor. Tampoco la esperanza de recuperar a su nieto, y de verlo feliz: “Creo que le va a servir, porque se va a sentir libre”, asegura sobre el veredicto.

-¿Qué significó para usted  la finalización de este juicio que demostró la culpabilidad de Ana María Grimaldos en la apropiación de su nieto?

Fue agotador, pero estamos bien. El día después de la sentencia me quedé en casa quieta y no hice nada. Estas últimas semanas estuve con culebrilla, seguramente por los nervios, y ahora ya estoy mejor. Me llamó mucha gente, pero hace mucho que estoy muy corrida de todos lados. Mucho tiempo luché con todo esto y después dije: bueno, basta. Fui a Abuelas cuando encontramos a Javier,  y cuando se supo todo. Después dejé de ir. Yo vivía en Mar del Plata, y cuando Cecilia se comunicó con nosotros en el 84, ahí me vine para acá. Mi mamá había fallecido hacía poco, dos meses antes que Cecilia llamara murió, entonces me vine a vivir cerca de mi hijo Carlos, a Buenos Aires. A partir de ahí no paré. Mucho tiempo fui a audiencias con la doctora (María Romilda) Servini de Cubría…  Fui a hablar a tantas audiencias, a hacer tantas declaraciones que un día dije basta, le dije a mi abogada, Alcira Ríos: “No puedo más”. Ahora estoy acá por Javier.


-¿Qué piensa de la pena de 6 años?

Lo lógico, porque  somos gente grande. Hay gente a la que le dieron ocho. Por lo menos por cuatro años no va a poder hacer viajes, porque siempre fueron y vinieron. Yo todavía tengo el archivo en casa, guardado. Pilas enormes de escuchas telefónicas que pedía la jueza Servini y que entrecruzaba con los llamados. (Los Vildoza con Javier) Iban y venían, entraban y salían. Y claro, si estaban cubiertos.

– ¿Es reparador este cierre para la familia?

Sí, claro. Lo que lamento, que es lo que dije el otro día en el juicio, es que los apropiadores no tienen siquiera la humanidad de decir dónde están los nietos que todavía nos falta encontrar para liberarlos ya, antes que sea tarde, porque están todos grandes.

-¿Disminuye el dolor?

Sí, porque los dolores están igual. Al principio, la que me sostenía mucho era mi mamá. Y mi mamá siempre decía:” Yo querría saber si le puedo escribir, o le tengo que rezar”. Yo pienso, justo un desaparecido es eso, que no le hiciste el duelo, no sabes a dónde llevar una flor.

-¿Cómo recuerda a su hija?

Como era ella. Hoy anduve buscando cosas también, Cecilia tenía una letrita chiquita, era tan dulce. Yo me separé de mi marido muy joven, eran muy chiquitos ellos dos, Carlos le llevaba 17 meses. Y la que me hizo volver a la vida, a disfrutar, fue ella, era muy compañera. Hubo un tiempo en que trabajábamos los tres en el mismo lugar, en Mar del Plata, en la Cooperativa agrícola. Después ella se fue a Fiat, ahí lo conoció a Hugo, y después se vinieron para Buenos Aires.

-Y Hugo, ¿cómo era?

Era maravilloso, muy alegre también. Cuando ellos vivían en Capital, yo ya había pedido permiso en la Cooperativa para venir en la fecha del parto, que era para septiembre del 77, y a ellos se los llevaron en julio. Yo me perdí toda esa época que vivieron en Buenos Aires. Por causa de las relaciones con el padre, me corrí mucho tiempo de una sobrina que tenía mi ex marido, que después volvimos a tener más contacto, pero que en ese tiempo ella tenía contacto con ellos, pasaban los fines de semana. Ellos después me contaron: Dicen que Hugo iba a la casa de mi sobrina a cocinar, amasaba o hacía asado. Él fue el que le enseñó a  hacer el asado a Quique, el hijo de mi sobrina. Después se iban a la cancha, porque mi ex marido era socio vitalicio de San Lorenzo, Hugo era de Boca, y llevaban a Quique que era más chico. Así que yo me alegré, que todo ese tiempo lo habían pasado juntas las primas, que habían tenido por lo menos eso.

Después de la sentencia habló una amiga de Cecilia por Radio Nacional y contó también que, quince días antes de que se los llevaran, los había visto, que estaban tan felices, y que había visto a Javier en la panza. Y se lo pudo contar a Javier porque ella vino a la audiencia cuando yo declaré. Le dio su número de teléfono  y le dijo: “Cuando quieras hablar conmigo, yo estoy dispuesta”. Yo creo que Javier  ahora de a poco lo va hacer, con mi nieta (la hija de Carlos) por lo menos ya se comunican, entonces eso es importante. Ahora empezó a mandarle mails a la prima, así que hay avances, pequeños avances.

-¿Cree que el juicio tuvo o tendrá algún efecto en Javier?

Le noto otra actitud, lo notaba muy nervioso, y es lógico: estaba en el filo de navaja. Creo que le va a servir, porque se va a sentir libre. Además, lo peor de todo es el cinismo. Porque lo que más nos sorprendió a todos fueron las cosas que contó, que la Marina les había dado los pasaportes falsos, los lugares para vivir, y todo eso. Por eso a ella la condenaron, porque ella decía que lo habían adoptado, y le dijeron que lo habían adoptado porque era huérfano. Todo eso él ahora lo tiene que estar elaborando.  Así que ahora se va a liberar, eso es lo que yo creo.

-¿Piensa que Javier le cree a ellos?

No, ya no. Pienso que cuando vino, él ya no les creía. Porque además  ya no era ni Javier Vildoza, porque se llamaba Julio Sedano en el pasaporte falso. Como ahora, cómo yo me voy a creer que Vildoza se murió en serio si el pasaporte dice Roberto Sedano. Cuando habló la defensora de Grimaldos hizo hincapié en que Vildoza era seis años mayor que  ella, y que era muy autoritario y todo eso, pero ella no me digas que no se daba cuenta de nada. Porque lo que dijeron primero es que se habían ido al exterior por Vildoza, pero el que se tenía que ir era el nene (se refiere a que estaban prófugos por la apropiación de Javier). Esa mentira, él cómo se la va a creer. Pero lo deben presionar mucho, porque yo me doy cuenta que cuando no está acá en Buenos Aires, y está con sus hijos en Londres, es distinto.

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-¿Cómo fue el día que lo conocieron?

En el ’98 fue que lo encontramos a Javier cuando él vino a Buenos Aires. Fue muy conflictivo, porque la doctora nos decía: “Ustedes no le pidan ni el teléfono, nada, déjenlo”. Y ella lloraba cuando nos lo decía, porque cuando ella nos citó a Carlos y a mí para que fuéramos a conocerlo al juzgado, fueron los hermanos, los hijos de Vildoza -sus supuestos hermanos-, y dijeron que Javier no estaba. Que estaba en Puerto Montt, que estaba allá, que estaba acá, y qué se yo,  hasta que la doctora Servini se cansó y metió preso a uno de los hermanos. Lo dejó ahí hasta que volviera Javier. Y ese mismo día a las 11 de la noche volvimos a Comodoro Py a conocerlo.

-¿Y Cómo fue ese momento?

Fue tenso. Él tenía 21 años. Yo lo vi tan parecido, porque mi yerno tenía el mismo pelo que él, viste que el usa el pelo cortito con rulitos. Entonces, fue muy fuerte. Es muy estructurado, él está siempre muy en su postura.

-¿Cómo es la relación entre ustedes?

Antes se comunicaba un poco más con la familia de mi yerno, que vivían en Mar del Plata. Pero él nunca daba sus datos, él llamaba o venía. Cuando venía a Buenos Aires iba a Mar del Plata a ver al abuelo. Y a su otro abuelo, mi ex marido, también lo conoció pero menos. Él tenía más vínculo con la otra parte, con la tía Guadalupe. Que yo un día le dije: “Mirá Lupe, no sé si creerte que vos no te podes comunicar con él”.  Porque una vez Javier se enteró que una de las hijas de Guada no podía irse de viaje de egresados, por la situación, porque Lupe tiene seis hijos, tuvo una vida también difícil. Y ella me dijo: “No, él llama”. Y esa vez le mandó la plata a la prima para que pudiera hacer el viaje. Lupe se acuerda siempre, le decía: «Eso quiere decir que tiene los genes de tu hermano y de mi hija. Porque es buen chico». Una vez le mandó un televisor al abuelo, y cuando el abuelo se enfermó vino a verlo, y después cuando murió también. Mi consuegra con el mismo golpe de la desaparición de Cecilia y Hugo se enfermó y murió pronto, era muy joven. Ella no conoció a Javier. Después cuando yo declaré en el juicio de la ESMA, Lupe me mandó las fotos de la nena mayor de Javier, que ahora tiene seis años, así que era más o menos para esa época. Lupe la avisó a él, le dijo: “Mirá yo le mande la foto a la abuela porque tiene derecho a saber que tiene una bisnieta”. Y se enojó. Porque ella la mandó directo y estaban los datos de él. Pero yo por respeto a Lupe dije: “No usen los datos, no le escriban, no lo molesten”. Yo siempre tuve esa idea, que había que darle espacio, porque obligarlo y pelear por eso no sirve tampoco. Es mejor la ternura y el tiempo. Y él ahora se ve que nota las diferencias. Estuvo haciendo averiguaciones porque fue Abuelas, fue a la ESMA, hizo la visita sólo. Empezó a ver que no es todo tan…

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-¿A los hijos de Javier los conoce?

No, él me mostró la foto hace poco, el día que  declaré. Yo salí por la puerta que él había salido antes, y cuando salí con mi psicóloga, él me estaba esperando. Y  le dije: “Ay Javier, pareces tu abuelo”, porque mi ex marido era así grandote y Carlos también es así. Mi psicóloga le preguntó por los chicos, y nos mostró la foto. Ahí también me agradeció, y me dijo: “Gracias por las cosas lindas que dijiste” (se refería a la declaración). Yo dije lo que siento. Seguramente lo dijo porque yo había hablado de sus hijos, porque una vez me llamó desde Londres.  Hará dos años, estuvo mucho tiempo hablando con Carlos, y Carlos le dijo: “Mirá, tu abuela tiene 90 años, y es tu abuela. Yo te voy a dar el número, y vos verás” y él dijo: “Bueno, lo voy a pensar”. Y yo dije: “Bueno no me va a llamar” (se ríe). Y como a las dos semanas, una tarde me llamaron. Y estaba en Londres. Yo me alegré: “Javier, ¿estás acá todavía?”, y cuando me dijo que no, que se había tenido que ir y estaba en Londres, le pregunté por el nene. Pensé que así de paso sabía que yo me había enterado que tenía otro nene, y ahí es como que se aflojó y dijo: “Está bien, ya tiene nueve meses, y se llama Gabriel”. Yo digo, mirá onomatopéyicamente suenan Javier y Gabriel, y ahí le dio risa y me preguntó si yo estaba viviendo en el mismo lugar a donde había ido a visitarme, y sí yo estaba viviendo ahí.  Estas fotos chiquitas (muestra unas fotos tipo carnet de Cecilia y Hugo que lleva en la billetera) las hice por él en aquellos años, del noventa y pico cuando lo encontramos. Cuando él venía yo le daba fotos y él las guardaba. Así que yo dije hay que darle espacio nada más, y tiempo. Una vez cuando Javier estuvo en mi casa, yo tenía un gato y él lo vio. Cuento esto porque ese año, para mi cumpleaños en diciembre, mi hijo lo invitó a cenar a su casa y él fue. Y no me llevó  bombones o flores, una cosa impersonal, me llevó un calendario inglés con fotos de gatos. Y eso le debe haber conmocionado a él, que yo lo conté en la audiencia y le dije que todavía tenía guardado el calendario. Yo pienso que él tiene derecho a vivir su vida, pero también a librarse del otro yugo que tenía, porque ahora él sabe bien quién es.

-Es su decisión.

Sí, se ve que está muy condicionado. Vaya a saber cómo le habrán contaron las cosas. Por empezar, decir que era huérfano, y era otra situación. Nosotros no lo hubiéramos llamado nunca a Javier a declarar como testigo, y ellos lo llamaron como testigo de la defensa. Es horrible lo que pasó.

-¿Qué opina sobre la culpabilidad de Grimaldos?

Ella como madre, dejó a los verdaderos hijos y se fue. Así que el motivo de la fuga no era Vildoza, era él, el nene, porque se lo habíamos descubierto gracias al doctor (Hipólito) Meijide.

Javier cuando vino hacerse el ADN, le dijo al fiscal que vino a pedir que le hicieran el análisis porque estaba harto de tener dos identidades y no saber cuál era la de él, y resulta que no era ninguna de las dos. Así que ahora tiene claro todo eso. Pero es duro, tiene 37 años, dos hijos, y hay que explicarles. Carlos le dijo en alguna oportunidad: “Con vos lo que nos separa es lo jurídico”. Y bueno, pero alguien lo tenía que hacer.

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